Clarissa, la vaca azul

Clarissa, la vaca azul
paseando por el campo

lunes, 29 de junio de 2009

Temas de Narración Oral: Algunas definiciones para el oficio

No se puede pretender que los términos de un oficio que, sea por las razones que sea, es tan reciente en sus fundamentos teóricos puedan delimitarse cabalmente. Y, sobre todo, cuando aún no está suficientemente precisado para todos los destacados investigadores y estudiosos que lo han abordado hasta ahora (antropólogos, etnólogos, historiadores, sociólogos, comunicadores y educadores) y los muy pocos narradores orales que han asumido a conciencia el estudio del mismo. Aquí sólo abordaremos, de un modo muy sintético, algunas de las varias denominaciones que se utilizan para designarlo profesionalmente y para definir el ejercicio de sus muchos hacedores. Su profundización y ajuste se hace cada vez más necesario.

Contada: Bajo esta denominación designamos a las presentaciones realizadas en espacios abiertos, convencionales o no convencionales. Es una manera de diferenciarla de las presentaciones realizadas en salas de teatro donde se hacen uso de los recursos técnicos de luz y sonido. Pueden ser individuales o colectivas, según sean llevadas a cabo por un solo narrador oral o por varios de ellos, trabajando éstos en colectivo o no.
Contador de historias: Es el conocido cronista de nuestros pueblos que testimonia la historia oral de su comunidad, y está más vinculado a la narración como arte comunicativo que a la historia pura de la misma.
Cuentacuentos: El término tiene amplia difusión en Venezuela desde la época del “boom de la narración oral” en la década de los ochenta en este país, y está extendido en muchas partes de América Latina y España. La narración oral de cuentos en el aula; los cuentos y vivencias narrados por abuelos y familiares; las historias, leyendas, mitos y cuentos leídos y, a veces, narrados oralmente por bibliotecarios y promotores de lecturas caben en esta denominación. Serían muy pertinentes revisar las observaciones tomadas de Antonio Gonzáles Beltrán sobre este término unas páginas antes y, entre otras, esta puntualización de Francisco Garzón Céspedes:
“El término de cuentacuentos, usado por extensión por algunos narradores orales escénicos – y sin delimitarlos – que creen referirse a los cuenteros, está mucho más referido a la práctica de contar, dirigiéndose a los niños, de los narradores orales de la corriente escandinava.” (de “El arte de contar cuentos”, página 21)
Cuentería: Los narradores orales colombianos designan bajo esta denominación a la narración oral como término genérico y abarcan con ella a todo tipo de manifestación oral: los cuenteros comunitarios aborígenes, campesinos y pueblerinos, los cuenteros familiares, los cuentacuentos y los narradores orales escénicos. Prácticas todas existentes y valoradas en Colombia, “uno de los países más fecundos y vivos en este oficio, cuya práctica es latente hoy en día en universidades, plazas, cafés, bares y teatros”, como nos ha señalado Antonio González Beltrán.
Cuentero: Término muy extendido en Colombia para designar a todo narrador oral y, donde la constante práctica del oficio y la permanente denominación del mismo por sus oficiantes, que se califican como tales, no reviste los contenidos peyorativos que conlleva en otros países de América.

Espectáculo Unipersonal: Designamos de esta manera a todas aquellas presentaciones individuales más elaboradas desde el punto de vista escénico, realizadas en espacios convencionales o no convencionales, donde se hacen uso de los recursos técnicos de luz y sonido. Sería lo más parecido a lo que se denomina monólogo en el teatro convencional.
Espectáculo colectivo: Con esta denominación designamos a las presentaciones colectivas - según sean llevadas a cabo por un solo narrador oral o por varios de ellos, trabajando en colectivo o no – y estén realizadas en aquellos espacios, convencionales o no convencionales donde se usen de los recursos técnicos de luz y sonido.

Fabulador: Es el correspondiente a cuentero en algunas culturas. En otras, como en lugares de Nuestra América, reviste un contenido peyorativo.

Griot: En las comunidades africanas el oficio de “cuentero” exige una preparación y se equipara al del jefe de la tribu. Uno procura su alimento y defensa material, el otro la conservación espiritual e histórica de la misma.


Narración Oral: Es la denominación genérica con la cual se pretende abarcar a todas y cada una de las manifestaciones artística de la oralidad; desde los cuenteros comunitarios de todos los tiempos y lugares, a los cuentacuentos e, incluso, los narradores orales escénicos.
Narración Oral Escénica: La denominación fue creada y acuñada por el cubano Francisco Garzón Céspedes “un investigador formado, licenciado en periodismo, director y/o jefe de redacción de revistas especializadas y de departamentos internacionales de prensa y propaganda”, actor y director teatral que “asume el cuento oral, en 1975, en La Peña de Los Juglares” y crea, con fundamentos teóricos y prácticos bien sustentados, el Movimiento Iberoamericano de Narración Oral Escénica. Tomamos un fragmento de su libro “El Arte Escénico de Contar Cuentos. La Narración Oral Escénica” que, a nuestro parecer, sintetizan sus consideraciones sobre el tema:
“El término de narración oral es un genérico que incluye a los cuenteros, a los narradores orales de la corriente escandinava y a los narradores orales escénicos. De allí otra de las necesidades de especificar en lo que a nuestro movimiento toca: narración oral escénica; como definición, como diferenciación, como propósito, y, sobre todo, como exigencia.
Narración oral escénica, un arte nuevo nacido de un antiguo arte.
La renovación del arte de contar: La oralidad como una sola en permanente movimiento creador.
Narración oral escénica, un arte complejo y en evolución, cuya definición no puede ser resuelta de una vez por todas.
Hablo de escena y comunicación. Hablo de oralidad.” (pág. 29)
Narracuentos: Una situación circunstancial nos hizo inventar esta designación que hemos aplicado para nombrar a una de las agrupaciones que creamos posteriormente (Narracuentos UCAB). A comienzos del año de 1992, en acuerdo con la Subgerencia de Educación del Teatro Teresa Carreño, realizamos una serie de presentaciones para adultos en su Museo. La noche anterior, en una entrevista de televisión, el humorista “Cayito” Aponte declaró que él era, también, “un cuentacuentos”. Ante la muy posible solicitud de parte de un sector del público asistente a nuestra presentación – y que aún no conociera nuestras propuestas para todo público que ya se venían realizando en la Plaza Vicente Emilio Sojo de dicha Institución – que, por lo tanto, quisiera un chiste de nuestra parte, surgió la nueva palabra.
Oralidad: El término que, comenzó a valorarse entre investigadores y narradores orales a partir del Walter Ong tiene una larga y accidentada historia, como lo expone Eric Havelok en “La ecuación oral-escrito: una fórmula para la mentalidad moderna”, el texto recopilado por David R. Olson y Nancy Torrence en “Cultura escrita y oralidad” (ver nuestra bibliografía)

Palabrero: La escritora argentina Laura Devetach, en su libro “Oficio de palabrera”, recupera este término con el cual reconocíamos a los cuenteros campesinos y pueblerinos de nuestra infancia. Para diferenciarlos y enaltecerlos frente al de “cuentistas” que, cuando no se refería al escritor de cuentos, sino al narrador oral de los mismos, resultaba peyorativo o, al menos, descalificaba su oficio. Nos consta su uso en el norte argentino y en Uruguay - al menos en los departamentos de Rivera y Treinta y Tres - para la década de los cincuenta.
Presentación: Designación genérica de toda acción en el espacio realizada por los narradores que presentan su cuento, no lo representan (ver, para profundizar sobre ello, todas las diferencias que señala Garzón Céspedes, en su libro, entre teatro convencional y narración oral)
Público: Bajo esta denominación - y para marcar la diferencia que establece el oficio de narrar en la relación de coparticipación entre quienes asisten a la presentación y el narrador, por ejercer éste una acción de comunicación directa – reconocemos, así, que no son espectadores.

Unipersonal: Designamos de esta manera a toda presentación individual realizadas en espacios convencionales o no convencionales, donde se hagan, o no, uso de los recursos técnicos de luz y sonido. Es lo que se denomina monólogo en el teatro convencional y que, por las diferencias sustanciales entre ambos oficios de la escena, técnicamente, hemos de establecer.

Este texto fue tomado del documento ¿Quieres contar cuentos? de mi autoría. Buscar en la Web:

http://weblog.mendoza.edu.ar/teoria/archives/textos_contar_cuentos.doc

O, en Analítica: http://www.analitica.com/media/3183637.pdf

Si quiere más información, vea las páginas y videos que siguen.
Sólo toque sobre cada URLS.

http://www.lajiribilla.cu/2007/n308_04/308_07.html

http://literatierra.com.ar/index.php?option=com_content&task=view&id=27&Itemid=160

http://www.nortecastilla.es/20090529/gps/sabe-contar-20090529.html

http://ciinoe.blogspot.com/2008/08/definicin-de-narracin-oral-escnica.html

http://letras-uruguay.espaciolatino.com/aaa/ciinoe/oralidad_oralidad_escenica.htm

http://en.wikipedia.org/wiki/Griot

http://www.documentalistas.org/colaboradores/firmas/p5/vilma_castro5.php

http://www.youtube.com/watch?v=Q-YCtuxwq9A

http://www.youtube.com/watch?v=eYpTdDghEhg&feature=related

http://www.youtube.com/watch?v=ZkbhjEO2nfQ

jueves, 25 de junio de 2009

Cuentos para narrar: La niña y el poeta



Cuento completo integrado en una sesión infantil donde se escenifica la historia de un Pirata que le roba todos los cuentos a una Princesa que disfruta de ellos.
Narrado por Manu Albunquerque.
Fuente: Youtube

La niña y el poeta.

