Clarissa, la vaca azul

Clarissa, la vaca azul
paseando por el campo

martes, 7 de septiembre de 2010

Palabras de amigos sobre la despedida deJairo Aníbal



Hummigbird de Jing Jing Tsong imagen tomada de http://www.jingandmike.com// 
Agradecemos a Lin Noguera por mostrarla en su facebook.


Palabras de Tiago de Jesús
Lic. en Ciencias Pedagógicas, narrador oral, escribe muchos de los cuentos que narra. 
Es coodirector de Narracuentos UCAB y Cuentos de la Vaca Azul.

Al llegar, llámanos para avísanos si llegaste bien. Todos aquí te extrañamos y estamos pendientes de tu última historia,...


Adiós, chamán... Adiós, maestro... ¡Adios, NIÑO...!


Palabras de Beatriz Montero
Coordinadora General de la Red Internacional de Cuentacuentos.
http://www.beatrizmontero.com/

El lunes 30 de agosto Enrique me dice: ¿Has visto la noticia que he colgado en mi perfil de facebook? Me extraña que me haga esa pregunta en lugar de decirme lo que ha escrito. No, le digo. Pues entra y verás.


Quedé con la mirada perdida cuando leí que Jairo Aníbal Niño había muerto, ese mismo lunes 30, con 69 años de edad. Y yo que le imaginaba con su traje blanco jugando con las palabras frente al azul Caribe.
Conocí a Jairo Aníbal Niño hace doce años en el Teatro Fernán Gómez de Madrid. Estábamos ensayando Manuel, Javier y yo, que por aquel entonces formábamos el grupo "Con los otros", cuando apareció en el camerino un señor vestido de blanco con cara infantil traviesa. Era Jairo Aníbal Niño. Ni idea en ese momento de que estábamos delante de un monstruoso escritor y cuentacuentos. Sí, él también contaba sus magistrales historias. Esa noche él contó cuentos en el Teatro después de nosotros. ¡Y fue tan increíble escucharle! No sé si es cierta o no esta cita que he encontrado en internet sobre un comentario de Gabriel García Marquez sobre Jairo Aníbal, pero lo escribo aquí porque eso fue lo que sentí esa noche al escucharle sus cuentos: «Jairo Aníbal Niño es el autor de la infancia, de esas inolvidables vacaciones en el cielo».


Palabras de Linsabel Noguera
Comunicadora Social, actriz, cuentacuentos. Entre otras actividades, dirige La rana encantada.
http://la-rana-encantada.blogspot.com/


Hace mucho tiempo un periodista se encontró con un niño que vivía en el cuerpo de un abuelo escritor, y el abuelo -como adulto inteligente que era- dejó que fuera el niño quien contestara a sus preguntas antes de llevarlo a jugar a la escuela.


En memoria de Jairo Aníbal Niño, quien desde las estrellas debe estar inventando historias de nubes que viven entre pájaros.

Un recuerdo, una aproximación, un cariño en la distancia; como una mano que agita un pañuelo con la esperanza de volverse a ver.


Palabras de Hugo Colmenares
Periodista, escritor de cuentos para niños, ha recibido numerosos premios y reconocimientos por sus obras.


Una lectura lenta... muy lenta y con varios intentos, porque debía cerrar la página.
Instalado en el domicilio virtual de La Vaca Azul, con la mirada atenta de Armando Quintero, me acercaba un poco más, para leer la semblanza que escribió sobre El Niño Jairo Aníbal, el escritor colombiano Celso Román.

Y como soy un hombre muy precavido, hijo de padres de la montaña. Antes de iniciar el camino de la lectura en las letras de Celso, ya había ingerido varios vasos de agua.

Y creo esa la razón, porque la lectura a Román por Jairo Aníbal, ya era imposible. Un baño de lagrimas. Otro arranque de la vida, cuando se admira a un poeta que ahora nos dicen, se ha ido del Paraíso Terrenal.

No le voy a culpar a Celso Román, el que se me empañara la vista y casi no concluía esa historia de amor de Jairo Aníbal con su esposa, sus hijos, sus historias en la poesía.

Gracias Armando, gracias Celso.

Hugo Colmenares

San Nicolás de la Lejanía

Nota. En seis oportunidades entrevisté periodísticamente a Jairo Aníbal. No sé dónde están los periódicos o recortes guardados. Y lo mejor, no recuerdo qué le preguntaba, ni qué respondía. Dicen que un día volverá.

jueves, 2 de septiembre de 2010

COSQUILLAS A LOS ÁNGELES

Ilustración Armando Quintero.


Jairo Aníbal fue ante todo un ser humano que conservó –como su apellido lo indica- la ternura de la infancia durante toda su vida. Tuve la suerte de conocerlo cuando mi libro Los amigos del hombre ganó el Premio Nacional Enka de Literatura Infantil, y él, que había sido uno de los jurados, nos invitó a su casa. Fuimos con Patricia, mi esposa, a su apartamento de Las Aguas –que terminaba en punta sobre la carrera tercera como la proa de un gran transatlántico-, y allí se abrió la puerta de su corazón y empezó una amistad de esas que no terminan nunca porque se vuelven hermandad.
Cuando nació nuestra hija María José, le pedimos a Jairo Aníbal y su esposa Irene, que fueran los padrinos de la niña. Nos volvimos compadres, y de inmediato nació entre nosotros una enredadera llena de flores, y la niñita lo llamaba Jairo Aníbal El Niño, y se fascinaba con las historias con que nos hipnotizaba, como cuando narraba su conversación una noche de otoño en el puerto de Ámsterdam con un viejo marinero que resultó ser el holandés errante, el capitán del buque fantasma, que a las doce de la noche se apareció en los muelles como un espectro envuelto en fuegos fatuos, con los velámenes roídos y esqueletos andantes, donde el capitán embarcó para seguir vagando por los vericuetos de la eternidad.
- “Entonces me di cuenta que todo el tiempo habíamos hablado, él en holandés, y yo en español, pero nos entendíamos perfectamente”, dijo, porque él tenía la facultad de atravesar el velo mágico que separa la fantasía de la realidad.
Después nació Valentina Fabia, nuestra segunda hija, y tan pronto como la cabecita le dio para entender que Jairo Aníbal era el padrino de su hermanita, nos hizo la petición: “Yo también quiero que él sea mi padrino”, y por supuesto el poeta aceptó y quedamos unidos por el doble compadrazgo.
Desde entonces en las reuniones ya eran dos las niñitas que escuchaban al padrino contando cómo en Pekín escuchó el concierto de millones de ciclistas haciendo sonar las campanitas de sus bicicletas, que hacían de la ciudad un lugar mágico, y nos contaba que después, sobre la Plaza de Tian'anmen o Plaza de la Puerta de la Paz Celestial, vio volar un dragón, no de papel sino de verdad, sobre una multitud de un millón de chinos.
- “Después fui a buscar algo de comer, y pedí en un puesto callejero unos camarones fritos, y cuando los probé y dije que estaban ricos, a mi alrededor ya había una multitud de chinos que aplaudió con cariño al extraño extranjero que degustaba su comida”.
Jairo Aníbal creó un nuevo paradigma, pues nos hizo mirar con desbordada fantasía nuestro entorno, y abrió el camino a una literatura dirigida a los niños, en la cual se reflejaran nuestras selvas y montañas, los grandes ríos de aguas amarillas, los nublados cielos paramunos, los mares soleados del Caribe y los grises y lluviosos del Pacífico.
Con su obra nos invitó a soñar pero a la vez a ser críticos con esta sociedad indigna, pues en sus fibras más íntimas siempre fue un rebelde, un revolucionario que jamás transigió con la injusticia. Desde su infancia en Moniquirá –tierra de tumes y bocadillos de guayaba- estuvo en contacto con la violencia que desplazó a su familia paterna, obligándolo a una vida de rebusque como cuentero, teatrero, titiritero, gitano, ayudante de bus y marinero en el Amazonas: su vida era como un libro de Emilio Salgari, su corazón desde la adolescencia escribía un cuento de aventuras.
Echó raíces cuando formó un hogar con Irene Morales, una especie de ángel de la guarda, dulce compañía, nacida en Cartagena de Indias, e hija de un prominente médico que toda la vida vistió de lino blanco y supo entender el amor de esa morena linda por el poeta loco y aventurero de la cordillera. De esa mezcla tan disímil pero tan complementaria entre cachaco y costeña nacieron la dulce Alejandra, médica que cura los enfermos con esencias de flores, con dibujos, con poemas y con el amor que le dio vida; Paula, morena de mirada rebelde, que escogió el camino de la Sicología para ayudar a la gente a encontrarse a sí misma desde adentro; y Santiago, quien heredó al tiempo la poesía de su padre y la ternura de Irene, expresadas con música.
En un país tradicionalmente machista, Jairo Aníbal redescubrió la ternura, y es por eso que hoy varias generaciones de niños lo llevan en el corazón, los adolescentes aprendieron a declarar su amor, e innumerables parejas se casaron gracias a su “Alegría de querer” y su “Preguntario”.
Él nos contaba cómo alguna vez llegó a puerta un piloto de avión con los ojos llenos de luz. Buscaba con afán al poeta, pues hacía una escala de apenas dos horas en Bogotá, mientras barrían el aeroplano, lo recargaban con combustible y energía para poder seguir errando por el mundo. Se había escapado del aeropuerto en un taxi que subió por la Avenida Eldorado hasta las faldas del cerro de Monserrate; ingenuo como los verdaderos enamorados-le dijo al conductor “no se me vaya a ir, que no me demoro”, subió las escaleras a la carrera y en su frente, bajo el quepis de capitán de las altas nubes, brillaban perlas de sudor que más bien parecían diamantes diminutos.
- “Maestro, -le dijo a Jairo Aníbal- por favor, fírmeme este libro suyo, que con él enamoré a la mujer que va a ser mi esposa, y ella no me cree que somos amigos”
- “Con mucho gusto, Capitán, si hemos sido amigos toda la vida, aunque sea la primera vez que nos veamos”, le dijo el poeta, le firmó el libro, le dio un abrazo, y él retornó a la carrera al aeropuerto. Cuarenta minutos más tarde, Jairo Aníbal, desde la atalaya de su apartamento vio un avión que lo saludaba balanceando las alas en el cielo de Bogotá. Le dijo adiós con la mano, pues su sueño secreto siempre fue ser aviador.
Su entierro no fue de luto y tristeza, fue un lanzamiento de nave espacial, una despedida con lágrimas de alegría, y por eso en el ataúd no era un muerto lívido, sino un astronauta sonriente, concentrado en la emoción de su viaje, y muchos nos comunicamos por las redes globales anunciando el viaje definitivo del amigo que se iba para las estrellas. Sus poemas dieron otra vez la vuelta al mundo, para que el dolor poco a poco se transformara en regocijo, y ayer sonó mi teléfono celular con un mensaje del Profesor Carlos Silva: “decidió él mismo ir a poner sus avioncitos de papel en el cielo”.
Eso fue lo que pasó: dejó el capullo que llamamos cuerpo para que por fin se liberara la mariposa de luz que siempre llevó por dentro y que aleteaba en sus palabras y en su abrazo. Ha subido a las más altas estrellas, como si volviera a su origen, y por eso ahora brillan mucho más con la ternura del compadre.
Lo veremos cada día en las flores que abran sus pétalos en los jardines al amanecer para llenar el día de colores y perfumes, en cada nube que juegue con el viento para dibujar en el cielo animalitos, unicornios y dragones, que se encargarán de recordarnos que el poeta sigue por ahí arriba, haciéndole cosquillas a los ángeles, convertido en lo que siempre fue, Jairo Aníbal el Niño, como le decían María José y Valentina Fabia, mis hijas, sus ahijadas, y todos los que tenemos la suerte de amarlo.

