Clarissa, la vaca azul

Clarissa, la vaca azul
paseando por el campo

jueves, 4 de junio de 2009

Cuentos para narrar: Sebastián Inventacuentos



Los Narracuentos UCAB Tiago De Jesús García y Freddy Gamboa narran oralmente el cuento "Sebastían Inventacuentos" en la Plaza del Estudiante de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas, en el marco del "VI Encuentro con la Palabra que se Dice". Abril del 2008.
Fuente: Youtube

Sebastián Inventacuentos


Esta es la historia de un chico llamado Sebastián.
Sebastián era un niño como tú.
¿O, como tú?
¿O, como yo?
Mejor, para evitar que no podamos ponernos de acuerdo, encuéntrale tú su parecido.
Sebastián se llamaba Sebastián, a secas.
Eso sí, como tú o como yo, tenía sus deseos.
Sebastián estaba deseoso de cuentos.
Todo comenzó una mañana en el colegio.
Al terminar el recreo, regresó al salón de clases y dijo:
- Maestra, quiero un cuento.
Y la maestra - con cara de asombro, al principio y de felicidad, después – les alcanzó, a él y a sus compañeros de aula, varios libros.
Los libros eran bonitos, bien ilustrados, con buenos cuentos.
Pero Sebastián - esta vez - quería escucharlos, no leerlos.
Al salir del colegio, entró rápido a su casa y se metió en la habitación del abuelo.
- Abuelo, cuéntame un cuento.
El abuelo ni siquiera lo escuchó.
Estaba profundamente dormido en su mecedora. Frente al televisor
encendido, con el periódico abierto sobre sus rodillas.
Sebastián tomó el periódico con cuidado. Lo dobló y lo puso sobre la mesa de noche.
Apagó el televisor, luego la luz y se retiró en silencio.
- ¡Mamá! – llegó a decir Sebastián cuando entraba a la cocina.
Su madre estaba rodeada de trastos sucios, un pañuelo en la cabeza, un delantal en la cintura, el fregón en la mano y dispuesta a limpiar todo para colocar, en la mesa, el almuerzo recién hecho.
- ¿Qué? – preguntó la mamá, con cara de estar en lo que estaba.
- No, nada. Creo que se me olvidó. Después te digo – respondió, rápido, Sebastián.
Al regresar a la sala, se encontró con su padre que venía de su trabajo.
No llegó a decir nada.
Fue el papá el que habló, mirando su cara deseosa de cuentos.
- No tengo tiempo. Déjame descansar un momento, antes de almorzar y regresarme a la oficina. Estamos cerrando el año fiscal. Son días de locos.
Sebastián no entendía mucho que era eso de “año fiscal” pero, ni preguntó.
Sólo sabía que en este momento, al menos, no lograría nada.
¿Qué iba a hacer?
Lo que harías tú, o tú, o cualquiera de nosotros.
Sebastián se inventó los cuentos que deseaba.
Con la toalla grande, tomada del baño, se hizo un turbante y jugó a ser Aladino paseando por las amplias habitaciones del palacio construido por el genio, hasta llegar al salón de las veinticuatro ventanas.
Con el mantel, que quitó de la mesa del comedor, se colocó la capa que lo convirtió en Drácula – por un ratito – y en Superman, después.
También, extendió la toalla en medio de la sala, para volar en una alfombra mágica como Simbad el marino. O, en una nave espacial de La Guerra de las Galaxias (episodio II) recién estrenada en el cine.
De inmediato, tomó la escoba para montarse en el caballo Rocinante, como un Don Quijote en busca de aventuras. O en Babieca, como un Cid Campeador enfrentando moros. O, simplemente, en una pequeña nave espacial , para intentar descubrir al pequeño asteroide B-612, donde habita El Principito de Antoine de Saint- Exupéry.
Convirtió al mango del lampazo en una espada y fue Sandokán, el famoso Tigre de la Malasia. Luego, D´Artagnan, el reconocido mosquetero de su Majestad y hasta el Conde de Montecristo, a quien el abuelo acababa de leérselo.
La sala con su sofá y sus sillas fueron un camino entre escarpadas montañas. O, una misteriosa Ciudad Gótica por donde él – ahora Bruno Díaz - podía ser Batman. O, una muy intrincada selva llena de elefantes, serpientes y gorilas.
Y, los cables de la lámpara principal, se volvieron las lianas por donde viaja Tarzán al rescate de Jane, a punto de ser devorada por feroces cocodrilos.
Ahí fue cuando cayó al piso de la sala, con gran estrépito. Con los cables y los restos de su último cuento aún entre las manos.
- ¡Ay! ¡Ay! – dijo la mamá, con grititos angustiados.
Como toda madre en estos casos.
- ¿Qué has hecho? – preguntó el papá, con cara de pocos amigos.
Como todo padre en iguales situaciones.
- Lo que ven – respondió avergonzado Sebastián.
Y explicó lo sucedido.
- Él ha volado imaginando – comentó el abuelo, ahora bien despierto.
Y, desde esa mañana, Sebastián ya no es Sebastián a secas.
Desde aquella mañana, se le llama Sebastián Inventacuentos.

Cuento de Armando Quintero Laplume