Yo conocí una niña que tenía los ojos color del tiempo.
Vivía en una ciudad donde todas sus casas y sus edificios eran iguales.
Todas las casas tenían los techos rojos, las puertas y las ventanas pintadas de verde, las paredes blancas. Los edificios tenían sus muros grises, con sus ventanas y puertas grises y siempre cerradas, casi como para que nadie pueda saludar ni hablar a nadie. Como para que nadie supiera del otro.
Las mesas, las sillas, los platos, los diversos objetos, eran muy parecidos unos a otros. Los animales tan similares que, a la hora de querer saludar, acariciar o sólo jugar con el gato o el perro que era mi mascota, me pasaba mucho tiempo para diferenciarlo de los otros perros o de los otros gatos.
Las personas se parecían como en las monedas se parecen las cabezas de los héroes, o esos números rodeados de laureles que también encontramos allí.
Era una ciudad donde no pasaba nada. Todo se repetía, se repetía, se repetía. Se le conocía por ello y así se le llamaba: La Ciudad Donde No Pasaba Nada.
Cierta vez, la niña quiso asomarse al mundo. Quiso ver si fuera de su ciudad podía encontrar – aunque más no fuera – una flor que tuviera pétalos con formas, colores, y aromas diferentes. Y se fue de allí. Caminó. Caminó mucho tiempo, hasta que llegó a la casa de un señor que, casualmente, era un poeta.
El poeta estaba durmiendo pero, como buen poeta y distraído que era, ni siquiera le había puesto trancas a las puertas.
La niña empujó la puerta y entró a la casa del poeta.
Observó que la sala, como casa de poeta, estaba desordenada. Sobre la mesa de trabajo descubrió unos cuantos libros. Otros en las sillas, en el suelo, entre los más diversos objetos. Algunos pocos, dispersos en los estantes de la biblioteca.
Descubrió, además, que cada libro era diferente. Cada uno tenía portadas, ilustraciones, papeles con texturas distintas. Las letras, incluso, tenían tamaños, formas, colores diversos.
Los fue tomando amorosamente entre sus manos, uno a uno. Y los fue mirando, hojeando, leyendo... hasta que se quedó dormida.
A la mañana siguiente, cuando el poeta se despertó, encontró a la niña durmiendo en su escritorio, arropada en libros.
Le dio tanta vergüenza el desorden de aquella habitación que quiso arreglarla, sin hacer ruido, para que la niña no se despertara.
Y comenzó a colocar cada libro en las estanterías. Uno, dos, tres... En el mayor silencio. Cuidando hasta el sonido de su propia respiración.
Pero, de pronto, vio que la niña lo miraba con sus ojos color del tiempo.
No le hablaba. Se estaba poniendo débil, suave, delgada, blanca, como una hoja de papel. La niña era, ahora, una hoja de papel.
El poeta quiso escribir otro de sus cuentos sobre ella. Escribió, escribió, escribió, hasta que sintió que la niña se iba convirtiendo otra vez en una niña.
Con una sonrisa bien abierta en su rostro y una alegría muy grande en su corazón, la niña se despidió del poeta. Lo hizo con un beso y un abrazo que sonaba como el suave susurro de un roce de papeles. Con la sonoridad de un libro cuando se le hojea.
Y se regresó a La Ciudad Donde No Pasaba Nada para contarles a todos lo que le había sucedido en la casa del poeta.
A llegar, justo a la entrada de la ciudad, notó que en su brazo se comenzaba a leer, con la misma letra del poeta “Yo conocí una niña que tenía los ojos color del tiempo...”
Ella quiso leer todo lo que el poeta había escrito sobre ella.
Y leyó, leyó, leyó hasta convertirse en este cuento que acabo de narrarles ahora.

Cuento de Armando Quintero Laplume


He aquí las dos canciones que motivaron este cuento.
Gracias a www.youotube.com.: Pueblo blanco de Joan Manuel Serrat y Pueblos tristes de Otilio Galíndez

http://www.youtube.com/watch?v=bYJEj98r4v0

http://www.youtube.com/watch?v=UPGcxmPD10Y

jueves, 4 de junio de 2009

Cuentos para narrar: Sebastián Inventacuentos



Los Narracuentos UCAB Tiago De Jesús García y Freddy Gamboa narran oralmente el cuento "Sebastían Inventacuentos" en la Plaza del Estudiante de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas, en el marco del "VI Encuentro con la Palabra que se Dice". Abril del 2008.
Fuente: Youtube

Sebastián Inventacuentos


Esta es la historia de un chico llamado Sebastián.
Sebastián era un niño como tú.
¿O, como tú?
¿O, como yo?
Mejor, para evitar que no podamos ponernos de acuerdo, encuéntrale tú su parecido.
Sebastián se llamaba Sebastián, a secas.
Eso sí, como tú o como yo, tenía sus deseos.
Sebastián estaba deseoso de cuentos.
Todo comenzó una mañana en el colegio.
Al terminar el recreo, regresó al salón de clases y dijo:
- Maestra, quiero un cuento.
Y la maestra - con cara de asombro, al principio y de felicidad, después – les alcanzó, a él y a sus compañeros de aula, varios libros.
Los libros eran bonitos, bien ilustrados, con buenos cuentos.
Pero Sebastián - esta vez - quería escucharlos, no leerlos.
Al salir del colegio, entró rápido a su casa y se metió en la habitación del abuelo.
- Abuelo, cuéntame un cuento.
El abuelo ni siquiera lo escuchó.
Estaba profundamente dormido en su mecedora. Frente al televisor
encendido, con el periódico abierto sobre sus rodillas.
Sebastián tomó el periódico con cuidado. Lo dobló y lo puso sobre la mesa de noche.
Apagó el televisor, luego la luz y se retiró en silencio.
- ¡Mamá! – llegó a decir Sebastián cuando entraba a la cocina.
Su madre estaba rodeada de trastos sucios, un pañuelo en la cabeza, un delantal en la cintura, el fregón en la mano y dispuesta a limpiar todo para colocar, en la mesa, el almuerzo recién hecho.
- ¿Qué? – preguntó la mamá, con cara de estar en lo que estaba.
- No, nada. Creo que se me olvidó. Después te digo – respondió, rápido, Sebastián.
Al regresar a la sala, se encontró con su padre que venía de su trabajo.
No llegó a decir nada.
Fue el papá el que habló, mirando su cara deseosa de cuentos.
- No tengo tiempo. Déjame descansar un momento, antes de almorzar y regresarme a la oficina. Estamos cerrando el año fiscal. Son días de locos.
Sebastián no entendía mucho que era eso de “año fiscal” pero, ni preguntó.
Sólo sabía que en este momento, al menos, no lograría nada.
¿Qué iba a hacer?
Lo que harías tú, o tú, o cualquiera de nosotros.
Sebastián se inventó los cuentos que deseaba.
Con la toalla grande, tomada del baño, se hizo un turbante y jugó a ser Aladino paseando por las amplias habitaciones del palacio construido por el genio, hasta llegar al salón de las veinticuatro ventanas.
Con el mantel, que quitó de la mesa del comedor, se colocó la capa que lo convirtió en Drácula – por un ratito – y en Superman, después.
También, extendió la toalla en medio de la sala, para volar en una alfombra mágica como Simbad el marino. O, en una nave espacial de La Guerra de las Galaxias (episodio II) recién estrenada en el cine.
De inmediato, tomó la escoba para montarse en el caballo Rocinante, como un Don Quijote en busca de aventuras. O en Babieca, como un Cid Campeador enfrentando moros. O, simplemente, en una pequeña nave espacial , para intentar descubrir al pequeño asteroide B-612, donde habita El Principito de Antoine de Saint- Exupéry.
Convirtió al mango del lampazo en una espada y fue Sandokán, el famoso Tigre de la Malasia. Luego, D´Artagnan, el reconocido mosquetero de su Majestad y hasta el Conde de Montecristo, a quien el abuelo acababa de leérselo.
La sala con su sofá y sus sillas fueron un camino entre escarpadas montañas. O, una misteriosa Ciudad Gótica por donde él – ahora Bruno Díaz - podía ser Batman. O, una muy intrincada selva llena de elefantes, serpientes y gorilas.
Y, los cables de la lámpara principal, se volvieron las lianas por donde viaja Tarzán al rescate de Jane, a punto de ser devorada por feroces cocodrilos.
Ahí fue cuando cayó al piso de la sala, con gran estrépito. Con los cables y los restos de su último cuento aún entre las manos.
- ¡Ay! ¡Ay! – dijo la mamá, con grititos angustiados.
Como toda madre en estos casos.
- ¿Qué has hecho? – preguntó el papá, con cara de pocos amigos.
Como todo padre en iguales situaciones.
- Lo que ven – respondió avergonzado Sebastián.
Y explicó lo sucedido.
- Él ha volado imaginando – comentó el abuelo, ahora bien despierto.
Y, desde esa mañana, Sebastián ya no es Sebastián a secas.
Desde aquella mañana, se le llama Sebastián Inventacuentos.

Cuento de Armando Quintero Laplume

Narracuentos UCAB

Material informativo, página web, fotos y videos de la agrupación de narradores orales que realiza sus actividades permanentes en la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas, Venezuela.

Si desea información sobre la agrupación, las actividades que realizamos y cómo ingresar a ella, entre en esta dirección:
http://www.ucab.edu.ve/narracuentos.html

Si desea ver videos, fotos y otros detalles sobre la agrupación, entre aquí: http://cid-a45d05d7353259c8.spaces.live.com/