Perfil de Jairo Aníbal Niño para el cuadernillo Domingo a Domingo de El Tiempo de Bogotá realizado por Celso Román.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Él sigue aquí, entre nosotros

Ilustración: Armando Quintero.

"Se fué Jairo Aníbal Niño. Nos queda la ternura. Días antes dijo a sus amigos: "donde hay amor no hay ausencia", y por eso nos queda la responsabilidad de vivir lo más intensamente posible cada instante, pues es como si Jairo Aníbal ahora navegara en cada estrella, en cada flor que se abra en la mañana en los jardines, ...ahora nos acompañará con el sol de cada día y también con la lluvia."
Tomado del blog de Celso Román



Es decir, hermano, que Jairo Aníbal sólo ha cambiado de residencia. No más.

Eso sí, lo hizo como le gustaba. Para sorprendernos.
Por eso, viajó en la madrugada y sin permitir que nos avisaran.

Él sigue aquí.
En cada uno de sus libros, en la sonoridad revitalizada de sus palabras y en los recuerdos que mantenemos desde una pequeña sonrisa de su parte, hasta una cerveza bien helada compartida en algún elegante lugar, un güisqui o un simple abrazo que nos diera. O el revivido aroma de uno de esos sabrosos almuerzo creado por Irene.

No creo, tampoco, que Jairo Aníbal quiera nuestras lágrimas.
No lo lloremos. Aunque nos duela. Porque no sólo nos borrarían su imagen sino, también, lo harían con sus caminos trazados. Tengámoslo presente.

Si se le quiere, se le saludará con un abrazo lleno de alegría. Como estoy seguro que lo desea desde donde esté. Y lo recibirá con afectos y efectos multiplicados y multiplicadores.

Los amigos no se mueren, eso lo aprendimos de él.
Sólo cambian de espacios para seguir acompañándonos.
Y para darnos más alegrías de querer la vida.
¿Verdad, Jairo Aníbal?

Quizás fue por eso, entre otros motivos, que nos ocultaste tu enfermedad.
Y nos abrazaste con intensidad al despedirnos en tu último viaje a Venezuela.
Para que sintiéramos y mantuviéramos tu amor, no tu ausencia.

Te recordaremos tan vital como siempre.
Gracias por tu vida.
Y por habernos dado más vida.

Desde ya, te estaremos buscando en la cara de la luna.
Y navegaremos contigo en cada estrella, en cada flor que se abra en la mañana en los jardines. Y nos dejaremos acompañarar de tí con el sol de cada día y también con la lluvia.

Amén.

viernes, 20 de agosto de 2010

La fuerza de las palabras


José Alberto Rodríguez hizo de los libros que estaban en la basura una biblioteca con más de ocho mil títulos para los habitantes de San Cristóbal en Bogotá.

El primero que salvó fue 'Ana Karenina' de León Tolstoi. Lo encontró mientras trabajaba en una calle del barrio Bolivia, en el sur de Bogotá. José es conductor de un carro recolector de basura, y una noche descubrió ese libro que, aunque a primera vista le pareció enredado y muy gordo, decidió guardar. Pensó que podría ser útil para las tareas de sus hijos. Y así fue. Pero no sólo le sirvió a su familia, más adelante se convirtió en una de las joyas, en la primera de la que hoy es la colección de textos más grande de la localidad de San Cristóbal.

José desobedeció una de las reglas de su trabajo, la que prohíbe llevarse para su casa lo que encuentre en la basura. Pero de no haber sido por eso, no existiría hoy 'La Fuerza de las palabras', una red de bibliotecas cuya sede principal es su casa.

"Empecé a recoger lo que para algunos ya no sirve y deciden botar", dice José, quien tiene en su "tesoro literario", como él lo llama, una compilación sobre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, una edición de lujo de El Corán, una colección de cuentos de más de cien números y las obras completas de Julio Cortázar y Jorge Luis Borges.

Una biblioteca envidiable y que José ya logró llevar a la localidad de Sumapaz y el barrio Londres. "Mi sueño es que en cada barrio de Bogotá haya una biblioteca", dice. Y lo piensa lograr a través de 'Las fuerza de las palabras', como bautizó a su proyecto social, del que no gana ni un peso, pero sí mucha satisfacción.

La idea es posible por los textos que José sigue recogiendo mientras conduce el camión de basura y gracias a las donaciones, de tiempo y material. Las bibliotecas -todas funcionan en casas- están abiertas todo el día, todos los días.

La esposa de José, Luz Mary, hace de bibliotecóloga y restauradora. Ella es la encargada de limpiar, coser y arreglar los libros que llegan a 'La fuerza de las palabras'.

"Sólo doy por perdidos a los que les faltan hojas", dice. Confiesa que no lee mucho, pero que le gusta vivir entre libros. No es la única. Sus tres hijos también aprovechan la idea de su papá. Dos de ellos son los encargados de los talleres de lectura que se dan en su casa, la que se convirtió en la única biblioteca de su sector, "el rincón de los jóvenes que quieren aprender", asegura Luz Mary.

Pero no ha sido tan fácil crear este espacio. La historia empezó hace más de diez años y hasta ahora, todo se ha hecho "con las uñas. La bondad de la gente que sueña con un país donde los jóvenes, por más pobres que sean, vivan la cultura, es lo que nos ha permitido que 'La fuerza de las palabras' avance", dice José.

Y necesitan apoyo, no lo niegan. Pero no se quedan esperándolo. José y su familia continúan trabajando por 'La fuerza de las palabras'. "Al relleno de Doña Juana siguen llegando toneladas de cultura, ¿es justo que se pierdan?", se pregunta José.

Agradecemos a la documentalista Gladys Parentelli por la noticia enviada. Vea la información y el video en la siguiente dirección:
http://www.semana.com/multimedia-cultura/fuerza-palabras/3336.aspx

lunes, 14 de junio de 2010

Un cuento para divertirnos: De punto



Esto es un punto.
No tan pequeño, para que lo veas bien.
Ni tan grande, como para que no lo confundas con un círculo recortado de una cartulina negra.
O con lo que veríamos por el ojo de buey de un barco pequeño al pasar al costado de un transatlántico. U otra cosa oscura y grande.
Ahora, pregunto, ¿es seguro que todo punto es un punto?
A saber.
Tenemos el punto, también, el punto y coma, que no es lo mismo que “¡Coma!, ¡Y, punto!”; el punto y aparte; el puntoyseguido que, para algunos suena a “suspendido”.
Que para nada es “quedarse en un punto suspendidos”. Y, menos, “suspendidos en un punto”.
Hay un punto sobre la jota. Y un punto sobre la i.
Que, por supuesto, se parecen mucho. Los puntos han de ser primos hermanos. Casi seguro.
Como uno puede detenerse en un punto, hay que tener mucho cuidado de no quedarse parado en uno y sin avanzar. Sigamos.
Hay puntos de hilo, de bordados o de tejidos. Puntos de aguja, de malla, de encaje o de tafetán. Punto por debajo, punto por encima. Punto de cruz y punto cruzado. Eso sí, recuerda, en todos los casos anteriores, hay que pedir auxilio cuando se corre un punto.
Lo que sí es seguro es que no existen puntos dulces. Los puntos son insaboro. En todo caso, toman el sabor del papel que los contiene. O el de la tinta que los trazó o imprimió.
Por ello no podemos hablar de dulces puntos. A no ser en poesía. Pero existen dulces a punto, punto de caramelos y punto de nieve.
Hay un punto de partida y un punto de llegada.
Existe el punto muerto y el punto cero.
También, un punto de mira y un punto de vista. Que no son lo mismo.
Aunque algunos, muchas veces, intentan que lo parezcan.
Hay un punto de más y un punto de menos.
Y, hasta uno puede andar de punto en blanco.
Y, aunque el diccionario no lo diga todos conocemos, sobre todo en algunas latitudes, los terribles y adolescentes puntos negros.
Como conocemos un punto de congelación, uno de fusión, uno de hervor y hasta el de cocción. Y tenemos, sobre todo a ciertas edades, un punto crítico, uno filosófico, uno teológico, uno de apoyo y hasta un punto crudo.
Podemos, incluso, llegar a punto o estar a punto.
¿Has comprendido que no todo punto es simplemente un punto?
Te lo dejo para que lo pienses. O, al menos, lo imagines.
No tienes que estar de acuerdo conmigo.
Lo hablamos en otro momento. ¿Te parece?
Porque, por ahora, yo también he llegado al punto de saturación.
Punto final.

Texto de Armando Quintero de la serie "Divertimentos".

Un texto para leer y conversar: El móvil de Hansel y Gretel por Hernán Casciari (*)


Tomada del albun: Ilustraciones de Ricardo Blotta, que firma Blota. http://ricardo-blotta.artelista.com/

El móvil (el celular) de Hansel y Gretel por Hernán Casciari (*)

Anoche le contaba a la Nina un cuento infantil muy famoso, el Hansel y Gretel de los hermanos Grimm. En el momento más tenebroso de la aventura los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer. Mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: “No importa. Que lo llamen al papá por el móvil”.

Yo entonces pensé, por primera vez, que mi hija no tiene una noción de la vida ajena a la telefonía inalámbrica. Y al mismo tiempo descubrí qué espantosa resultaría la literatura —toda ella, en general— si el teléfono móvil hubiera existido siempre, como cree mi hija de cuatro años. Cuántos clásicos habrían perdido su nudo dramático, cuántas tramas hubieran muerto antes de nacer, y sobre todo qué fácil se habrían solucionado los intríngulis más célebres de las grandes historias de ficción.

Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica, en cualquiera que se le ocurra. Desde la Odisea hasta Pinocho, pasando por El viejo y el mar, Macbeth, El hombre de la esquina rosada o La familia de Pascual Duarte. No importa si el argumento es elevado o popular, no importa la época ni la geografía.

Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica que conozca al dedillo, con introducción, con nudo y con desenlace.

¿Ya está?

Muy bien. Ahora ponga un teléfono móvil en el bolsillo del protagonista. No un viejo aparato negro empotrado en una pared, sino un teléfono como los que existen hoy: con cobertura, con conexión a correo electrónico y chat, con saldo para enviar mensajes de texto y con la posibilidad de realizar llamadas internacionales cuatribanda.

¿Qué pasa con la historia elegida? ¿Funciona la trama como una seda, ahora que los personajes pueden llamarse desde cualquier sitio, ahora que tienen la opción de chatear, generar videoconferencias y enviarse mensajes de texto? ¿Verdad que no funciona un carajo?

La Nina, sin darse cuenta, me abrió anoche la puerta a una teoría espeluznante: la telefonía inalámbrica va a hacer añicos las nuevas historias que narremos, las convertirá en anécdotas tecnológicas de calidad menor.

Con un teléfono en las manos, por ejemplo, Penélope ya no espera con incertidumbre a que el guerrero Ulises regrese del combate.

Con un móvil en la canasta, Caperucita alerta a la abuela a tiempo y la llegada del leñador no es necesaria.

Con telefonito, el Coronel sí tiene quién le escriba algún mensaje, aunque fuese spam.

Y Tom Sawyer no se pierde en el Mississippi, gracias al servicio de localización de personas de Telefónica.

Y el chanchito de la casa de madera le avisa a su hermano que el lobo está yendo para allí.

Y Gepetto recibe una alerta de la escuela, avisando que Pinocho no llegó por la mañana.

Un enorme porcentaje de las historias escritas (o cantadas, o representadas) en los veinte siglos que anteceden al actual, han tenido como principal fuente de conflicto la distancia, el desencuentro y la incomunicación. Han podido existir gracias a la ausencia de telefonía móvil.

Ninguna historia de amor, por ejemplo, habría sido trágica o complicada, si los amantes esquivos hubieran tenido un teléfono en el bolsillo de la camisa. La historia romántica por excelencia (Romeo y Julieta, de Shakespeare) basa toda su tensión dramática final en una incomunicación fortuita: la amante finge un suicidio, el enamorado la cree muerta y se mata, y entonces ella, al despertar, se suicida de verdad. (Perdón por el espoiler.)

Si Julieta hubiese tenido teléfono móvil, le habría escrito un mensajito de texto a Romeo en el capítulo seis:

M HGO LA MUERTA,
PERO NO STOY MUERTA.
NO T PRCUPES NI
HGAS IDIOTCES. BSO.

Y todo el grandísimo problemón dramático de los capítulos siguientes se habría evaporado. Las últimas cuarenta páginas de la obra no tendrían gollete, no se hubieran escrito nunca, si en la Verona del siglo catorce hubiera existido la promoción “Banda ancha móvil” de Movistar.

Muchas obras importantes, además, habrían tenido que cambiar su nombre por otros más adecuados. La tecnología, por ejemplo, habría desterrado por completo la soledad en Aracataca y entonces la novela de García Márquez se llamaría ’Cien años sin conexión’: narraría las aventuras de una familia en donde todos tienen el mismo nick (buendia23, a.buendia, aureliano_goodmornig) pero a nadie le funciona el messenger.

La famosa novela de James M. Cain —’El cartero llama dos veces’— escrita en 1934 y llevada más tarde al cine, se llamaría ’El gmail me duplica los correos entrantes’ y versaría sobre un marido cornudo que descubre (leyendo el historial de chat de su esposa) el romance de la joven adúltera con un forastero de malvivir.

Samuel Beckett habría tenido que cambiar el nombre de su famosa tragicomedia en dos actos por un título más acorde a los avances técnicos. Por ejemplo, ’Godot tiene el teléfono apagado o está fuera del área de cobertura’, la historia de dos hombres que esperan, en un páramo, la llegada de un tercero que no aparece nunca o que se quedó sin saldo.

En la obra ’El jotapegé de Dorian Grey’, Oscar Wilde contaría la historia de un joven que se mantiene siempre lozano y sin arrugas, en virtud a un pacto con Adobe Photoshop, mientras que en la carpeta Images de su teléfono una foto de su rostro se pixela sin remedio, paulatinamente, hasta perder definición.

La bruja del clásico ’Blancanieves’ no consultaría todas las noches al espejo sobre “quién es la mujer más bella del mundo”, porque el coste por llamada del oráculo sería de 1,90€ la conexión y 0,60€ el minuto; se contentaría con preguntarlo una o dos veces al mes. Y al final se cansaría.

También nosotros nos cansaríamos, nos aburriríamos, con estas historias de solución automática. Todas las intrigas, los secretos y los destiempos de la literatura (los grandes obstáculos que siempre generaron las grandes tramas) fracasarían en la era de la telefonía móvil y del wifi.

Todo ese maravilloso cine romántico en el que, al final, el muchacho corre como loco por la ciudad, a contra reloj, porque su amada está a punto de tomar un avión, se soluciona hoy con un SMS de cuatro líneas.

Ya no hay ese apuro cursi, ese remordimiento, aquella explicación que nunca llega; no hay que detener a los aviones ni cruzar los mares. No hay que dejar bolitas de pan en el bosque para recordar el camino de regreso a casa.

La telefonía inalámbrica —vino a decirme anoche la Nina, sin querer— nos va a entorpecer las historias que contemos de ahora en adelante. Las hará más tristes, menos sosegadas, mucho más predecibles.

Y me pregunto, ¿no estará acaso ocurriendo lo mismo con la vida real, no estaremos privándonos de aventuras novelescas por culpa de la conexión permanente? ¿Alguno de nosotros, alguna vez, correrá desesperado al aeropuerto para decirle a la mujer que ama que no suba a ese avión, que la vida es aquí y ahora?

No. Le enviaremos un mensaje de texto lastimoso, un mensaje breve desde el sofá. Cuatro líneas con mayúsculas. Quizá le haremos una llamada perdida, y cruzaremos los dedos para que ella, la mujer amada, no tenga su telefonito en modo vibrador. ¿Para qué hacer el esfuerzo de vivir al borde de la aventura, si algo siempre nos va a interrumpir la incertidumbre? Una llamada a tiempo, un mensaje binario, una alarma.

Nuestro cielo ya está infectado de señales y secretos: cuidado que el duque está yendo allí para matarte, ojo que la manzana está envenenada, no vuelvo esta noche a casa porque he bebido, si le das un beso a la muchacha se despierta y te ama. Papá, ven a buscarnos que unos pájaros se han comido las migas de pan.

Nuestras tramas están perdiendo el brillo —las escritas, las vividas, incluso las imaginadas— porque nos hemos convertido en héroes perezosos.

Tomado de orsai
http://orsai.es/2008/10/el_movil_de_hansel_y_gretel.php

(*) Periodista argentino, autor de "Más respeto que soy tu madre" que interpreta con éxito el actor cómico Antonio Gasalla.

viernes, 4 de junio de 2010

¿Has visto al león?


Un nuevo libro de Armando Quintero en OQO
¿Has visto al león?
Armando Quintero & Géraldine Alibeu

12,50 € | 978-84-9871-231-5
48 págs. | cartoné | 25x23 cm |
mayo 2010

—Has visto al león?
–preguntó la rana–.
Le traigo una carta
que huele a hierba fresca
y a flores recién cortadas.

A través de esta fórmula, cargada de lirismo, que la rana repite a cada uno de los animales con los que se encuentra, este álbum completa página a página una especie de puzzle de criaturas de la selva, cuyas respuestas se convierten en pequeñas pistas.

En ellas se revelan detalles que llevarán al incansable anfibio a averiguar el paradero del león, al tiempo que incrementan su curiosidad, la de los habitantes de la selva y también la del lector por descubrir el motivo por el que sólo corre y corre; ni caza ni come y, sobre todo, su fijación por alcanzar la Luna.

El escritor uruguayo-venezolano Armando Quintero tiene una larga y reconocida trayectoria como narrador oral. Esta experiencia es evidente en la tensión narrativa que construye en ¿Has visto al león?, álbum que supone su segunda colaboración con OQO tras inaugurar con Caracoles la colección para primeros lectores nanOQOs.

El extraño comportamiento del león intriga a todos: alcanzar la Luna parece la pretensión de un loco o la proeza de un enamorado. Con el objetivo de reflejar su desconcierto, la ilustradora Géraldine Alibeu presenta a los animales de la selva en actitudes estáticas y reduce al límite la paleta de colores. Así, transmite la incapacidad de éstos, incluida la rana, para explicar lo que le sucede al león y que temen trastornado.

Por el contrario, Alibeu reserva para el león las ilustraciones en movimiento y con mayor cromatismo. De este modo, busca crear una atmósfera en la que se respire su urgencia y el motivo amoroso de la misma. Además, estas imágenes no tienen texto, con lo que el lector debe entrar en el terreno de las suposiciones para desentrañar lo que le ocurre al turbado Rey de la Selva.

La ilustradora francesa se suma al juego de que el lector sea uno más en este periplo investigador y pueda reconocerse, como si fuese su álter ego en ese pequeño nativo masai de constante presencia en el libro. Este niño sigue el devenir de la historia relajado y feliz pero muy atento, como todos los que se adentren en este collage plástico y narrativo que muestra como las más hermosas demostraciones de amor no exigen épicas hazañas.

Texto de Armando Quintero
Ilustraciones de Géraldine Alibeu

Tomado de http://www.oqo.es/editora/es/content/¿has-visto-al-león

Tema de narración oral: Arrollar la realidad al narrar cuentos



Hace unos pocos días narrábamos, con Tiago de Jesús García, en el reciente Encuentro Pedagógico que se realizó en la Universidad Católica de Caracas.
La emoción crecía, como siempre, ante los rostros extasiados de los niños y jóvenes que seguían la mirada de asombro al descubrir al pequeño unicornio azul con alas del cuento “Puño al aire” posado en la palma de mi mano. Luego, continuábamos con el suave levantar de su vuelo. Ahí, nuestra mirada y la del público, seguían su recorrido y lo veían en su retorno a la palma de la mano y su despedirse para ir hacia un viaje, sin saber con claridad su destino. Allí, en ese momento, recordé un fragmento del cuento de Francisco (Paco) Espínola “¡Qué lástima!”. Lo transcribo a continuación.

“Y vuelta a aparecérsele a Sosa el carro y la yegua tordilla. Y vuelta a llevarlos, ahora ufano y dichoso, hacia su compañero.
- Usté, Juan Pedro, cuando quiera la yegua, va a mi casa y la saca. ¿Fuma otro, Juan Pedro?
Juan Pedro, ya con las manos muy torpes, lió un cigarro, encendió y dejó que saliera libremente, de toda la boca, el humo.
- Usté, cuando la precise, va, no más a mi casa y saca la yegua…Y si yo no estoy, la saca lo mismo.
Vaciló. La realidad no daba más y su ardiente pasión quería más todavía. Y arrolló la realidad. Y salió al otro lado, terriblemente amoroso, diciendo:
- Y si la yegua no está…¡usted la saca, lo mismo!”.

Don Francisco Espínola, (1901-1973), como el excelente narrador uruguayo que es, además de un buen captador de las cosas sencillas de los hombres de campo de su país natal o, al menos, de aquellos hombres de las zonas suburbanas del país, por los años cuarenta a cincuenta del siglo anterior, nos relata una escena común en una pulpería: el encuentro ocasional de dos hombres, Sosa y Juan Pedro. A partir del sentido comentario en voz alta del segundo, “¡Qué lástima, qué lástima, que la gente sea tan pobre!” y, por la ternura que la misma produce en el primero, poco a poco, se van tornando en fraternales amigos. Mientras comparten varias copas de caña y el alcohol los embriaga.
Sosa recuerda que tiene un carrito de pértigo y una yegua para su trabajo de montaraz y de vendedor de leña en el pueblo. Desde un ponerse y ponerlos a la orden, hasta el prestarlos, la situación llega al clímax en esa frase de Sosa: “Y si la yegua no está…¡usted la saca, lo mismo!” que, como muy bien acota Espínola, arrolla la realidad. El amor fraterno y la sinceridad de una entrega amorosa y fraterna lo llevan más allá de lo común. A un “no hacer caso de leyes, respetos ni otro miramientos ni inconvenientes”, como dice el diccionario de la R. A. E. La entrega sincera del alcohólico, que es también la del niño.
Creo que a esos extremos hemos de llegar al narrar oralmente, a esa entrega.
Nuestros abuelos, en este momento lo recuerdo, nos aseveraban que siempre hay que estar muy atento a la sinceridad del niño y del alcohólico. ¡Ojo!, no estoy aseverando que hay que recurrir a la caña u otros medios para lograr una entrega similar. Desde adentro, desde la conciencia del oficio de palabreros que ejercemos. Viendo al unicornio azul con alas para que los otros lo vean.
El arte de narrar cuentos, de muchas y divertidas formas, ha sido, es y será una constante propuesta de arrollar la realidad. Y creemos que esa es una de las maravillosas funciones de un narrador oral. Como creemos que a la misma ha de asumirla con total conciencia en su ejercicio. Si aún no lo ha hecho.

Texto de Armando Quintero

Dos textos de María Teresa Andruetto


Foto de M. T. A. tomada de La Voz, fotografía de José Gabriel Hernández.

Extravío

Sólo enfermando al vecino, es como uno se convence de su propia salud.
Fedor Dostoievsky

Cuando yo era chica, pasaba frente a nuestra casa, en la esquina de Mariano Moreno y Río Negro*, todos los mediodías, un hombre con un pequeño paquete en la mano. Martinato se llamaba (o se llama, porque acaso viva todavía). Aunque no tenía reloj, Martinato sabía siempre la hora exacta. Se decía que vivía contando los pasos, equivalentes a segundos. Si así era, pienso que podía saber con exactitud acerca del tiempo porque a eso -al tiempo- le dedicaba todo su tiempo.

Muchos años después, ya convertida en una mujer grande, tuve por vecino en mi casa de Villa Allende, a un hombre a quien llaman El Caminante. Desde los dieciocho años, edad en la que -eso dicen- murió su madre y él -uso estas experiones sin conocerlas del todo- "tuvo un brote psicótico", el caminante camina -con una gruesa campera, tanto en invierno como en verano- desde la mañana hasta la noche, desde su casa que está junto a mi casa, hasta el cementerio viejo y desde ahí otra vez hasta su casa.

No sé bien por qué estos episodios vienen juntos a mi memoria, acompañando a un tercero: un recuerdo antiguo, fundante para mí, que también tiene que ver con el caminar. Cuando era muy chica y apenas si sabía decir mi nombre me mandaron con un papelito en la mano (un papel escrito por mi madre) a hacer una compra. Supongo que porque era tan chica (o porque por primera vez me habían mandado a hacer una compra) yo temía perderme. Así que caminé mirándome los zapatos, en la creencia infantil -pero no demasiado lejana a la verdad- de que uno está donde están sus pies. Y de tanto mirarme los pies, me distraje de otros menesteres y me perdí. Me encontró el cartero, un hijo del Maestro Bono, me preguntó si mi mamá se llamaba Cleofé, me cargó en el canasto de las cartas que estaba adosado a su bicicleta y me llevó de regreso a casa.

¿Qué tienen en común un hombre extraño, un enfermo y una niña distraída?¿ Qué los separa? No sé si el recuerdo es tan vívido para mí porque llevaba en la mano la letra de mi madre, o porque descubrí que era hija de una mujer que tenía un nombre inusual, o porque quien me llevó a casa era el hijo del Maestro (había una sola persona en mi pueblo de quien pudiéramos decir simplemente: el maestro) o porque aquel hombre me puso en el canasto donde se llevan los mensajes, o porque tuve conciencia por primera vez del extravío. De hecho, Extravío es la palabra con que titulé un poema construido a partir de ese recuerdo, tantos años después.

Ya lo dice el lenguaje popular: hay que estar bien plantado, hay que vivir con los pies en la tierra, por contraposición a andar con la cabeza en las nubes. Oscilación entre el deseo de extraviarse y el esfuerzo por seguir pegado a la realidad. En ese oscilar que a veces asusta, que a veces abisma, está el momento de creación. Sé que hay límites entre la salud y la falta de ella (allí donde usted nada, ella se ahoga, le habían dicho a Joyce -creo que se lo había dicho Freud- en relación a su hija Lucía), pero ¿dónde están esos límites?, ¿hasta dónde uno puede extraviarse y regresar cuando quiere a casa?. ¿Hasta dónde alguien que transporta las palabras puede encontrarnos (o hacer que nos encontremos) y llevarnos consigo en su canasto hasta donde estemos a salvo?

(*) En Oliva, pueblo donde me crié y sede del Asilo de Alienados Colonia Dr. Emilio Vidal Abal.

Mentir

Un escritor es un hombre que miente.
Abelardo Castillo

¿Qué puede hacer una niña tímida, que tiene nariz grande, piernas flacas, ropa deslucida y que se sabe invisible para sus compañeras de grado? ¿Qué puede hacer esa niña a la que su madre ha contado cuentos cuando ella era la niña de la niña que hoy es, sino leer, leer desaforadamente todo lo que hay en su casa? ¿ Y qué hay en su casa?.

Una mezcla de Twain y D´Amicis, de Stevenson y Tagore, de Dumas y Olegario Andrade, de Collodi y Kempis, una edición bellísima de El Quijote, varios Shakespeare en las ediciones populares de Tor, una Divina Comedia, un Decamerón, muchos libros sobre cooperativismo, muchas biografías y relatos de viaje, una colección de literatura política argentina que tiene desde Alberdi a Monteagudo, desde Moreno a Mansilla, con todo Sarmiento y todo Echeverría y, sobre todo, mucha y buena literatura informativa, enciclopedias, diccionarios, historias universales y argentinas, historias de la música, del arte, de la fotografía, de la filatelia... porque no era la literatura sino el conocimiento lo que primaba en la casa y había que saber cómo se hace cada cosa, cómo está compuesto el universo, cómo se generó la vida en la tierra... porque los libros tenían un sentido utilitario y tal vez no hiciera falta leer una novela, pero cómo ignorar la evolución de la pintura desde Altamira hasta Picasso. Y yo, la niña que yo era, iba por esos libros con el mismo desparpajo, con la misma irreverencia con que transitaba por las fotonovelas - Nocturno , Chabela , Idiliofilm - que había en la casa de mi amiga Rosa, o por las hojas teñidas de sangre de la revista Así* en las que el carnicero envolvía la carne que me habían mandado a comprar. Todo tenía para la imaginación de mis ocho, diez años, el mismo valor, porque yo iba por esos libros y diarios y revistas, buscando historias para contar a mis compañeras de grado, historias que, mentirosa, relataba como propias. Iba a la escuela cada mañana y, en el recreo largo, me sentaba en un banco de cemento, en el patio, y contaba algo que había leído el día anterior, una historia que alargaba o modificaba a mi antojo, para agregar suspenso o acabar a tiempo para regresar al aula. Ellas no sabían que se trataba de episodios robados a los libros, y yo sentía por eso una inmensa vergüenza, pero lo mismo contaba, como un vicio cuya marcha no podemos detener, yo contaba. Lo que no había comprendido aún era que en aquellas historias narradas para que me quisieran mis compañeras de grado, yo estaba ejercitándome ya en esta pasión, en este delicado hacer, en esto que Abelardo Castillo llama el oficio de mentir.

* Difundida revista de crímenes, en el estilo de periodismo catástrofe, que circulaba en Argentina en los años sesenta.

Tomados de http://www.teresaandruetto.com.ar/

Narrar cuentos en preescolar y otros niveles de educación


Imagen tomada de Fotos de Muro de Arte Poética.

O cómo captamos la actitud de algunos educadores ante el arte

“La narración oral es de plano despreciada en ámbitos donde debería ser tomada como núcleo en torno al cual giraran otros aprendizajes y disfrutes. Me refiero a los institutos y universidades dedicados a la formación pedagógica, en los cuales no existe una materia que estimule el desarrollo de esa habilidad. En los institutos y escuelas de formación pedagógica, este tema se estudia formalmente, reconociendo la importancia de contar cuentos y de hacerlo bien, pero se trabaja poco en los aspectos teóricos y casi nada en los prácticos. Por ello, contar cuentos no pasa de ser un recurso didáctico de difícil aplicación, y del cual es aún más difícil obtener resultados apreciables. Se acepta en la teoría pero se rechaza en los hechos que contar cuentos pone en juego un sinnúmero de habilidades relacionadas con el manejo de la voz, la expresividad gestual y corporal, la comprensión lectora, la escritura, la respiración, la dinámica grupal, la improvisación, el juego dramático creativo, la imaginación, la resolución de conflictos… siguen las firmas.”
Cita tomada del libro “La intuición de leer, la intención de narrar” del narrador y educador Rodolfo Castro, Croma/Paidós, México, 2002.