jueves, 12 de febrero de 2009

Cuentos para narrar: El rey que quería un cuento sin final

Aniceto XIII era un rey grande y gordo que tenía un traje enorme de rey, una corona grande de rey, una capa inmensa de rey y un aburrimiento más grande que todo eso.Aniceto XIII estaba tan aburrido en su palacio, que llamó a su consejero y le ordenó que le quitara su aburrimiento.El consejero no sabía como hacerlo - eso sí, sabía que "una orden es orden y había que cumplirla", más si trataba de una orden dada por Aniceto XIII - pero pensaba. Se metía las manos en los bolsillos y pensaba. Caminaba de un lado hacia otro del salón real, pensando. Se revolvía los cabellos. Se sacudía las barbas. Se restregaba las manos. Y pensaba. Sólo pensaba.-¿Y si me cuentan un cuento sin final? - preguntó Aniceto XIII.-¡Maravilloso! - le respondió el consejero - ¡Una real idea, como corresponde a su merced!Pero, cuando lo volvió a pensar bien, se dijo -: "¿Cómo haremos para qué alguien le cuente un cuento así? ¡No tengo ninguna idea!". Ahí mismo, recomenzó con todas sus preocupaciones, sus vueltas y revueltas, sus pasos y pasos, sus sacudidas y sacudidas.De pronto, Aniceto XIII comentó:-Ya lo tengo. Ordena que los pregoneros recorran todas las calles de nuestra ciudad. Las calles de los pueblos y aldeas vecinas. Y las ciudades distantes. Y, aún, las más distantes del reino. Que se coloquen carteles y anuncios por todos los lugares posibles, para que todos se enteren que, "Yo el Rey Aniceto XIII, por los poderes que me confiere mi majestad, decreto que todos mis súbditos asistan a palacio para contarme un cuento sin final"Y, así se hizo. Se pregonó y puso carteles por todos los lugares del reino.El día establecido, y a la hora señalada, había una enorme cola de personas que venían a narrarle su cuento al rey.Al comienzo de esa cola, no sabemos cómo, de dónde y cuándo llegó un viejecito en cuya cara se reflejaban las huellas de muchos tiempos.Con una voz pausada, el viejecito comenzó a decirle a Aniceto XIII:-Había una vez...Y, ¿cuánto te imaginas que duró el cuento del viejecito? ¿Cuánto? ¿100 años? Sería maravillo, pero fue menos. ¿50? ¿Aún, no será como mucho? Menos. ¿20? Menos. ¿10? Mucho, mucho menos.¿Una hora? ¿Media?... ¿15 minutos? ¿Cinco? ¡Cinco minutos! Pues sí, a los cinco minutos el viejecito dijo:-... Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.El rey casi acaba con el viejecito.¿Cómo podía ser que un cuento sin final durara, escasamente, cinco minutos.Enojado y como él - ¡Nada menos que Aniceto XIII! - se creía con todo su derecho sobre la voluntad de los otros, llamó a sus guardias para ordenarles que encerraran al viejecito en un calabozo. Detrás del viejecito, vino una dama muy elegante, que comenzó diciendo:-Había una vez...Y, ¿cuánto duró el cuento de la dama elegante? ¿Medio día? ¿Dos horas? ¿Veinte minutos? ¿Un minuto? No, tampoco, ¡tan poco! Además, ya sabía lo que le pasó al viejecito. ¿Quince minutos? Pues, sí: quince minutos, y la dama dijo:-Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.El rey se enojó mucho más. No sólo hizo encerrar a la dama muy elegante en el calabozo - era, y esto no es cuento, frío y oscuro - sino que le ordenó a los guardias que la amarraran a una silla.Después de la dama vino otro señor, de largos y espesos bigotes. Otra dama, un joven, una joven , una princesa como tú, un trovador, un caminante, un bufón... ¿Juanita, la pulga?, no, ella es de otro cuento... y otros... Y, todos, ¡al calabozo!... Hasta que, volando, apareció un pájaro.Aquello de que un pájaro le contara un cuento, al rey, como que no le gustó mucho, más bien diríamos, nada. Pero, cuando recordó que los pájaros dan la vuelta al mundo, que ven tantas cosas y saben de otras tantas, dejó que lo hiciera. El pájaro comenzó:-Había una vez...Y, ¿cuánto duró el cuento del pájaro? ¿Media hora? ¿Tres horas? ¿Quince minutos?... A los treinta y tres minutos exactos, ni un minuto más, ni un minuto menos, el pájaro dijo:-Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.El pájaro voló. El rey intentó atraparlo, para encerrarlo en una jaula de hierro y enviarlo al calabozo. Como Aniceto XIII era un rey muy poderoso, tanto como para creerse hasta con el derecho sobre la vida de los otros, tomó un arcabuz, apuntó y disparó... En el lugar donde cayó el pájaro herido, de pronto, apareció - no sabemos cómo, ni de dónde - un cuentacuentos que le aseguró al rey que él, sí, se sabía un cuento sin final.Aniceto XIII lo miró. Lo volvió a mirar. Lo observó de arriba abajo. Lo miró a su rostro - aunque no se atrevió a mirarlo a los ojos - y, ya estaba a punto de llamar a los guardias para que lo sacaran de allí, o lo encerraran con los otros. Sereno, el cuentacuentos le aseguró que así era, que él, sí, se sabía un cuento como el deseado por su majestad el rey. Fue tan clara y firme su voz que Aniceto XIII dejó que comenzara a narrarlo.Y el cuentacuentos inició su historia señalando que él había conocido a un rey, más o menos parecido a su majestad, grande, poderoso, vestido casi con esas ropas, con un aburrimiento similar, de cuyo nombre ya ni se acordaba. Que ese rey, además, tenía un granero y, en ese granero, guardaba cinco sacos grandes de granos de arroz, cinco sacos más grandes de granos de maíz y cinco sacos, muchos más grandes, de granos de trigo. El granero tenía, también, en una de sus paredes, un pequeño agujero. Por ese pequeño agujero, camina que te camina, entró una hormiguita que, tomó un grano de arroz y, camina que te camina, se lo llevó. Detrás de esa hormiga, entró una segunda hormiguita, que tomó otro grano de arroz y, se lo llevó. Después, vino una tercera que, camina que te camina, tomó otro grano de arroz y, se lo llevó. De inmediato, llegó otra hormiguita, como era muy acelerada, tomó otro granito de trigo y, corre que te corre, se fue. Detrás, entró una, que era co - ji - ta - y - to - mó - o - tro - gra - no - de -tri - go - y - se - fue. Después de ella, vino una hormiguita que era muy fuerte - campeona interhormigueros de pesas - y tomó veinticinco granos en una de sus patita, veinticinco más, en otra, y cincuenta más para otras dos patitas y, con esos cien granos, se fue. Llegó, de inmediato, una hormiguita que era muy, pero muy, perezosa, tanto lo era, que tomó un granito y lo partió al medio. Tomó esa mitad y la partió, también. Tomó esa cuarta parte e, igual, la partió. Y, al fin, con esa octava parte, camina que te camina, se fue. Detrás de ella, llegó otra hormiga que, después de recorrer y recorrer, de subir, bajar, avanzar y retroceder por todos los espacios del granero - porque era casi ciega - cogió un grano de trigo y tuvo que dejarlo, uno de maíz, e igual, hasta que, ¡al fin!, dio con uno de arroz, y pudo irse. Inmediatamente, entró en escena una hormiguita que era actriz: tomó un grano de trigo y uno de arroz y, dramáticamente, dijo: "¿Ser o no ser?, he aquí el problema: ¿Arroz o trigo?". Tomó el grano de arroz, dejó el de trigo, y se fue. Apenas salió, entró otra hormiguita, que era tan distraída, que traía cinco granitos de arroz desde el hormiguero - eran de aquellos granitos que se había llevado la hormiguita fuerte - para dejarlos junto a los sacos de arroz, y no llevarse ninguno. A continuación, apareció una hormiguita corrupta, que se escondió, sin que la vieran, dos granitos de arroz, cuatro de trigo y seis de maíz, cuando le pareció que alguien la miraba, se llevó un grano de arroz a la vista, y se fue. Luego, apareció una hormiguita con una calculadora, una cinta métrica y una pequeña balanza - era profesora de matemáticas - midió varios granos, los pesó, hizo cálculos, y se llevó el más pequeño. Después, apareció una hormiguita cascarrabias, que pateaba granos, lanzaba algunos o pisoteaba otros, hasta que, rezongando, cogió uno muy grande, quizás el más grande y, muy molesta, se lo llevó. De inmediato, vino una que era muda... (y, el cuentacuentos, con gestos y movimientos, sin pronunciar palabras, iba diciendo aquello que hacía la hormiguita)... En seguida, llegó una hormiguita bailarina, que...-¡No! ¡Basta! - dijo Aniceto XIII - No quiero más cuentos de hormiguitas, de granitos de arroz, de granitos de trigo, de granitos de maíz... ¡No, no quiero más cuentos! Y, esto fue casi el final del cuento de un rey que quería un cuento sin final.

Cuento de Armando Quintero Laplume.
Pertenece al libro "Laura Aquilina y el Ogro Miniatura"
Ver en la Web:
http://letras-uruguay.espaciolatino.com/quintero/index.htm

domingo, 14 de septiembre de 2008

Artículos y notas sobre Narración Oral

Desde el corazón al oído



Propuesta de una columna para educadores y narradores (primera entrega)





La foto que ilustra nuestro blog (ver inicio):


El narrador oral uruguayo-venezolano Armando Quintero Laplume
En una de sus presentaciones en el Aula Magna de la UCAB, Caracas, octubre del 2006
Foto de Efraín Esparza – El Ucabista


Un cuento para el inicio de este artículo:



“Puño al aire
Sería maravilloso si uno cerrara su puño en el aire. Esperara. Y al abrirlo lentamente descubriera sobre la palma de su mano un pequeño unicornio azul con alas. Y que además lo mirara a uno sonriendo, como invitándolo a dar un paseíto.
Sería maravilloso. Pero...raro. Muy raro.”


Del libro “Los Cuentos de las Vaca Azul” (Editorial Vaca Azul - CONAC, Venezuela, 2000)


La foto y el cuento que inician este artículo tienen una explicación: ilustran dos anécdotas muy importantes entre las tantas que hemos vivido como narrador oral y educador.


El compartirla con ustedes es importante pero el reflexionar sobre ellas es parte de las puertas y ventanas que queremos abrir para la reflexión sobre el maravilloso arte de la palabra viva y la educación que, consideramos, tendría que ser tan afectiva, como eficiente.


He aquí la primera anécdota: Hace unos tres años, en un Festival Internacional que se realiza anualmente en Mérida, narramos para los niños de un preescolar con los muchachos de Narracuentos Ucab. Normalmente, no pasamos de media hora al narrar para niños pequeños pero se notaban tan interesados que seguimos haciéndolo. De pronto, por un impulso, que sentí devenía de la comunicación que habíamos logrado, narro el pequeño cuento citado arriba, "Puño al aire", que nunca lo había escenificado con niños de esas edades. Hay todo un juego corporal que se inicia con el puño elevado en el aire que comienza cerrándose para atrapar al unicornio en el aire y culmina con las palabras del cuento, pero prosigue gestualmente con el brazo casi extendido, la mano abierta, la mirada detenida en la palma hacia arriba, tal como se ve en la foto. Allí visualizo un unicornio (¿imaginario?) que abre sus alas y arranca a volar. Mi mirada sigue este vuelo hasta que lo hago regresar nuevamente a la palma de mi mano. Cuando se posa allí veo una niña tan atenta que se lo alcanzo y ella comienza por pasárselo al compañerito que está su lado, éste al que le sigue y con mucho cuidado, sucesivamente, se los pasan uno a uno. Así llega hasta el niño que está al lado de la maestra que, como nosotros, parecía haber seguido el juego. Emocionado, el niñito le dice:
-Maestra, ¡mire! Y se lo pasa.
Ella lo toma. Todos sentimos que el unicornio está allí.
-Esto que se merece, niñitos - dijo -: ¡un aplauso! - y, sin más, lo hace.
Por supuesto, aplastando al unicornio entre sus manos.
El desconcierto de los niños, no fue menor que el nuestro. Llegamos hasta las lágrimas. Ella, la maestra, no se dio ni cuenta.
A mí, lo único que me salió fue decir:
-¡Qué bruta!
Más tarde, comentábamos con los narradores sobre el hecho. Nos dolió y nos duele. Sobre todo porque los niños disfrutaban de los cuentos porque lamaestra les leía muchos cuentos y era muy eficiente en ello.
Lamentablemente, no tuvo la sensibilidad de percibir lo ocurrido allí, en ese momento, o de continuar el juego de la imaginación que entre todos nos permitió sentir, con los niños, como la realidad de los cuentos es mágica.