El comentario de Rodolfo Castro nos precisa el desprecio generalizado hacia la narración oral de cuentos en muchos de los institutos y universidades dedicadas a la formación pedagógica, casi la mayoría de ellos. Y nos destaca aquello que se manifiesta pocas veces en las palabras pero, muy dolorosamente, mucho en los hechos: la actitud despectiva de varios de los docentes cuando se narra cuentos ante sus alumnos.

Desde mediados de marzo hasta finales del mes recién culminado, como siempre sucede en estas fechas, hemos tenido numerosas actividades de narración oral en varios colegios y algunas universidades.
Es decir, nos hemos presentado para todos los niveles de educación. Y seguiremos haciéndolo para este mes,

La actitud de los alumnos, tanto en preescolar como en los grados superiores, ha sido variada y digna de destacar. Esperemos que ello sirva de reflexión.
Fue muy notoria la experiencia en algunos colegios con aquellos niños a los que no se les lee, ni se les cuenta. Notoria, sobre todo, por el destacado entusiasmo, la atención constante y la evidente y total comprensión de los cuentos que les narrábamos, en los casos contrario: la de aquellos niños acostumbrados a leer y a escuchar cuentos.
En uno de esos colegios tuvimos la maravillosa posibilidad de diferenciarlos.
Entraron juntos los cuatro grupos de alumnos de preescolar. Dos de las educadoras fueron alumnas de nuestro Seminario de Narración Oral y Artes Escénicas y me alegro, notoriamente, descubrir que han continuado y desarrollado las pautas y orientaciones que les brindamos: les narran y leen cuentos a los niños. Constantemente. Las otras dos educadoras, es posible, que no sólo no han tenido ninguna orientación, ni teórica ni práctica, sobre la importancia del cuento narrado o leído en el aula. Creo que es peor que eso: era muy claro, por sus lenguajes no verbales, que ni creen en ellos.
Todos los alumnos, sentados en el suelo, se mezclaron en el lugar.
A penas se inició la actividad, desde sus maneras de acomodarse, desde sus miradas y sonrisas, desde sus atentos silencios, sabíamos quiénes de ellos se iban a abrir, o no, ante los cuentos que les narraríamos.
Desde el momento que nos paramos a narrar descubrimos, sin ningún esfuerzo, a los niños que eran escuchas y lectores y a los que no lo eran. Es decir, descubrimos a los alumnos de cada unas de las educadoras.
Y a las educadoras, también.
Lo notamos ante el desarrollo de la actividad, por la actitud de ruptura de lo convencional que el espacio y la situación permitía. Sentimos cómo los niños estaban involucrados. Lo sentimos por el respeto en los momentos de juegos con los cuentos y del retorno al acto de escuchar que, para el escándalo de algunas de las maestras, utilizamos reiteradas veces. Observamos cómo algunos de los niños les explicaban a los otros algunos aspectos de los cuentos. Y, también, cómo uno de los niños, de una de las maestras no muy interesada en lo que hacíamos, estaba en una deliciosa posición de escucha, con su barriguita de plano en el piso, las rodillas dobladas y las palmas de sus manos sosteniendo su cabeza en sus brazos acodados. Al verlo así, le sonrío con afecto, casi dedicándole un trozo del cuento. Luego me entero que la maestra lo obligó a “sentarse bien”.
Al finalizar nuestra presentación, las maestras que se involucraban en la actividad permanecieron con sus alumnos al finalizar, las otras se los llevaron rápido a su salón. Algunos de esos niños se demoraban en alejarse.
También nos enteramos que uno de los niños, con notorios problemas de atención según nos dijo su maestra fue, sin embargo, uno de los más participativos. Maravilloso descubrimiento para ambos.
No podemos dejar de lado la actitud de los maestros que no son lectores y tampoco buenos escuchas. Y que, en algunos casos, no sólo rompen las normas más elementales de educación al conversar entre ellos mientras se narra. O, planifican sus actividades, escriben en las planillas de planificación, corrigen tareas de sus alumnos y hasta reciben llamadas y las responden o se pasan mensajes de texto por telefonía móvil. No por ellos, sino por el ejemplo que generan. Y que se hace mucho más notorio, más evidente, ante los muy destacados casos contrarios.
No fue porque sí que elegimos a esa imagen de un niño leyéndole a un elefante. Contar es mucho más que dos, o como decía el abuelo: “El hábito no hace al monje, pero lo ayuda”.

miércoles, 19 de mayo de 2010

La narración oral y la educación


Imagen tomada del blog de Anuska Allepuz

Lectura múltiple, lectura activa, la de quien escucha narrar un cuento. Le interesa lo que ha podido escuchar pero, quizás mucho más, lo que ha querido escuchar: todo lo que le evoca, le sugiere, le exenta, le implica, de manera clara o vaga. Y está seguro que el narrador, al mirarle, ha descubierto cuál es su verdadera relación con el cuento. Y que le comprende y le acompaña. Por ello, de alguna manera, es su cómplice.
Los cuentos, sobre todo los mejor logrados para la oralidad, son formas sencillas que reposan en estructuras narrativas unidimensionales. Un cuento va en un sentido: rara vez se subdivide en varios relatos. No es que sea monosémico y que sólo sea posible la interpretación “lineal”. Todo cuento propone interpretaciones globales. Eso lo saben a total conciencia o no – el cuentista que lo ha creado, el narrador oral que lo recrea y el público que coparticipa en el acto artístico. Como saben que el cuento cuenta. Y cuenta.
Con los cuentos se poetiza y se juega. Se crean y recrean a partir de una intuición concreta. Las acciones del cuento se vuelven posibles con, por y entre los otros. Por ello el narrador poetiza, crea y cree con el público: elige las palabras, teje el cuento, arma trampas, vigila para hacerlo caer sorprendido. Y el público poetiza, crea y cree con el narrador.
Por ello, el narrador juega con el público: sabe que el público le sigue pero, también, se le escapa y quiere escuchar rápidamente: sabe que el público será coautor de la historia que narra, la interpretará a su manera. Y el público juega con él. Y lo saben ambos.
Como saben que, tanto él como narrador oral como su público como escucha, son seres que tienen tiempo y aprenden a usarlo. Incluso gozando de la calidad del silencio que les rodea. Gozando de esa invisible y silente campana que generan, en el acto de ser narradores-escuchas y escuchas-narradores, con todo su hacer, con todo su ser. Gozando de ese silencio al que provocan, porque es un silencio poblado de imaginación, un silencio colectivo, un silencio compartido, donde las palabras, como las del poeta, lo rompen para recrearlo. Gozando porque el trabajo creativo de un cuento, implica un “esquema dinámico de sentido” con una doble función fecundante: la de narradores y la de escuchas, interrelacionadas permanentemente en un acto de amor: una comunicación abierta y solidaria, donde ambos comparten la confianza. ¿Pretendemos algo más para una pedagogía verdaderamente activa?
Pero con un detalle importante: nuestra misión principal es divertir, sólo eso.
Fue a partir de una conferencia que dictó Rubén Yánez, el director de la agrupación teatral uruguaya “El Galpón” –allá por mediados de los años ochenta, en la ciudad de Valencia (Venezuela)- que aprendí a utilizar la etimología de la palabra divertir en mis talleres de narración oral. Hacía muchos años que la conocía e, intelectualmente, la utilicé mucho en mis clases de literatura. Recuerdo que la apliqué por primera vez en una clase magistral, que expuse ante un tribunal de Práctica Docente en mis estudios como Profesor en Literatura, y era sobre el soneto “Los bufones” de Rubén Darío. Pero volvamos a la conferencia de Yánez. El tema central que se estaba exponiendo en ella, era sobre la importancia del humor en el teatro. En medio de varios aspectos muy importantes que se venían desarrollando, de pronto, se nos preguntó a los asistentes sobre qué era divertirse, cuándo era que uno se divertía, cómo era que se sentía quien estaba divertido. Desde la extrañeza inicial surgieron múltiples respuestas, válidas todas, ninguna descartable, más bien, sorprendentes. Al comenzar a crearse el silencio inmediato a tanta descarga, el expositor preguntó sí alguno conocía el significado inicial de la palabra, de dónde venía, su etimología. De inmediato aseveró que, en el antiguo latín, la palabra “divertir” era una palabra compuesta, formada por los vocablos “di”, dos, y por “vertir”, verter: volcar un líquido de un recipiente a otro. “Dos veces volcar” sería su significado inmediato. Señaló, además, que es eso lo que se pone de manifiesto cuando uno se divierte: uno recibe algo de alguien o algo, y lo vuelca de nuevo hacia los otros, o lo otro. Es decir, “saca hacia fuera lo que tiene dentro” Y agregó que, si ese era el verdadero significado de la palabra, se podía, concluir, con mucho humor: “Por supuesto, nadie nos va a mostrarnos lo peor de él, nos va a sacar siempre lo mejor”.
Es obvio, pero no por obvio, innecesario, señalar que, con esa intención nos disponemos siempre a asumir cada uno de los pasos, cada uno de los ejercicios, cada uno de los momentos que nos correspondan en las actividades de todos nuestros talleres de Narración Oral. La tarea es común, participativa, incluyente y nunca -en lo posible e imposible- excluyente: aprender jugando, divirtiéndonos de lo mejor, en lo mejor.

Fragmento de la ponencia de Armando Quintero presentada en el Festival Cuento Palabra 10 Córdoba, Argentina, septiembre de 2009.

sábado, 15 de mayo de 2010

“Había una vez un hombre que se alimentaba de jardines…” (*)



Entrevista de Silvia Finder Gam en el blog de Fernando de Vedia.

¿Cómo aparecen en vos las ganas de ser narrador?

Desde el vientre de mi mamá. Puedo asegurarte que no es una fantasía. En algún rincón de mi memoria ese recuerdo se encuentra muy vivo. Y no escondido. Mi madre gustaba mucho de los contadores de cuentos campesinos. Algunos de ellos eran peones en la estancia donde vivíamos. Y yo, aún en el vientre materno, apoyaba mi oído hacía afuera. Y atendía a las vibraciones que los sonidos de esas voces provocaban. Desde ahí, aprendí a reconocer el amor a las palabras que se dicen. Y a valorarlas como tales. Desde el propio instante que comencé a asomarme a la vida. ¡Y lo recuerdo tan bien! A partir de ello, tengo muy presente que nací entre cuentos y entre narradores de cuentos. Me acunaron, me amamantaron, me mecieron, me criaron y jugué con cuentos. Y no es por parodiar al poeta León Felipe. Fue así. También aprendí a compartirlos, como compartía ese vientre. Porque allí no estaba solo. Estaba con la única hermana que tengo.

¿Desde cuándo escribís?

Desde la edad que muchos lo hacemos, los doce o trece años. Desde los adolescentes poemas de amor. Sublimes para uno. Y, a veces, para la muchachita a la que estaban dedicados. Olvidables para todos los otros. Y que, para la sanidad de sus espíritus, poco muestras. Luego, escribí motivado por algunos amigos y por los docentes de Literatura que vieron en uno “un no sé, que no sé cómo”. Y ante los encuentros con muchas buenas lecturas orientadoras comencé a hacer poemas, canciones e ilustraciones. Uno de los compañeros de esos años, que era compositor, les puso música a varios de esos textos. Los fuertes vientos de los finales de los años 70 aventaron todas esas hojas primeras. Y, en lo personal y por años, silenciaron mis escritos. También, nos aventaron desde la tierra de nuestras raíces a distancias de ella. Con penas. Pero sin olvidos ni resentimientos. Eso sí.

Contanos tu historia (desde la panza de mamá hasta ahora.

Nací a las orillas del Olimar, un pequeño río de Uruguay. Ese paisito de la otra orilla del Río de la Plata. Que tiene la forma de un corazón patitas para arriba, o parado de cabeza. Eso fue hace un montón de años. A finales de 1944. Son varios años. Les cuento que hace un par de ellos, una niñita me preguntó la edad. Al responder, me dijo: “¡Tantos! ¿Y no te has muerto todavía?” Claro que no me iba a quedar callado. Le respondí que no, porque me sostienen vivos los poemas y los cuentos. Después me enteré que la niñita le pasa pidiendo a su mamá que le lea cuentos y poemas. Luego va a contárselos o recitárselos a su propio abuelo. Sigo. La ciudad donde nací tiene el nombre de un número, se llama Treinta y Tres. Pero eso es para otro cuento que no les voy a narrar ahora. Eso sí, si alguno de ustedes cree que esto es un invento, les pido que vea en un planisferio o mapamundi y ubiquen a Uruguay. Es seguro que, al este, en la frontera con Brasil, encontrarán a mi ciudad. Al menos, a ese puntito que la representa. Y al departamento de la cual ella es su capital. Tuve la suerte de asistir, en mi primer año, a una escuela rural y tener a dos maestras que atendían los alumnos de primero a tercero y que nos enseñaron a leer y a escribir en los poemas de Federico García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández, Pablo Neruda. A los ocho años pasamos a vivir en la ciudad, frente a la casa de dos ancianos que fueron nuestros abuelos del corazón. Ellos nos contaban cuentos y nos leían mucho. Al crecer, como me gustaban tanto los poemas y los cuentos y como algunos adultos creen que eso no da para vivir, tuve que negociar con mi padre sobre qué hacer con mi vida. Él me quería médico o militar. Sobre lo primero, como estaba seguro de que no me veía de bata blanca, estetoscopio al cuello y escalpelo en mano, dije que no. Y, a lo segundo, menos. Los conocí por dentro cuando hice el Liceo Militar. Lo hice casi obligado por mi padre. Él estaba nervioso de mis gustos por la poesía y los cuentos. Para la época, en nuestro pueblo, leer, recitar y escribir era algo calificado como “para mujeres”. Doña Naturaleza fue amable conmigo y una incipiente miopía no me permitió seguir la carrera militar. Quería ser marino. Por amor al mar, por viajar en él. Motivado con las novelas de Emilio Salgari y Julio Verne. Treinta y Tres está lejos del mar y lo conocí con ocho años. Y lo he querido por siempre. Así que no era una elección por vocación. De nuevo de civil, y ante la insistencia paterna de hacer “una carrera de porvenir”, me entero por su boca que la contaduría pública lo era. Eso sí, le respondí, quiero ser contador público. Mi padre ya me veía con mi título y mi oficina. De verdad, verdad, no le mentí. Ni lo engañé. Sólo me apoyé en sus palabras. Soy un contador público: soy un contador oral de cuentos. Hice los estudios en el Instituto Normal, Magisterio, que abandoné en cuarto año, luego de cursarlo. No quise dar los exámenes. Había comenzado a dar clases de Literatura, y me apasioné con ello. Me gradué como Profesor en Literatura en Uruguay. En el Instituto de Profesores Artigas en 1977. En 1978, emigramos a Caracas, Venezuela, con la familia. Tengo estudios, entre otros, en el postgrado de Literatura Venezolana en la UCV y especializaciones en Narración Oral y Teatro en el CELCIT. Y en otras instituciones de Artes Escénicas. Actualmente, he finalizado una especialización en Periodismo. En un Avanzado realizado por la UCAB - El Nacional. La Universidad dónde trabajo, desde 1989, y un importante periódico venezolano. En esos estudios, entre las importantes cosas que aprendí, la mejor, fue realizar mi propio blogs. Y lo disfruto. Mucho.

¿Cuáles son tus libros?

Nota: En este blog , abajo, está la lista completa de los mismos. Con una pequeña reseña de cada uno realizada por la Dra. Sylvia Puentes de Oyenard, la Directora de A. U. L. I. Por eso no copiamos este fragmento de la entrevista.

¿Tenés predilección por alguno?

Por todos y, en especial, por dos. El que está por nacer, ya ilustrado, a punto de imprimirse, por la aceptación que pueda tener entre los lectores. Y el que aún estoy creando, por el enorme trabajo que, como los anteriores, me está dando.

¿Qué les dirías a l@s niñ@s para que lean?

Tres cosas: La primera, los libros no muerden. Y, si lo hacen, es como cuando te agreden los perros. Porque les has asustado, porque les demostraste que no los quieres, que los rechazas, que no los atiendes o que, simplemente, les tienes miedo. La segunda, los libros, como los cuentos y poemas abren puertas y ventanas a los sueños, a la solidaridad, a la imaginación, a la maravillosa posibilidad de ser mejores seres humanos. La tercera, la ya dicha, te mantienen vivo. Y se los muestro y demuestro.

¡Muchas gracias, Armando!

(*) El título corresponde al inicio de un texto de Jairo Aníbal Niño y es todo un comentario sobre el entrevistado. Fue tomado por Sylvia Puentes de Oyenard en la reseña. Aparece completa en la entrevista.

Para ver la entrevista, tal como aparece en el blog de Fernando de Vedia, haga clic en el siguiente enlace:

Blog de Fernando de Vedia, autor de Paco del Tomate, Marvin Marbles, Morton Fosa, y muchos libros más!

Minicuentos para narrar: Los otros cuentos de los cuentos, versiones renovadas


Imagen en acuarela tomada del facebook de Stella Artemis.

Y pasaron cien años…
– ¡¿Qué una revolución nos condena a la guillotina?! – preguntó Bella Durmiente recién despertada. Quiero que ellos sepan que estaba dormida: ¡No vi, no oí y, menos, hablaré de nada!

Descargando responsabilidades
– ¡No soy culpable! –aseveró la reina ante el Tribunal que la juzgaba por el crimen de Blancanieves – ¡Fueron los enanitos!: Fumigaron los manzanos y no le avisaron a nadie.

Aviso urgente
– Cenicienta, ¡escóndete! –avisó el Hada Madrina – El alucinógeno perdió efecto y te verán como eres!

Luego, lejos de Hamelín
– ¡Vaya! –exclamó el flautista al contar todos los niños que embelezó con su flauta - ¿Ahora, cómo alimento a tantos muchachitos?

Las dos veces que se equivocó el Ogro
Entre índice y pulgar aplastó a Pulgarcito.
Arrepentido, hizo circular el otro cuento.

El Emperador tiene un traje nuevísimo
– ¡Cállate, hijo! ¡Eso no es así! –corrigió el padre al muchachito que gritaba – No está desnudo: viste una lycra color carne.
Como lo sabemos, el niño no obedeció.

Gato con botas de siete leguas
– Ese molinero-rey nunca sospechará lo hecho: lo ayudé para ser su Primer Ministro…

Para tan larga cabellera
– Al menos, logré ocultar las crines de varios caballos –se dijo Rapunzel, al lanzar su larga trenza desde la torre del palacio..

Lamento
– ¿Mi mundo?: ¡Al revés! – aullaba el lobo perseguido – Ahora todos dicen que soy malo: ¡Todo por protagonizar Cuentos de Hadas!

La confesión de Gepeto moribundo– La carpintería estaba quebraba e inventé lo de Pinocho… Nunca crece una nariz por mentir pero todos se lo creyeron: ¡Gracias a Dios podré criar a ese muchachito que encontré por ahí!

En el País de las Maravillas– ¡Qué sueño, ni nada! –me contaba en secreto Alicia, extrañamente sonreída. ¡Cuánto aprendí con el Señor Conejo! -me agregaba.

Teoría del personaje
– Soy enano, pero bien proporcionado – lamentaba Peter Pan - Los freudianos necesitaban el complejo: ¡Saberlo antes y cuánto dinero me hubiera ganado!

Selección de doce cuentos breves del libro Sucedidos de Armando Quintero Laplume.

martes, 6 de abril de 2010

Video del Día Internacional del Narrador Oral en Parque Caballito de Caracas



Estimados amigos asiduos a nuestro blog y amigos que se asoman a verlo:
Ante las múltiples actividades que tenemos pautadas para este mes de abril, mes de la palabra, mes del idioma, hemos adelantado todos los materiales a compartir con ustedes. No hacerlo en estos días de la Semana Mayor, era saltarnos la continuidad del mismo. A partir de la segunda semana y hasta culminar el mes tendremos numerosas presentaciones, talleres, seminarios y conferencias.
Como un modesto homenaje a las palabras que se dicen, les brindamos este video de nuestra presentación el sábado 20 de marzo de 2010. Está elaborado con algunas de las fotos tomadas por Gonzalo De Jesús García durante dicho evento. Y con el apoyo de las voces de Tiago y Armando narrando cuatro minicuentos de sus autorías respectivas.
Un abrazo cargado de cuentos a cada uno de ustedes.
Y los mejores deseos para que los compartan con sus amigos, familiares y vecinos. Es una hermosa manera de unirnos a los otros y de no darnos tiempos para las divisiones, las segregaciones, las confrontaciones. Que, aunque ellas, a veces sean utilizadas para permitirnos crecer, por supuesto, nunca han de utilizarse para deshumanizarnos. Narremos cuentos: ¡Una sencilla manera de multiplicar la paz!

Si desea verlo en yootube, haga clic en el enlace siguiente: http://www.youtube.com/watch?v=3GNeoYzIkd0

jueves, 1 de abril de 2010

Decálogo para narradores orales que se inician



1.- Cuando estemos frente a un narrador oral digno en su ser y en su hacer, intentemos imitarlo en su dignidad. Cuando estemos frente a un mal narrador oral, observémoslo con mucha atención para corregir nuestros propios errores.