He aquí la segunda anécdota: Tiago De Jesús García, uno de nuestros Narracuentos UCAB (que además nos puede contar los cuentos en su idioma de origen, el portugués) estaba en una actividad con niños de primer grado de uno de los colegios oficiales aledaños a la universidad, uno de esos colegios que constantemente visitamos. Se atreve a narrarles "Puño al aire" y nota que uno de los niños, regordete, algo retraído que estaba en un pupitre algo separado de los otros niños le ha seguido muy atento. Decide pasarle el unicornio que ya había regresado de su vuelo a la palma de su mano. A acercarse, oye la voz de la maestra:
-¡No!, a ése, no.
Normalmente, les enseño a mis alumnos algo que Tomás Cacheiro, un excelente educador y ceramista uruguayo, nos decía: -Hay algunos "no" que no hay que hacerles caso. Por suerte, mis alumnos me escuchan y se escuchan. Tiago obedeció a los llamados de su corazón y le entregó el unicornio al niño que, al principio reticente, luego se lo recibió con una iluminada sonrisa.
Al terminar la actividad, los niños pasan al recreo y la maestra se le acerca para decirle: - Yo te decía que no porque ese muchachito es algo retardado y muy agresivo con todos, en especial conmigo, por eso lo tengo separado. Tiago, que es todo un caballero, la escuchó pero no le comentó nada. Al salir del colegio, tiene que atravesar el patio del recreo, cuando está casi en la puerta oye una voz que le llama, acercándose:
-¡Señor!, ¡señor!
Se da vuelta y ve al niño con las palmas de sus manos juntas y extendidas hacia él:
-¡Señor! ¡Su unicornio, que se le olvida!


Propuesta de una columna para educadores y narradores (segunda entrega)


Desde el corazón al oído
Armando Quintero Laplume

¿Intentar? Intentar, lo hemos intentado, y de diversas formas y maneras. Lograr, de verdad, verdad, no lo hemos logrado. Comencemos por reconocer que no es fácil sacar a un “buen educador” de sus esquemas y convenciones. Además, el sistema educativo en el que está inmerso - y en el cual muchos educadores se han encerrado o dejado encerrar -, con su carga administrativa y deshumanizadora, lo somete a un ámbito cada vez menos creativo, cada vez más alejado del vuelo de la imaginación. ¿Será para volverlo cada vez más útil a ese propio sistema? ¿O, para ser, como todo útil, lamentablemente utilizado?
Conste que no creemos y, por supuesto, menos lo queremos, que lo señalado sea un cómodo justificativo para volver a los educadores cada vez más convencionales, “repetidores de conocimientos” o meros “administrativos de la educación”. Creemos que es una realidad que se puede modificar o, al menos, alterar. Sin perjudicar las exigencias superiores pero, sin dudas, con las posibilidades de favorecer su propia formación, y la formación de todos sus educandos, con un mejor modo de enfrentar lo cotidiano del acto educativo.
Nuestro trabajo ha estado vinculado al doble oficio que ejercemos: el de educador y el de artista del maravilloso arte de narrar cuentos “a viva voz y con todo el cuerpo”. Profesiones que hemos elegido de verdad, verdad, más que como un título, como un modo de vida. Nuestro modo de vida. Nuestra vida.
Los textos de la columna que hoy iniciamos son anotaciones sobre ese doble oficio y, principalmente, reflexiones sobre nuestros actos, experiencias y vivencias en los mismos. Por supuesto, no son verdades absolutas. Son, simplemente, una mano que tendemos, con sus cinco dedos dispuestos y dirigidos a cada educador. Una mano solidaria y, cada vez menos, solitaria. Son sólo aportes para que los experimenten y adapten a sus realidades, a sus actos, a sus experiencias y vivencias en relación con su medio, sus educandos y con ellos mismos. Seguro, eso sí, que los ayudarán en su doble oficio, que lo tienen. Y no sólo porque el arte de contar cuentos, siempre va a la escuela. Basta observar que todo educador, al no ser un mero repetidor de conocimientos, tiene un texto que aprender, y aprehender, para entregarlo oralmente; con todos los lenguajes posibles; a unos escuchas que “se encantarán” de él y de lo que dice, en un espacio, el aula, que oficiará como cualquier espacio escénico; durante un tiempo previamente establecido y bajo situaciones determinadas. ¿O, no? A partir de esto, es seguro que nadie se extrañará cuando nos oiga aseverar: todo educador es un narrador oral de cuentos, aunque, por supuesto, algunos aún necesitan ser conscientes de ello.
Unas ideas para reflexionar
El arte de contar un cuento lo es desde la unidad de todo lo que lo hace posible:
1) desde la unión dada por lo verbal, lo vocal, lo gestual el uso del espacio y todos los diversos lenguajesno verbales, que se expresan en el acto mismo en que se narra.
2) las relaciones entre el narrador oral del cuento con sus escuchas u oyentes, el lugar donde se cuenta, el momento en el cual contamos, las situaciones que estamos viviendo todos los participantes en el acto comunicativo de narrar (narrador y público)
3) los diferentes factores que componen e integran la coparticipación sentimental, sensorial y efectiva de la comunicación que se establezca entre todos ellos como factores participantes y no excluyentes del mismo.


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Lo crean o no lo crean: No hay sistemas, no hay métodos, no hay recetas para alcanzar la maestría en narración oral: sólo hay historias de narradores orales y narraciones ejemplares de los narradores en acción. Sólo vivencias o cuentos compartidos. También en esto nuestro oficio se hace y es entre los otros, en los otros, desde los otros, con los otros.
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La alegría, la ternura, el asombro son recursos renovables que poseemos, que nos pertenecen. ¿Pensamos negociarlos? En este momento, como en cualquiera otro, podríamos... pero, ¿seguiríamos contando de verdad, verdad, después de ello?


Sugerencias para un cambio: Jugar con las palabras, para descubrir y aprender como los niños


Dos cuentos para compartir
De mi libro “Un lugar en el bosque” (Editorial Kalandraka, España, 2004)


1) Lobo Abuelo cuenta cuentos


Lobo Abuelo cuenta cuentos.
Cambia el cuerpo, las patas, los aullidos...
¡Cuánto cambia y cómo cambia en cada cuento!
Todos lo ven hacerse grande y gordo como un oso que roza su cabeza con las nubes. Todos lo ven hacerse pequeño e inquieto como una pulga que vive en un bosque de árboles pequeños, de hojas y raíces pequeñas.
Lobo Abuelo cuenta cuentos y hace que todos viajen al bosque donde cualquier cosa es posible, hasta los gritos del silencio.


2) Muchachita del Bosque

Escucha –dijo Lobo Grande a Lobo Pequeño-. Y pon mucha atención. Si por ese sendero pasa una niña con una cesta y una caperuza de este color –le mostró unas guindas-, ni le hables: ¡Es un ser muy peligroso! Esa muchachita tuvo mucho que ver con el triste final de tu tatarabuelo.




Propuesta de una columna para educadores y narradores (tercera entrega):


Los recuerdos se amontonan cuando desde la más pequeña hasta la más grande de las situaciones que nos tocaron vivir en un momento, pasan de nuevo por nuestro corazón - que, dicho sea de paso, es el significado de “ri-cordis”: volver a pasar por el corazón – y, nos asombran con toda su carga de múltiples y variadas sensaciones y sentimientos. Poco a poco, los seleccionamos para que se conviertan en cuentos a compartir con todos, entre todos, para todos, y lo expresamos como una vivencia, como una película que nos gustó o como ese capítulo de la telenovela que nos ha interesado. ¿No te ha sucedido algo así?
Esa misma sensación tenemos que tener al contar un cuento: ¡volverlo a pasar por nuestro corazón! Vivirlo con la sensación de: ¡eso nos pasó a nosotros!
No es novedad reconocer que nada de lo que vivenciemos le será ajeno a quien nos escuche y nos vea. Porque, sobre todo, en mayor o en menor grado, a cada uno le ha correspondido vivir sus penas y sus alegrías que, si aprendió a divertirse con ellas, también le permitirán abrir las puertas y ventanas de su propia interioridad, para manifestarla en palabras y en hechos en este hermoso intercambio de lenguajes que son los cuentos narrados a viva voz y a todo cuerpo.

Contamos si hemos vivido. O si reconocemos en nosotros mismos, y con seguridad, qué hubiéramos hecho y cómo nos sentiríamos si nos hubiera tocado vivir esa misma situación. No podemos mentirla, es nuestra, nos pertenece.

Contamos si sabemos muy bien la historia que queremos compartir, no desde la memoria mecánica, fría, repetidora, sino desde el corazón. Reviviéndola.

“El narrador oral no es un repetidor, es un creador”, ha dicho Francisco Garzón Céspedes del oficiante del oficio.

Contamos si conocemos al personaje: cómo es, en todos los aspectos y en todas sus dimensiones físicas, sociales, culturales... Desde adentro, como si fuéramos él. No haciendo como si fuéramos él. Siendo él.
Contamos si nos ubicamos en el espacio y en el tiempo de ese personaje: dónde, cómo, para qué se mueve en cada momento que lo hace. Viéndolo.

Contamos si sabemos improvisar y recrear permanentemente lo narrado. Si sabemos que, como asegurara un día Enrique Buenaventura, El Director del Teatro de Cali: “Se improvisa sobre lo que se sabe, no sobre lo que se olvida o desconoce”. Que es como decir: "si somos improvisadores, no improvisados". Como agrego permanentemente ante mis alumnos y talleristas.

Contamos si reconocemos que lo hacemos con el público, desde nuestra humildad, desde nuestra honestidad, desde nuestra verdad y desde nuestra seguridad en nosotros mismo, porque ningún cuento es inocente y, por ello, no podemos contar cualquier historia. Ni por nosotros, ni por ellos.

Contamos al divertirnos, si sacamos hacia fuera lo que tenemos dentro. Sin la intención de moralizar o educar como principio, sino con la seguridad de narrar como para abrirle puertas y ventanas a la imaginación, los sentimientos, los sentidos, el corazón de los otros. Desnudando ante ellos nuestro propio corazón.

Contamos si asumimos a conciencia un oficio que, como tal tiene su teoría, su práctica y su propia historia. Si lo reconocemos como un arte de todos los tiempos, igual y diferente en otros espacios y en otros tiempos y con todas sus similitudes y sus propias diferencias con otras manifestaciones de la escena.
Unas ideas para reflexionar:
¿De verdad se valora al arte de contar cuentos en la educación formal?
Terrible situación la que se plantea porque, en muchos casos, es una pregunta que ya tiene contestación: no se lo valora. Aunque se diga lo contrario. Veamos un texto breve, para reflexionar a lo largo. Aparece en el libro del educador y narrador oral Rodolfo Castro La intuición de leer, la intención de narrar (Editorial Piados, México, 2002) donde, entre los varios aportes que nos brinda, encontramos este párrafo:
“La narración oral es de plano despreciada en ámbitos donde debería ser tomada como núcleo en torno al cual giraran otros aprendizajes y disfrutes. Me refiero a los institutos y universidades dedicados a la formación pedagógica, en los cuales no existe una materia que estimule el desarrollo de esa habilidad. En los institutos y escuelas de formación pedagógica, este tema se estudia formalmente, reconociendo la importancia de contar cuentos y de hacerlo bien, pero se trabaja poco en los aspectos teóricos y casi nada en los prácticos. Por ello, contar cuentos no pasa de ser un recurso didáctico de difícil aplicación, y del cual es aún más difícil obtener resultados apreciables. Se acepta en la teoría pero se rechaza en los hechos que contar cuentos pone en juego un sinnúmero de habilidades relacionadas con el manejo de la voz, la expresividad gestual y corporal, la comprensión lectora, la escritura, la respiración, la dinámica grupal, la improvisación, el juego dramático creativo, la imaginación, la resolución de conflictos… siguen las firmas.”
¿Qué hacemos? ¿Cómo logramos cambiar o modificar la situación? Éstas son algunas de las tantas interrogantes que podemos plantearnos para abrir puertas y ventanas hacia las posibilidades de una mejor educación.
Sugerencias para un cambio:
Trabajar narrando, en los hechos


Dos cuentos para compartir
Del libro “Un lugar en el bosque” (Editorial Kalandraka, España, 2004)


1) Cae la noche

Lobo Abuelo y Lobo Pequeño paseaban por el bosque cuando cayó la noche.
-¡Qué poca luz! ¡Nos vamos a perder! –dijo Lobo Pequeño.
-No tengas miedo -lo tranquilizó Lobo Abuelo-. Nos guiaremos por las estrellas.
Mientras caminaban hacia la guarida, Lobo Abuelo le fue mostrando el cielo: contemplaron el planeta Marte y el luminoso Venus, cómo titilan las estrellas y los planetas no, y le enseñó a reconocer algunas constelaciones... Lobo Pequeño estaba asombrado.
Cuando llegaron, Lobo Abuelo le dijo:
-Una noche te mostraré la Loba Mayor y la Loba Menor; son constelaciones que sólo los viejos lobos conocemos.