2.- Ante un buen cuento a narrar, la pobreza de lenguajes es algo que nos avergonzará. Ante un mal cuento, la riqueza de recursos provocará lo mismo.

3.- Los cambios en el ser y hacer de cualquier narrador oral que se inicia pueden ser muy lentos, casi imperceptibles; lo importante es que sean.

4.- El narrador oral se pasará la vida simplificando lo que muchos hombres, a conciencia o no, tratan casi siempre de complicar: las relaciones humanas.

5.- Estudia siempre el pasado del viejo oficio de narrar cuentos y de todos los oficiantes del mismo si quieres saber cómo será tu futuro.

6.- El narrador oral digno sabe lo que es verdad en lo que comparte con su público; el mal narrador sabe qué es lo que vende mejor.

7.- Un cuento no mejora tu condición, ni la de tu mundo, pero puede abrir puertas y ventanas para lograrlo cuando lo compartes y, sobre todo, descubrir que crecerás en esa búsqueda aliándote con quienes desean crecer contigo.

8.- Cinco son las condiciones para que tú y tu mundo logren ser mejores: constancia, honestidad, generosidad, sinceridad y delicadeza, en tu ser y hacer.

9.- Al escuchar comentarios perversos, aunque sólo sea por mera curiosidad, no tardarás en convertirte en un hombre perverso.

10.- La narración oral, como la virtud, no nació para vivir a solas. Todo el que la practica, terminará rodeado de buenos vecinos. ¡Sólo ejércela de corazón!, luego, nos cuentas.

Texto de Armando Quintero Publicado en su libro ¿Quieres contar cuentos? http://www.analitica.com/media/3183637.pdf

Cuentos para narrar: Juan, Juanita y la Princesa Seria

Princesa tomada del blog de Vanina Margaría http://vaninamargariailustraciones.blogspot.com/2009/08/serie-principes-y-princesas.html

Había una vez un cielo, con nubes, sol y pájaros volando.
Debajo del cielo un reino.
Con su bosque, su campo, su río.
Y su pequeña montaña.

En la montaña, un palacio con su torre.
Y, en la torre una princesa seria.
No reía, sólo miraba hacia el camino.

La princesa era bondadosa y muy querida por su pueblo.
Y el reino era feliz… Bueno, casi.
Todos, desde su Rey, su Reina y hasta el más pequeño de los súbditos, se angustiaban con la seriedad de la princesa.

Las personas del reino hablaban mucho sobre la seriedad de la princesa.
Unos decían que una bruja le había dado a beber un elíxir mágico.
Otros, que era un mago que se había enamorado de ella y, al no ser correspondido, le impuso el castigo de vivir sin reír.
“No, la enamorada es la princesa.” –sostenían unos terceros – “Cómo se explica que siempre está mirando desde la torre: sólo espera el retorno del príncipe azul que una vez vimos pasar por el camino”.

Todos los días llegaban juglares, trovadores, magos, malabaristas y bufones. Venían de todos los rincones del reino para alegrar a la Princesa Seria.
Algunos, hasta eran traídos desde muy lejanas tierras.
Pero ni aquellos, ni estos, lograban hacerla reír.
Ni le sacaban la más leve sonrisa.

¿Tú, reirías con unos juglares y trovadores que cantan sangrientas historias? Más bien, igual que yo, llorarías
¿Tú, lo harías con unos magos que te hacen siempre los mismos trucos con pañuelos, conejos y palomas? Te aburrirías mucho, ¿verdad?
¿O con malabaristas que hacen girar numerosas pelotas, platos, palos, botellas u otros objetos? Con tus nervios, no podrías reírte.
Y, ¿qué decir de los bufones, con esas figuras tan desiguales y grotescas como sapos enormes? Pero, sigamos con el cuento.

Una mañana la princesa estaba en la torre mirando hacia el camino.
Por el sendero salpicado de florcitas del campo, mariposas de variados colores y pájaros revoloteando, se oyó un cantar que venía por el aire.
Desde lejos.
Desde atrás de las colinas que ocultaban el camino, casi antes del horizonte.

Era una canción muy festiva.
Los labradores dejaban de sembrar para reírse.
Los bueyes y caballos de tiro se desprendían de los carros y de sus arneses para revolcarse, riéndose.

Las aves detenían sus vuelos y se posaban de nuevo en los árboles, a reír.
Los caminantes no podían seguir con su marcha, por las risas.
Todos los animales de los campos y bosques salían de sus cuevas, refugios y nidos para reír y reír.

Los árboles y las plantas sacudían sus ramas y tallos, como si un viento interior las moviera: era su manera de reír.
Los peces de los ríos y de la mar cercana, se amontonaban en las orillas y en las playas, riendo.

También, como has de suponer, todas las personas del palacio, desde los reyes, hasta el más pequeño de los súbditos...

– Mmm... ¿Todas las personas?
– Bueno, la princesa seguía en la torre, mirando hacia el camino, sin reír. Desde allí ya se veía al cantor de la canción festiva. Perdón, los cantores. El que uno de ellos, mejor dicho una, sea pequeña no le quita su importancia.
Eran Juan y su pulga mágica, Juanita.

Mucho antes de llegar a las puertas del palacio, se acercaron a Juan y Juanita unos emisarios enviados por el Rey.
Temeroso que, como el príncipe azul, pasaran de largo por el camino, le llevaban una carta, invitándolos a realizar una presentación para toda la corte.

Luego de comer, beber y descansar, a Salón Principal del Palacio lleno, Juan y Juanita realizaron su maravillosa presentación.
Registrada, luego, en el Libro de las Crónicas del Reino y guardada por muchas generaciones en la memoria de todos los abuelos y Cuentacuentos.

Los aplausos se iniciaron cuando Juan tomó la cajita y salió al centro del salón. Cuando abrió la caja y Juanita –en malla de fino terciopelo y con su mejor falda de volados y lentejuelas – saltó a la mesa, los aplausos recrudecieron.
Para repetirse ante cada uno de sus números.

Juanita saltó la cuerda, tocó la flauta y bailó.
Simuló los balidos de una oveja, los cantos de un gallo, los mugidos de una vaca, los aullidos de un lobo.
Y hasta hizo unos sonidos que asustaron a todos.
Eran los barritos de un elefante, que había aprendido a imitar cuando viajaron con Juan por el norte de África.
Dio numerosos saltos mortales, sencillos y triples.
De frente, de lado y de espalda.

Entre aplausos, ¡hurras!, ¡vítores! y ¡vivas! cerraron su actuación con la ya famosa, "Canción Festiva"
Todos aplaudían y reían, reían y aplaudían a rabiar...
– ¿Mnnn...? ¿Todos?
– ¡Sí!: ¡Todos, menos la princesa!

Juanita brincó desde la mesa donde saludaba a la falda de la princesa.
De inmediato, al centro de su pecho y de ahí a su hombro.
Luego, se acercó a su oído y le dijo algo casi en secreto.

La princesa, primero, se sonrió –leve, como toda una princesa – para, poco a poco, reírse hasta culminar en el más sonoro estallido de carcajadas.

Todos los que escuchan o leen este cuento preguntan siempre si se sabe qué fue lo que le dijo Juanita a la princesa.
Por suerte, mi bis tatarabuelo –que estaba de paso ese día en el reino, y asistió a toda la presentación – lo guardó muy bien en su memoria.

Él se lo dijo a mi tatarabuelo. Mi tatarabuelo al mi bisabuelo.
Éste a mi abuelo. Y, por él lo sé yo.
Juanita dijo:
– Bli bli bli bli, burulú bli bli, blum blam bli bli. Bli bli buruli blibli blumblam blibli.

En la familia, todos, siempre hemos lamentado no haber aprendido nunca el pulgués, el pulgñol o el pulgán. O, cómo se llame al idioma de las pulgas.
Pero nos queda el consuelo de saber que la Princesa Seria, sí, lo hablaba.
¡Y de maravillas!

Versión para niños del cuento de Armando Quintero “La Princesa que no reía”, ya publicado en este blog. Ver el MIÉRCOLES 17 DE SEPTIEMBRE DE 2008.

Temas de Narración Oral: Fragmentos de textos para conversar y/o investigar



a) Tomado de Ernesto Sabato, La Resistencia:
“Mientras les escribo, me he detenido a palpar una rústica talla que me regalaron los tobas y me trajo, como un rayo a mi memoria, una exposición “virtual” que me mostraron ayer en una computadora, que debo reconocer que me pareció cosa de Mandinga. Porque a medida que nos relacionamos de manera abstracta más nos alejamos del corazón de las cosas y una indiferencia metafísica se adueña de nosotros mientras toman poder entidades sin sangre ni nombres propios. Trágicamente, el hombre está perdiendo el diálogo con los demás y el reconocimiento del mundo que lo rodea, siendo que es allí donde se dan el encuentro, la posibilidad de amor, los gestos supremos de la vida. Las palabras de la mesa, incluso las discusiones o los enojos, parecen ya reemplazadas por la visión hipnótica. La televisión nos tantaliza, quedamos como prendados de ella. Este efecto entre mágico y maléfico es obra, creo, del exceso de la luz que con su intensidad nos toma. No puedo menos que recordar ese mismo efecto que produce en los insectos, y aún en los grandes animales. Y entonces, no sólo nos cuesta abandonarla, sino que también perdemos la capacidad para mirar y ver lo cotidiano. Una calle con enormes tipas, unos ojos candorosos en la cara de una mujer vieja, las nubes de un atardecer. La floración del aromo en pleno invierno no llaman la atención a quienes no llegan ni a gozar de los jacarandáes en Buenos Aires. Muchas veces me he sorprendido cómo vemos mejor los paisajes en las películas que en la realidad.”

b) Tomado de Aquiles Nazoa, Vida privada de las muñecas de trapo:
“En la lustrosa rueda de hierro que los pies hacían girar imprimiéndole al ancho pedal un acompasado movimiento de mecedora, ponía también la tía a rodarla rueda mágica de un tiempo que se adormecía en el fondo de su memoria. Y eran entonces los cuentos de su lejana juventud o de su niñez que volvía, con su deslumbradora población de criaturas y sucesos fabulosos. Inclinada ante su máquina de coser como un anchuroso libro de evocaciones, parecía seguir en la cascada de tela que la aguja iba punteando, los renglones de una invisible lectura, cuyas ilustraciones visualizábamos nosotros en la policromía de los retazos que embellecían el suelo. Al calor de su iluminada fantasía y de su palabra cariciosa, surgían cuentos cuyos personajes eran aguzadas tijeras que en la alta noche se salían sigilosamente del costurero o de las gavetas, para irse volando como agresivas garzas, a picotear en el cielo el granero de las estrellas. Viajábamos en su carretel de hilo al mítico país donde imponía su reinado de terror el Minotauro, en una recompuesta historia donde la bondadosa Ariadna aparecía como la primera costurera que hubo en el mundo, y tenía en la puerta de su palacio en Creta un letrero que decía se corta y se cose. Y como amaba dulcemente las cosas de su oficio, para lo que volvía la tía sobre la hazaña de Teseo, era para mostrarnos cómo una simple hebra de hilo de coser puede servir para salvar a todo un pueblo. A prendíamos junto a ella a amar lo bello del mundo en la insignificancia de unos parches de tela pintada, y nos aleccionaba en la secreta significación de los retazos.”