2) Luz de luna

-¡Aullad, aullad siempre! –decía Loba Abuela a sus lobeznos–. No es que la luna sea terca, es que es viejecita; por eso anda tan despacio y tarda en darse la vuelta para enseñar su cara oscura, y en dejarnos dormir. Pero lo consigue. Claro que con los años que tiene, está desmemoriada, y cada poco tiempo vuelve a mostrarse con toda su luz.


Armando Quintero Laplume

Cuentos para narrar

Rincón de Jóvenes y Adultos


La princesa que no reía

(tomado de Letralia número 121)

No todo cuento tiene que comenzar con “Había una vez”, pero este sí.
Había una vez un cielo, con nubes, sol y pájaros volando. Debajo de esto un reino, con su bosque, su campo, su río y su pequeña montaña. En la montaña, un palacio, con su torre. Y, en la torre —asomada— una princesa que no reía y, casi siempre, estaba como mirando hacia el camino.
La princesa era bondadosa y muy querida por su pueblo y el reino era feliz, bueno, casi feliz, ya que todos —desde los Reyes hasta el más pequeños de los súbditos— se notaban preocupados por la seriedad que la embargaba.
Las personas del pueblo opinaban de diversas maneras sobre su falta de risa. Unos decían que una bruja le había dado a beber un elíxir mágico, envidiosa de todas las alegrías del reino. Otros, que un mago, habiéndose enamorado perdidamente de la princesa, al no verse correspondido por ella, le impuso el eterno castigo de vivir sin reír. No, la enamorada es la princesa —sostenían unos terceros—; cómo se explica, agregaban, que siempre esté mirando desde la torre: sólo espera el retorno del príncipe azul que una vez vimos pasar por el camino.
Todos los días —a la mitad de la mañana y a la mitad de la tarde— llegaban juglares, trovadores, magos, malabaristas y bufones. Venían desde todos los rincones de aquel pequeño reino, y hasta algunos eran traídos desde muy lejanas tierras. Pero ni aquellos ni éstos lograban hacer reír a la princesa. Ni siquiera sacarle la más leve sonrisa.

Claro, uno podía suponer las razones que tendría la princesa para no reír. ¿Tú lo harías con unos juglares y trovadores que cantan sangrientas historias de guerras pasadas, antiguas leyendas o dolidas endechas de amores imposibles? Más bien, igual que yo, llorarías. ¿Lo harías con unos magos que te hacen siempre los conocidos trucos con pañuelos, conejos, palomas, espejos, cajas o mujeres atravesadas por enormes cuchillas o sierras descomunales? Te aburrirías mucho, ¿verdad? ¿O con malabaristas que hacen girar numerosas pelotas, platos, palos, botellas u otros objetos, mientras atraviesan cuerdas suspendidas o se posan sobre pequeñas superficies? Creo no equivocarme si te digo que, con el vibrar de tus nervios, no podrías reírte. Y, ¿qué decir de los bufones, con esas figuras tan desiguales y grotescas como sapos enormes? No niego el esfuerzo que hacían todos por ayudar a la princesa. Sólo lamento no haber estado allí para plantearles mis dudas e, incluso consultando con ella, encontrar otras posibilidades de lograr su risa o, al menos, el esbozo de una sonrisa. Pero, sigamos con el cuento.
Una de esas mañanas, de esas en que la princesa estaba en la torre mirando hacia el camino, por el sendero salpicado de florcitas del campo, mariposas azules y pájaros revoloteando, se oyó un cantar que venía por el aire, desde lejos, detrás de las colinas que ocultaban el camino, casi antes del horizonte.

Era una canción muy festiva. Tanto que, los labradores tenían que dejar de sembrar sus tierras para reírse. Los bueyes y caballos de tiro se desprendían de los carros y arneses para revolcarse, riéndose. Las aves detenían sus vuelos y se posaban de nuevo en los árboles, a reír. Los caminantes no podían seguir con su marcha, por las risas. Todos los animales de los campos y bosques salían de sus cuevas, refugios y nidos para —con los sonidos del cantar— reír y reír. Los árboles y las plantas sacudían sus ramas y tallos, como si un viento interior las moviera: era su manera de reír. Los peces de los ríos y de la mar cercana, se amontonaban en las orillas y en las playas, riendo. También, como has de suponer, las personas del palacio, desde los reyes, hasta el más pequeño de los súbditos...
Mmm... ¿Todas las personas? Bueno, la princesa seguía en la torre, mirando hacia el camino, sin reír. Desde allí ya se veía al cantor de la canción festiva. Perdón, los cantores —que uno de ellos, mejor dicho, una, sea pequeña, no le quita importancia—: eran Juan y su pulga mágica.
Mucho antes de llegar a las puertas del palacio, se acercaron a Juan y Juanita, su pulga, unos emisarios enviados por el Rey. Temerosos de que, como el príncipe azul mencionado anteriormente, pasaran de largo por el camino. Llevaban una carta real, invitándolos a realizar una presentación para toda la corte, a pagar con diez monedas de oro, cantantes y sonantes, y a prueba de buenos dientes.

Luego de comer, beber y descansar, a Salón Principal de Palacio lleno, Juan y Juanita realizaron su maravillosa presentación. Registrada, luego, en el Libro de las Crónicas del Reino, guardada por muchas generaciones en la memoria oral de todos los abuelos y cuentacuentos, como celebrada en romances y canciones de juglares y trovadores desde esos tiempos.
Cuando Juan tomó la cajita y salió al centro del salón, comenzaron los aplausos. Cuando abrió la caja y Juanita —en malla de fino terciopelo y con su mejor falda multicolor de volados y lentejuelas— saltó a la mesa, los aplausos recrudecieron, para repetirse, con igual intensidad, ante cada uno de sus números.
Juanita saltó la cuerda, tocó la flauta, bailó un minueto, una mazurca y hasta un vals. Simuló los balidos de una oveja, los cantos de un gallo, los mugidos de una vaca, los aullidos de un lobo y hasta hizo unos sonidos que asustaron a todos, aunque no los conocían en la corte: eran los barritos de un elefante, que había aprendido a imitar cuando viajaron con Juan por el norte de África. Dio numerosos saltos mortales, sencillos y triples, de frente, de lado y de espalda. Entre aplausos, hurras, vítores y vivas cerraron su actuación con la, ya famosa, “Canción Festiva”. Todos aplaudían y reían, reían y aplaudían a rabiar... ¿Mnnn..? ¿Todos? Sí: todos, menos la princesa. Con tantos aplausos y risas, me distraje, ¿de acuerdo?

Juanita, rompiendo todo protocolo, brincó, desde la mesa donde saludaba, a la falda de la princesa. De inmediato, al centro de su pecho y, de ahí, a su hombro. Luego, se acercó a su oído y le dijo algo, casi en secreto. La princesa, primero, se sonrió —leve, como toda una princesa— para, poco a poco, reírse, hasta culminar en el más sonoro estallido de carcajadas que se haya oído en la historia del reino.
Todos los que escuchan o leen este cuento preguntan siempre si se sabe qué es lo que le dijo Juanita a la princesa. Por suerte, mi tatarabuelo —que estaba de paso ese día en el reino, y asistió a toda la presentación—, lo guardó muy bien en su memoria. Se lo dijo al bisabuelo, éste a mi abuelo y, por él, lo sé yo:
—Bli bli bli bli, burulú bli bli, blum blam bli bli. Bli bli buruli blibli blumblam blibli.
En la familia, todos, siempre hemos lamentado no haber aprendido nunca el pulgués, el pulgñol, el pulgán o cómo se llame al idioma de las pulgas. Nos queda el consuelo de saber que la Princesa que no reía lo hablaba a la perfección.

Cuento de Armando Quintero Laplume


Rincón de Niños

Clarissa y el mar

Allá, después de la mar océano.
Como a treinta y tres grados al sur.
En un país pequeño que es como un corazón patas arriba.
Allá vive Clarissa.

Clarissa sonríe bajo la sombra de un árbol y mira hacia el horizonte.
- Un lugar como éste no hay –piensa Clarissa.
La vista se le pierde por la llanura.
Entre los pastos tiernos y frescos de tan verdes.

Allá donde vive Clarissa hay un río.
Que para algunos es como muy pequeño para ser un río.
Pero para todos es enorme por sus cuentos, poemas y canciones.

A veces Clarissa mira hacia los tres puentes que atraviesan el río de su mundo.
Y piensa: - Hay lugares en los que se nace para irse.
Pero se queda allí como pasajera del tiempo.
Y escucha entre sueños pasar los trenes.

Un día un pajarito se posó sobre su cabeza.
- Nuestro río tiene las olas grandes –dijo Clarissa por hablarle.
- Tan grandes como las del mar –dijo el pajarito.
Y Clarissa le dijo que no había visto nunca el mar.

Y el pajarito le contó de las olas del mar y del sonido en sus playas.
De los puertos, los barcos y veleros que llegan y se van.
- ¿Qué más? –preguntó Clarissa.


Y Clarissa oyó decir de las aguas del mar.
De su sabor salado lleno de peces, pulpos, calamares, camarones y de caracoles. De sus vientos y mareas.
- ¿Qué más? –volvió a preguntar Clarissa.


El pajarito miró los ojos de Clarissa y recordó la mirada de un marinero que andaba caminando tierra adentro, lejos del mar.
Y fue cuando le contó el encuentro de Odiseo con las sirenas.


Y ahí quedó Clarissa enamorada del mar.


- ¿Qué la pasa a ella? –se preguntaban las hermanas.
- ¿Qué bichito la ha picado? –se preguntaba su mamá.
- ¿Qué hace esa vaquita loca? –preguntó el toro rojo que la vio pasar. ¿Será contagioso?


- Espero que sí -pensó Clarissa.
Es que Clarissa, de sólo pensar en el mar, se colorea de azul.
Y cuando así le ocurre Clarissa se va a recorrer su mundo y el de los otros.


Y comienza a abrir puertas y ventanas para siempre en el corazón de todos.
Desde la ubre de sus cuentos, desde el piquito de su risa, desde el cielo claro de su regazo azul.

Cuento de Armando Quintero

domingo, 31 de agosto de 2008

Cuentos para narrar

Una mujer, un hombre y varios corazones

Una vez un hombre pequeñito se encontró a una mujer pequeñita.
El hombre llevaba un sombrero de copa muy alta. Grande, muy grande.
La mujer vestía una bata larga, muy larga. Llena de aromas y colores.
En la copa del sombrero de aquel hombre pequeñito anidaban pájaros de todos los cantos, todos los plumajes y todos los vuelos.
En la bata de aquella mujer pequeñita crecían flores de todos los tamaños, todas las formas y todos los aromas...

Así se inicia el cuento de Armando Quintero Laplume que obtuvo Mención de Honor en el concurso de Cuentos Infantiles Los Niños de Mercosur. Y que recibirá en Córdoba, Argentina, en la Feria del Libro. Cuando concurra al CUENTO PALABRA 10 desde el 1 al 13 de septiembre de 2009 y, también, al Festival "Te doy mi Palabra" a realizarse en Buenos Aires del 15 al 20.


Sobre la Mención de Honor al cuento Una mujer, un hombre y varios corazones

El 3 de junio de 2009 21:08, "Ed. Comunicarte [dirección]"

Estimado Armando,

Soy muy feliz de poder retomar este diálogo y reiterar mis felicitaciones por la Mención de Honor que mereciste en el Quinto Concurso de Cuentos Infantiles Los Niños del MERCOSUR.
Una mujer, un hombre y varios corazones es una obra deliciosa y puede que se publique en nuestra editorial.
Deseo acercarte el Acta del Honorable Jurado del que fui parte junto a las especialistas y amigas María Adelia Díaz Rönner y Alejandra Saguier.
La premiación tendrá lugar en setiembre en Córdoba, entre el 11 y el 21 en el marco de la Feria del Libro en la que siempre es grato recibir a cada uno de los distinguidos. Espero sea posible.
Recibe un saludo afectuoso,
Karina Fraccarolli


Karina Fraccarolli Nou
Dirección
Editorial Comunicarte
Ituzaingó 167 7mo. piso 5000 Córdoba-Argentina
Tel. y Fax.: 0054-351-4264430 interno 25
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direccion@comunicarteweb.com.ar


Fragmento del Acta

"Una mujer, un hombre y varios corazones", de Armando Quintero Laplume bajo el seudónimo "Uno de un lugar que también existe"
(Caracas, Venezuela)
Se trata de un relato de Amor. La utilización del atributo "pequeñito" tanto para el hombre como para la mujer, podría traducirse como hombre/mujer comunes o como cualquiera de nosotros que fuera atravesado por el amor sin darse cuenta.
El texto trascurre dentro de un ámbito en que están solos el hombre pequeñito y la mujer pequeñita y que, además, les permite encontrarse, mirarse, reencontrarse e inventarse. Por supuesto, la situación explota hacia el encuentro afortunado entre ambos y crecen sus corazones y todos los corazones vuelan y todos nos concertamos en esa sencilla acción de amar.
Aunque replicante de dispositivos narrativos ya leídos y consumidos hace tiempo, no nos deja de envolver y de recomponer esos momentos surcados en una estilización del deseo de paz y armonía para todos.

Estimada Karina:

Gracias por acercarme el acta.
Y permitirme disfrutar de esa síntesis sobre el cuento.
Por lo acertada y muy sensibles de sus puntualizaciones.

Te agrego algunos detalles para compartir con María Adelia y Alejandra, como miembros del jurado. E, incluso, con el posible ilustrador, si el cuento es publicado. Creo les interesará.
También a la queridísima Silvia Finder Gam que me pedió que te dijera de nuestra amistad.

Tomás Cacheiro -ceramista y docente olimareño, mi maestro y el de varios integrantes de nuestra generación y las anteriores- decía en sus clases de Historia del Arte en Magisterio: "Lo cursi tiene su encanto" Y es lo que me disfruté recreando. Y, en una elección a lo Juan de Mairena de Antonio Machado, superando el terreno de lo convencional y estereotipado.
Y es como lo apuntan en la parte final del comentario del acta.

Lo de seguir los corazones fue una situación de la cual fuí testigo, como muchos de los docentes y alumnos que un día entrábamos a la universidad hace algo más de dos años.
A la entrada, por la pasarela que lleva del metro a los espacios internos de la Universidad, había un enorme corazón recortado en cartulina, con un un escrito que decía: (no recuerdo el nombre y apellido del muchacho) "Fulano de tal: sigue los corazones"
Por todo el piso de la pasarela había pequeños corazones que continuaban hasta el cafetín. Como tenía ensayo con los Narracuentos no pude llegar hasta allí. Al terminar el ensayo, me puse a averiguar por qué y en qué terminó aquello. Así, me entero que los corazones llegaban hasta una mesa donde, detrás de un enorme globo en forma de corazón, estaba la novia del chico. Cumplían tres meses de noviazgo. Aquello era para un cuento. Sin dudas.

De ahí al vuelo final, al canto de alegría y "el deseo de paz y armonía para todos" con unos enamorados que me imagino como los de Marc Chagall, besándose y volando sobre flores, había sólo palabras. Y realidades como la de ese parque en forma de elefante, como es la forma de Venezuela unida al Esequivo. O son las batas guajiras y los sombreros altos a la europea. Como el de Bip, el personaje de Marcel Marceau. Quizás más alto.

Gracias por lo del diminutivo. Lo veía necesario en esta historia y con ese valor. Creo en los cambios unipersonales de la gente común que reivindica su aprecio por las cosas sencillas.

Recibe un abrazo azul, solidario y cada vez menos solitario a compartir,
Armando Quintero


Juan Andrés, recolector de sueños
Armando Quintero


Al querido “Loco” de la Balada de Horacio Ferrer – Astor Piazzola – Amelita Baltar.
A las pinturas de “Cabrerita”.
Y a todos los recolectores de sueños que, por la vida, andan sueltos por el mundo.


En una ciudad cualquiera que uno no sabe ni cómo se llama, vivía un hombre en un sanatorio.
Era un hombre como tú o como yo. Era un hombre como uno, a veces feliz, a veces no tanto.
Se llamaba Juan Andrés y creaba unas pinturas de múltiples formas, variadas, con puntos y líneas de muchos colores.

Las personas que lo veía trabajando, comentaba entre ellas:
- Ahí anda Juan Andrés, jugando con sus pinceles de arco iris.
- Ése, ni descansa. Como que la vida fuera sólo como sus pinturas.
- Ha pasado el día embriagado de formas, líneas, puntos y colores.
Juan Andrés los miraba y, al oír sus comentarios, les regalaba una de sus sonrisas luminosas, tan llena de colores como cualquiera de sus cuadros.

La casa era grande, antigua. Parecía poblada de todos los aromas del recuerdo y todos los colores de la vida.
Juan Andrés recorría sus pasillos. Conversaba con otros pacientes, incluso con los enfermeros y vigilantes. Jugaba y hasta bailoteaba en sus patios, en sus corredores o en sus espacios abiertos. Descansaba en sus jardines. O se acostaba de cara al cielo para mirar el paso de las nubes.
Y se aburría de todo. Y a veces de nada.

Un día llegó al sanatorio un médico joven que les propuso a todos los pacientes un cuestionario. Uno de esos cuestionarios que intentan averiguar sobre la personalidad, cargado de largas y tediosas preguntas.
Juan Andrés leía y respondía. Leía y respondía. Hasta llegar a una que decía: “¿Qué es lo que más te gusta de la gente?”.

Juan Andrés sintió que aquella pregunta servía para algo. Y como servir para algo puede ser importante, pensó:
- “La gente es un grupo de hombres. El hombre está hecho para los sueños. Lo que más me gusta de un hombre son sus sueños... Lo que más me gusta de la gente son sus sueños”.
Eso fue lo que respondió.

Comenzó a sentir una gran alegría.
- La gente puede mirarte a través de sus sueños - se dijo.
Y, cuando estaba sumido en estos pensamientos, sintió que algo lo empujaba a salirse de allí, de aquel sanatorio.

Desde el atardecer estaba contento pero disimulaba todas sus risitas nerviosas, escondido en los rincones. Y, como un ratoncito de cuentos, esperó a que empezara la noche para ser feliz.


Cuando ella cayó con su cálida colcha sobre la cuidad, se colocó un raído y deshilachado abrigo que tenía una banderita de taxi libre pegada al lado del bolsillo del corazón, se encasquetó hasta las orejas una deforme gorra de visera y cogió una vieja mochila sujeta con gastadas correas de piel.
- Me confundirán con “El viejo del saco” – se dijo – pero nadie podrá sospechar que voy a recolectar sueños. Hay que ser discreto.

En un descuido de los guardias logró escapar del lugar donde estaba recluido. Y, ya afuera, se movía como alguien que nunca supo qué es la prisa.
Caminó por calles y avenidas a la espera de que la gente se durmiera. Que cada uno comenzara a soñar.

Apenas uno lo hacía, le tomaba su sueño. Lo doblaba con mucho cuidado, lo colocaba en un sobre y, luego, lo guardaba en la vieja mochila.
De ese modo juntó varios sueños. Otros se fueron volando. O se escondieron lejos de su vista. No sabemos si por temor o, simplemente, por jugar con él. O para divertirlo.

Así pasaron días, semanas, más de un mes. Juan Andrés regresaba al amanecer y por la noche se escapaba recorriendo la ciudad para recoger los sueños.
Una noche uno de los sobres quedó mal cerrado. Y por él se asomó un sueño. Se lo veía triste.
Abrió los otros sobres y vio que todos los sueños estaban tristes. Muy tristes.

Juan Andrés regresó al sanatorio y le dijo a uno de los pacientes, un ingeniero constructor de maquinarias:
- Estos sueños están tristes. Inventa algo para que estén alegres.

El otro hizo unos aparatos muy extraños. Extrañísimos. Con poleas, manivelas, engranajes, ruedas, espejos y alas.
Los colocó, uno a uno entre los sueños.
Los sueños se montaron en ellos y comenzaron a volar.

Juan Andrés llevó todos los sueños que había guardado.
Los sueños volaron por toda la habitación. Y por todas las habitaciones vecinas. Pero, aún, seguían estando tristes.
Juan Andrés se sintió tan mal que se escapó.