c) Tomado de Antonio González Beltrán (Director de La Carátula, España),
Boletín de Cuentacuentos, octubre 2004:
“Eso que acaban ustedes de ver y escuchar cuando yo les contaba cuentos ahí fuera, en el patio de este hermoso lugar, es sencillamente un acto de cuentería, una de las múltiples manifestaciones de teatro de calle, o más sencillamente una de las múltiple manifestaciones de teatro.
En España, rota la tradición popular del narrador callejero de cuentos, historias o sucedidos - recuerden los últimos romanceros, los ciegos que recorrían nuestras plazas y calles con su salmodia, aquellos que relataban horrendos y sangrientos crímenes, aún vivos hasta los años cincuenta-, hemos perdido también la denominación del oficio. En mi caso, yo digo que soy un actor que cuenta historias o, mejor, un cuentero, aunque sé que en algunos países del área latinoamericana el término es peyorativo porque se le asimila con mentiroso. Otros utilizan denominaciones varias como "narrador oral", o "narrador oral escénico", lo que, más que un nombre, me parece una definición, muy ajustada al oficio, eso sí, o "cuentacuentos", el término más generalizado pero el que menos tiene que ver con nuestro idioma. Nadie se llama "hacevasos", ni "fabricazapatos", ni "construyemuebles", sino vidriero, zapatero o ebanista. El problema es que se trata de una mala traducción del inglés "story tellers", que se empezó a utilizar a principios del siglo pasado en los Países Escandinavos y los Estados Unidos de América (USA), cuando establecieron lo que se llamó "la hora del cuento" en aulas y bibliotecas. Lo curioso es que la moda les vino de Francia, donde al ejecutante de esa actividad se le llama "conteur". Hagamos, pues, la traducción correcta del francés y veremos que lo más cercano que tenemos en castellano es el término "cuentero", que, por otra parte, es como se dice en Colombia, uno de los países más fecundos y vivos en este oficio, cuya práctica es latente hoy en día en universidades, plazas, cafés, bares y teatros.
Por otra parte, los que se ejercitan en aulas y bibliotecas en sesiones promovidas para la animación a la lectura, los que originariamente fueron llamados cuentacuentos, suelen contar sentados, apenas si gesticulan y sus inflexiones de voz son mínimas. No así nosotros, los cuenteros que decimos que hacemos teatro, que hacemos una de las formas alternativas de teatro; como lo hace con su técnica el narrador de la "halka" marroquí, que le permite contar incorporando al mismo tiempo todos los personajes y utilizando todos los recursos que tiene el actor, y no sólo los gestuales y los verbales, sino también los recursos escénicos propiamente dichos: algún elemento escenográfico, algún accesorio, un vestuario determinado, la iluminación, incluso. Es más, sentimos la necesidad de distinguir y hacer notar la diferencia entre una actitud social de comunicación y una actitud artística, escénica. Por ejemplo: lo que acabo de hacer hoy, ahí fuera, no suelo hacerlo nunca, entre otras cosas porque me siento incómodo; yo suelo cambiarme de ropa para contar, y aunque no sea siempre un vestuario creado especialmente para ese cuento o ese espectáculo, me suelo vestir para la ocasión porque eso forma parte del rito del actor; por otro lado, el espacio de la actuación es para mí el espacio sagrado del teatro, el escenario, esté donde esté, aunque esté ahí pisando el césped que todos pisan, porque con mi acto de cuentería lo he transformado en escena, en lugar escénico.“

d) Tomado de Armando Quintero Laplume, Una vida en cuentos:
“Con los abuelos descubrí nuevos mundos de cuentos. Mi hermana y yo, que habíamos perdido a nuestros abuelos de sangre, “adoptamos” a una pareja de ancianos - Lucrecio y Felipa Veloz, hermanos y solterones – frente a cuya casa pasamos a vivir. Fueron los abuelos que conocimos, que reconocimos.
Ella cultivaba un jardín, el más grande de la ciudad, a donde concurría a comprar las damas y señoritas del pueblo para engalanar bautizos, cumpleaños y casamientos. También los caballeros, en menor escala, y avergonzados de ser vistos en esos menesteres, pero dispuestos a galantear con sus novias. Él, que había sido un barbero de prestigio y estaba retirado ya, jubilado, cuidaba la huerta que los alimentaba, y colaboraba en la atención del jardín.
Tenían una casa toda llena de historias sobre las constelaciones, la luna, los ríos, el viento... Con ellos aprendí a amar la música de los álamos, los sonidos del agua, el valor de los silencios... A leer a Homero, a Cervantes, a Goethe, a Shakespeare, a Tolstoi, a Quevedo…A amar “La Biblia” y a emocionarme con los “himnos de los dioses”, los “Cantares Mexicanos” y el “Popol Vuh”... Incluso, y casi lo olvidaba, a proteger a “los amigos de la huerta y el jardín”: los sapos y las lagartijas, que proliferaban por doquier.
Y, en la escuela, las lecturas del aula y el recreo. Cuentos, fragmentos de novelas y poesías de “El Tesoro de la Juventud”, “Corazón”, “Pinocho”, “Alicia” -la del País de las Maravillas y la de detrás del espejo – “Gulliver”, Julio Verne, Emilio Salgari, Sir Walter Scott, Antonio Machado, León Felipe, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Delmira Agustín, Rubén Darío, José Martí... La memorización, el recitado, el escenario escolar, y el aplauso.
Unido a lo anterior, a nuestra casa, y a sus alrededores, concurrían alumnos y pintores de la escuela del Museo Departamental, familiares cercanos - entre otros su director, Don Aramís Mancebo Rojas, que había estado casado en primeras nupcias con una prima de mi madre - y amigos que, para que no les molestáramos en su trabajo, nos entregaban cartones, telas, pinturas y pinceles. Nos daban otra mano para que abriéramos las puertas de los sueños. Y sus ventanas, también.”

e) Tomado de Ana Padovani, Contar cuentos. Desde la práctica hacia la teoría:
“Tal vez fue casual que, durante unas vacaciones en que disponía de tiempo ocioso, me ofreciera para leer cuentos en una librería. A los pocos días reparé en que lo hacía con tanto entusiasmo que “me escapaba del libro”, por lo cual decidí contarlos, recordando lo exitoso que aquello había resultado cuando fui maestra y profesora de música. Poco después incluí el laúd, instrumento que usaba desde la época de la Commedia dell´ Arte (a instancia de otra maestra caramente recordada, Mane Bernardo): saqué a la luz entonces el cancionero que utilicé cuando enseñaba iniciación musical, y allí se estructuró un espectáculo sin proponérmelo. Así comencé a contar en todos los lugares que podía y sobre todo en el Centro Cultural Recoleta, que por entonces estaba abriendo nuevos espacios. Quiso la suerte que al tiempo llegara a Buenos Aires Marco Baliani, un gran actor y narrador italiano, cuyas enseñanzas legitimaron lo que venía haciendo con un cierto sentimiento de clandestinidad, llena de dudas y temores. A partir de allí se fue generando un proceso casi incontenible. Todo lo que había atesorado en conexión con el arte cobraba sentido, todo ocupaba su lugar, las piezas encajaban, el juego quedaba finalmente armado. Desde entonces, el contar cuentos se constituyó en mi trabajo, en mi ubicación en la vida, en mi lugar en el mundo.”

f) Tomado de Rodolfo Castro, La intuición de leer, la intención de narrar:
“La narración oral es de plano despreciada en ámbitos donde debería ser tomada como núcleo en torno al cual giraran otros aprendizajes y disfrutes. Me refiero a los institutos y universidades dedicados a la formación pedagógica, en los cuales no existe una materia que estimule el desarrollo de esa habilidad. En los institutos y escuelas de formación pedagógica, este tema se estudia formalmente, reconociendo la importancia de contar cuentos y de hacerlo bien, pero se trabaja poco en los aspectos teóricos y casi nada en los prácticos. Por ello, contar cuentos no pasa de ser un recurso didáctico de difícil aplicación, y del cual es aún más difícil obtener resultados apreciables. Se acepta en la teoría pero se rechaza en los hechos que contar cuentos pone en juego un sinnúmero de habilidades relacionadas con el manejo de la voz, la expresividad gestual y corporal, la comprensión lectora, la escritura, la respiración, la dinámica grupal, la improvisación, el juego dramático creativo, la imaginación, la resolución de conflictos… siguen las firmas.”

Textos recopilados por Armando Quintero. Publicados en su libro ¿Quieres contar cuentos? http://www.analitica.com/media/3183637.pdf

Temas para mirar, leer y pensar: Maderas talladas y coplas de Tomás Cacheiro


Tomado del facebook "Fotos de Tomas Cacheiro Por Analia - Otras maderas...y seguimos buscando".
http://www.facebook.com/photo.php?pid=763430&id=1574015526

Talla el rio sus maderos
en su largo trajinar.
Para tallar hacia adentro
hay mucho que caminar...

Sobre los árboles... o, ¿sobre nosotros mismos?

No hacen brasas el ombú,
ni el ceibo, ni el canelón.
No enciendas fuegos con ellos
no sirven para el fogón.

Son muy blandas sus maderas
no las corta el leñador,
no las quema el carbonero
ni las labra el constructor
....
...........................

En la sombra del ombú
cuando achicharra el solazo,
muchas veces encontré
alivio para mi paso.

Han encendido el ceibal
flores de rojo color,
y en el aire perfumado
se detiene el picaflor.

Se levanta el canelón
en busca del horizonte.
Es el que crece más alto
de los árboles del monte.
...........................
Nunca le pidas a otros
que sean lo que no son.
Cada cual es como es;
aprecia su condición.

En este enlace, http://blogs.avui.cat/jaumepubill/2010/03/30/el-mn-encantat-de-cacheiro/ hay unas interesantes y emotivas palabras sobre el blog de Analía, la nieta de Tomás Cacheiro, escritas por el catalán Jaume Pubill. Para verlas, haga c