Comenzó a caminar por la ciudad.
Caminó. Caminó. Y caminando se encontró con los otros sueños, los que se habían liberado o escondido. Y vio que volaban muy felices.
- “Cuando un sueño es de uno está solo, es un sueño triste”- pensó - “Cuando está con otros, feliz”.

Juan Andrés regresó a la casa antigua cargada de aromas y colores.
- Ya sé qué es lo que necesitan los sueños para ser felices - le dijo al ingeniero - Vente conmigo y ayúdame.
Y se pusieron a doblar sueños.
El ingeniero lo ayudaba.
Pero los sueños eran tantos que, poco a poco, se le unieron los otros pacientes. Y hasta los enfermeros y vigilantes.
Hacían paqueticos de regalos y los metían en sobres.

Luego que doblaron y guardaron todos los sueños, Juan Andrés, el ingeniero y alguno de los pacientes se llegaron a la oficina de correos para enviar los sobres a los diversos nombres de las distintas direcciones de aquella ciudad. Y de las ciudades vecinas. Y de las más y más distantes.
A cada sobre, junto al sueño envuelto en papel de regalo, les colocaron un cartelito que decía: “Libérame”.

Así lograron que cada sueño compartiera sus sueños con los otros sueños.
Y los trocitos de sueños que lograban asomarse por los sobres tenían forma de sonrisa.
Sabían que no serían sueños tristes, que no estarían solos: juntos serían tanto como el sueño de todos.




Rincón de Jóvenes y Adultos

El corazón de Martín Tinajero, origen de una leyenda
"Creo... en las abejas que labraron su colmena dentro del corazón de Martín Tinajero..."
Aquiles Nazoa


El corazón de Martín Tinajero siempre fue de miel. Desde pequeño. Nunca conocí, ni conoceré, estoy seguro, a un ser tan tierno, tan delicado, tan claro de vivir lo que le tocara vivir y, ¡tan hombre! Menos, y perdone que se lo diga, a uno tan religioso como él. Vivía bien lo que fuera, y cristianamente. Nunca le oí quejarse de todos los trabajos y pesares que tiene nuestro oficio. Por muy dolido y enfermo que estuviera, siempre cumplía sus obligaciones de soldado. Tampoco, le sentí demostrar algún temor. Y, conociéndolo como le conocía, sabía que sus miedos los llevaba dentro. Y era tantos, o más, que los que cualquiera de nosotros sentía. Pero, su actitud era tan serena, tan de aceptar el momento que se le presentaba, que nos serenaba a todos. Como si estuviéramos ante Nuestro Señor Jesucristo amando a plenitud la voluntad de Dios Padre. Se lo puedo asegurar a Vuestra Merced, Fray Pedro de Aguado, sin temor a equivocarme. Como le puedo asegurar de la luz de este sol que nos ilumina ahora. No sé, eso sí, si todo lo que le diga pueda servirle para su “Recopilación Historial de Santa Marta y Nuevo Reino de Granada de las Indias del Mar Océano”, esa obra que usted está escribiendo, y que engrandece todos los sacrificios realizados por cada uno de nosotros en la conquista de estas lejanas tierras. ¿Su obra, si mal no lo recuerdo, ya va por el cuarto o quinto libro? ¿No es cierto? Gracias a su esmero, y al apoyo entusiasta de Nuestro Rey. Y, según me han comentado, llegará como hasta un noveno. ¿No es verdad? Bueno, disculpe que me haya desviado de la pregunta que me hiciera. Comienzo. Sepa usted que a Martín Tinajero lo conocí de toda la vida. Fuimos vecinos, casi nacimos y nos criamos juntos. Siempre fuimos amigos, “en las buenas y en las malas”, como se dice. Nuestros padres trabajaban en las mismas y productivas tierras. Como lo habían hecho nuestros abuelos, desde los abuelos de nuestros abuelos. De la fecha precisa de su nacimiento, no tengo ni la menor idea. Nunca la supe. Como, tampoco, sé la mía. Éramos de Écija, la sevillana ciudad de los valles de allá, por las orillas del Río Genil, el principal afluente del Guadalquivir. La conocida “Ciudad de las Torres”, por la cantidad de campanarios que emergen entre sus techos de grises y rosadas tejas. “La ciudad del Sol”, como la llaman. O, “La sartén de Andalucía”, como todos le decimos por sus elevadísimas temperaturas estivales. Disculpe. Me desvié de nuevo. Usted sabrá perdonarlo. Pero, es que la memoria de la tierra donde uno nació como que se nos pega dentro. Y se extrañan sus aromas, sus colores, sus sonidos, sus sabores; sobre todo, cuando se está lejos de ella. Vuelvo a aquello que le interesa a Vuestra Merced, y que fue para lo que vino a preguntarme. Siempre creímos - tanto su familia como la nuestra - que Martín Tinajero iba a ser un franciscano, como usted. O, al menos, un religioso. Sus delicadas manos no eran para trabajar la tierra, salvo para amasar la arcilla. Y, ¡bien bueno que era en la hechura de tinajas! De ahí le viene su nombre - de su oficio - como a muchos de nosotros. También, hacía otras piezas de nuestra cerámica tradicional, de la que se precian mucho los artesanos de Écija. Hay, incluso, parte de sus trabajos en las paredes y columnas de nuestras iglesias. Pero nunca podría decirle cuales. No lo sé. Nunca me lo dijo y, por respeto a nuestra amistad, tampoco se lo pregunté. Supe, eso sí, porque el mismo me lo contó, que un día que estaba arrodillado ante el Santísimo Cristo de la Salud, en nuestra iglesias de San Gil, oyó una voz que le decía: “Tu corazón está destinado a una gran leyenda” Él creyó que le llamaban para la vida sacerdotal y, con esa humildad suya, fue a hablar con el Padre de la Iglesia de Santa Bárbara, donde está la imagen de nuestro Santo Patrono, San Pablo. Por parecerle lo más cercano a esos deseos, ya que este santo, también, había respondido a los llamados de una voz que le sonó de pronto. Él me pidió que le acompañara. Cuando llegamos, yo le esperé fuera. Aquello que iba a resolverse, era sólo entre el sacerdote, él y Dios. Le aseguro a Su Merced, Fray Pedro de Aguado, que Martín Tinajero, desde muy pequeño, siempre fue algo enfermizo. Por ello, a ninguno de los dos nos resultó extraño que, apenas el Padre Superior lo viera, detallara su contextura y, a una, le recomendara la búsqueda, por otros caminos, de la voluntad que parecía señalarle la voz que había escuchado. Así me lo comentó, luego de salir del templo, cuando casi íbamos llegando a nuestras casas. Antes guardó total silencio, que no me atreví a cortarlo. Y, así lo hizo. Le confieso que, tampoco a mí, se me hubiera ocurrido que iba a tomar el mismo camino que tomamos muchos de los jóvenes de nuestra época: la búsqueda de eso que llaman El Dorado. Pero así fue. Juntos nos embarcamos hacia estas tierras. Y, juntos pasamos los primeros temores al irnos acercando cada vez más al borde del horizonte de la mar océano y, luego, ir cruzando el Mar de los Sargazos, a la espera de encontrarnos con los terribles monstruos que, siempre nos dijeron, habitan por esas aguas: ballenas blancas, tiburones azules, pulpos y calamares gigantes, incluso esos horribles seres llamados sirenas. Tengo claro que la mayoría de nosotros llevábamos los ojos puestos en las riquezas que pudiéramos obtener en esa empresa. Nada más, ni mucho menos. El oro, la plata, los diamantes y tantas otras riquezas encontradas, los frutos y animales nuevos estaban ahí, detrás de esos peligros, al alcance de todos, al beneficio de cada uno de nosotros. Para Martín Tinajero, no. Él estaba seguro que encontraría el Paraíso Terrenal en las nuevas tierras. Varias veces me lo dijo. Y, a eso vino. Apenas llegados al nuevo mundo, nos integramos a las huestes de los Hermanos Welser. Bajo el mando de Nikolaus de Federmann. Hicimos la jornada que este conquistador realizó hacia el interior de las nuevas tierras que se iban conociendo. Por lugares aún desconocidos. Partimos de Coro y alcanzamos la región de Río Hacha a mediados de 1536. Le aseguro, Su Merced, que las dificultades fueron muchas, desastrosas. Nos encontramos caminando por enormes y enmarañadas selvas, hediondas ciénagas, desolados desiertos, cumbres altísimas y borrascosas. Ríos enormes, caudalosos y profundos, donde habitan desde unos peces llamados yacaré, cuyos cuerno son tan duros, que no se pueden herir con cuchillo o flechas. En esos lugares, descubrimos, entre otros animales, culebras ponzoñosas, hormigas bermejas, y hasta alacranes, gusanos y arañas enormes, todas cubiertas de vellos y llenas de veneno, cuyo sólo contacto es sumamente peligroso. Y donde hasta los numerosos frutos, salvo que uno aprenda a esperar si lo comen o no las aves, como hacen los pobladores de estas tierras, pueden ser mortales. Y, por si fuera poco todo esto, ¡este calor siempre sofocante!. Se perdió y murió la más gente de sed y de hambre. En medio de tantas penurias, sólo recuerdo el rostro sonriente de Martín Tinajero, quien, a pesar de hallarse enfermo nunca se quejó. Nuestro Capitán le había nombrado nuestro cocinero. A veces, caminaba en búsqueda de comida mucho más que cualquiera de nosotros. Para solucionar nuestras necesidades básicas. En una de estas salidas, le aquejo la enfermedad que tenía y murió de ella. Le enterramos en un hoyo que en invierno había hecho el agua. A vista y muy bien señalado. De modo que, para que a nuestro regreso, fuera avistado y reconocido desde lejos. Esto sucedió como para septiembre de 1536. Ha de haber sido en la región situada al sur del lago de Maracaibo. De eso estoy seguro. Nosotros seguimos avanzando, hasta que Nuestro Capitán Nikolaus Federmann decidió regresar directamente a Coro y ordenó al grueso de la hueste – los pocos, de tantos, que logramos sobrevivir – a que marchase al mando del capitán Diego de Martínez hacia los llanos de Carora. Al regresar, cuando nos acercábamos al lugar donde el cuerpo de Martín Tinajero estaba enterrado, comenzamos a sentir cierto olor muy suave y agradable que ocupaba todo el campo. Como cuando en nuestras tierras se inicia la primavera, y se desatan los aromas de todas las flores. Pero, le aseguro sin exagerar, era mucho más que ello. Tanto era el ímpetu del tal aroma, que se percibía a más de cincuenta pasos a la redonda. Admirados de tanta maravilla, intentamos, pero no pudimos acercarnos a él. Nos lo impedía una colmena completa de abejas, de esas que crían miel. Nuestros asombrados ojos no podían creerlo: las abejas estaban anidadas en su corazón, íntegro aún, que parecía latir como si todavía estuviera vivo. Por eso le digo a Vuestra Merced, Fray Pedro de Aguado, por lo que en el cuerpo muerto de nuestro Martín Tinajero se vio, él era un hombre bienaventurado, un gran siervo de Dios. Claro está que nuestros españoles y su capitán y caudillo llevaban los ojos en el oro, la plata, los diamantes y tantas riquezas que deseaban tener y, por ello, no tuvieron en cuenta este caso, ni siquiera vieron lo digno de llevar su cuerpo para darle eclesiástica sepultura. A mí, al menos, me queda el consuelo de haberle dicho todo lo que sé. Y, sobre todo, confirmarle lo que le decía al principio de todo esto que usted, al preguntarlo, me permitió que le dijera, y para que las generaciones futuras sepan de ello: el corazón de Martín Tinajero siempre fue de miel.


Armando Quintero Laplume


Rincón de Niños


Sarita es así

Sarita es así.
Como es.
Ni más, ni menos.
Sarita tiene su cabellera rojiza, ensortijada y abundante.
Como si frente a nosotros estuviera un divertido león que sólo se alimentara de zanahorias.
Sarita tiene su blanca cara redonda, con abundantes pecas que le dibujan figuras a su rostro.
Como cuando en el cielo aparece la luna completamente crecida, con todas sus manchas al desnudo.
Sarita tiene sus grandes ojos, redondos y azules.
Como si uno mirara el cielo por los binoculares del abuelo, en primavera y sin nubes.
Sarita es así. Como es.
Y, por si fuera poco, tiene una mirada que parece averiguar cómo eres.
Sarita se peina a su manera.
Con su abundante cabellera suelta. O, con dos colas de caballo a ambos lados de su rostro, o una enorme trenza sujetadas con mariposas azules.Naturales, porque las de plástico le provocan alergia.
Sarita viste como le gusta.
-¿Cuándo se vestirá como la gente? – se pregunta la abuela.
Aunque se sonríe al recordar cómo se vestía ella cuando tenía su edad.
Sarita, a veces, sueña hermosos sueños y ve un país donde habitan una vaca azul, una oveja verde y un caballo multicolor que se alimentan de jardines.
-Anda, Sarita, ¿no vas a seguir contando? – le dicen sus hermanos.
Y Sarita se alegra de parecerse a su abuela cuando habla de sus sueños.
Sarita, también, tiene unos sueños oscuros con unos hombres de uniformes y cascos oscuros, que persiguen los reflejos de una luz diferente en las personas para montarlos en unos trenes oscuros y abandonarlos, largo viaje después, en unos barracones mucho más oscuros todavía.
-Oye, Sarita, eso pasó en tiempos de tu bisabuelo – dice su madre.
Sarita se entristece porque sabe cómo esto pasa, aún, fuera de los sueños.
Y Sarita imagina un universo donde cada uno acepte al otro por lo que es y no por lo que quiere que el otro sea.
Por eso Sarita cuenta de un pequeño unicornio azul con alas que se posa en la palma de la mano como invitándola a dar un paseo por cada lugar del mundo.
-Lo ves o no lo ves – dice Sarita – Es una posibilidad que es tuya.
Y Sarita se alegra porque sabe cómo esto siempre pasa cuando lo deseamos.
Sarita es así, como es.
Ni más, ni menos.
Y uno se pregunta, una y otra vez:
-¿Cómo sería nuestro mundo sin personas como Sarita?
Y uno siempre se responde:
-Si en algún lugar del mundo no hay una Sarita habría que inventarla, ¿no te parece?

Cuento de Armando Quintero Laplume

domingo, 24 de febrero de 2008

Vivencias y Recuerdos

Los textos fueron tomados del documento ¿Quieres contar cuentos?
Buscar en la Web:
http://weblog.mendoza.edu.ar/teoria/archives/textos_contar_cuentos.doc
Vivencia 1

De Jairo Aníbal Niño uno aprende muchas cosas: desde tener una casa cuyas paredes no sean de ladrillos sino de libros, hasta asumir a la ternura y el humor como respuestas a las diversas formas de la violencia. De Jairo Aníbal Niño, sobre todo, uno aprende a abordar la realidad cotidiana desde el lado poético de la misma: aún en aquellos instantes en que pudiera ser demasiado cotidiana, muy común, posiblemente vulgar.
Compartíamos el IV Festival Iberoamericano de Narración Oral Escénica en Elche, Alicante, como habíamos compartido el de Madrid: con toda la fuerza de nuestras voces y todo el entusiasmo de nuestros cuerpos, llenos de nosotros y del hacer y decir de los otros.
Andábamos caminos – vivenciando la sencilla importancia de tantas calles cubiertas por el polvo de los siglos- cuando Jairo nos comenzó a hablar del unipersonal que estrenaría, ante el público del Festival, en noches siguientes. Quería que le acompañáramos a elegir, y nos proponía – gran honor, no tanto para su esposa Irene, por ser una práctica familiar, como para mí, al permitirme participar de ella – una serie de los temas que presenta en sus amorosas conversaciones.
Los tres pensamos en la importancia, para ese público, de su encuentro en un vuelo, con la risa, las miradas y la complicidad compartida con una niña que, descubrió, no era otra que la hermana desconocida de El Principito: vivencia de su viaje a Monterrey (México) y que fuera presentada en el Segundo Festival de Narración Oral Escénica, con toda la magia del ser y hacer de este Señor de la Palabra que se Dice.
En ese andar, distraídos y abstraídos, nos habíamos llegado a la plaza de Elche, con su fuente y sus palmeras, su Gran Teatro y sus jardines, su revuelo de pájaros, su bar, sus comercios, el conversar de su gente, sus vendedores callejeros y el juego de sus niños.
Y fue ahí cuando el silencio nació, cuánto duró no lo sabemos: frente a nosotros correteaba, como jugando con sus propios pasos, una niña de rubios y ensortijados cabellos. Pequeñita – tanto para poder pensar que disfrutaba de un correr que recientemente realizaba sola- vestía un abrigo largo y azul, similar en forma y en tono al dibujado por Saint Exupery para el personaje de su maravilloso libro. Todo no hubiera pasado de una feliz coincidencia: pero el lado poético de la vida va más allá de un nivel rudimentario.
Nuestro silencio creció cuando, ante nosotros, apareció una hoja que venía traída por el viento. Desprendida quién sabe de dónde – porque la plaza tiene palmeras y no árboles- giró, giró, giró hasta depositarse en los pies de la pequeña. Ella también había seguido su descenso sereno y sencillo. La cogió con un delicado gesto. Se acercó a la fuente, humedeció apenas la hoja en sus aguas y, con ella, refrescó una de sus acaloradas mejillas. Volvió a humedecerla, para realizar el mismo acto en la otra mejilla. Luego la soltó y siguió correteando...perdiéndose en medio de los otros, los niños y adultos, en ese jugar con sus propios pasos.
Nuestras miradas sorprendidas – la de Irene, la de Jairo, la mía- volvieron a encontrarse. Nuestro silencio permaneció unos segundos más, hasta estallar en abrazos y risas: ¿Qué podríamos decir ante La Aparición de la Principita?


Recuerdo 1

En la neblina del tiempo que pasa, los seres y las cosas se desdibujan, los hechos se distorsionan. El recuerdo – no sólo en lo etimológico- permite pasarlos de nuevo por el corazón. Pero, en cada pasaje hay nuevos “desdibujos”, nuevas distorsiones. Sin embargo, algo permanece: una imagen o una situación, de dimensiones pequeñas, de diminutas acciones, aunque más no sea: es “ese algo” detenido en un tiempo. Y uno lo vuelve a ver una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez...
Así se me aparece, con una constancia casi infinita, la imagen de León Felipe visitando a mi pueblo: un hombre vestido de blanco, con zapatos y medias blancas, traje blanco, camisa y corbata blancas, barbas y cabellos blancos, sombrero blanco y un bastón negro- ¿Hablaba de la España dolorida, de su exilio y el de miles de españoles dispersos por el mundo?- Sólo sé que decía. Y decía como un patriarca hebreo: amando tanto la poesía que, estaba seguro, en cualquier instante, se convertiría en palabras para volar con el viento.
Y esa imagen se me grabó por siempre aunque, en aquel momento, la mirada que la registraba no tenía más de cuatro años.
Mucho tiempo después, Tomás Cacheiro nos contaría que, en el recital realizado ante el público del Ateneo de Treinta y Tres, con todo el dolor de su ser errante, el poeta entró diciendo:
“Yo no tengo sillas
yo no tengo sillas
yo no tengo sillas donde sentarme”
El Tata Zabalegui – empeñoso compañero, casi “analfaorejas”- sentado en los primeros puestos de un auditorio repleto, se levantó y, con la silla en la que había estado sentado tomada firmemente en sus manos de mecánico, se acercó , diciéndole:
Sírvase Don León. Aquí tiene una.
León Felipe que, más que a la voz, escuchó a los latidos de ese corazón – que no
entendiendo lo que estaba recitando el otro, sin embargo, le demostraba estar loco de la posibilidad de ser solidario- lleno del asombro, la alegría y la ternura de la que era capaz, le respondió:
No me refiero a esa clase de sillas, compañero.
Y continúo sus poemas.

sábado, 23 de febrero de 2008

Una Vida en Cuentos

EINSTEIN: “La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa”.

Esto no es un cuento. Simplemente, es una vida en cuentos.
Que pudiera ser casi lo mismo, pero que - por varias razones - no lo es. Acompáñame. Voy a pasar por nuestros corazones – el tuyo, el mío, el nuestro, el de quien me lea o me escuche - muchas cosas. Para ello, sólo abre conmigo todas las puertas y ventanas que este texto nos pueda sugerir hacia el amor, el humor, la ternura y los sueños, es decir: ¡hacia la vida de los cuentos!.

Los recuerdos se amontonan cuando todas, desde la más pequeña hasta la más grande de las situaciones que nos tocaron en esta vida, pasan de nuevo por nuestro corazón –que ése, no otro, es el significado etimológico de “ri-cordis”: volver a pasar por el corazón– y, nos asombran con toda su carga de múltiples y variadas sensaciones y sentimientos. Poco a poco, los seleccionamos para que se conviertan en cuentos a compartir con todos, entre todos, para todos, ¿o no les ha sucedido así?
No es novedad reconocer que nada de lo que vivenciemos le será ajeno a quien nos escuche o nos lea. Porque, sobre todo, en mayor o en menor grado, a cada uno le ha correspondido vivir sus penas y sus alegrías que, si aprendió a divertirse con ellas, a sacar hacia fuera lo mejor que cada una lleva dentro, le permitirán abrir las puertas y ventanas de su propia interioridad, para manifestarla en palabras y en hechos en ese hermoso intercambio de lenguajes que son los cuentos narrados a viva voz y a todo cuerpo.

Si uno fuera gestado y - en el vientre de su madre - creciera acompañado con una hermana: es posible que aprenda a reconocer qué es la solidaridad y, por supuesto, la ausencia de soledad. Y, desde antes de nacer. ¿No les parece?
Nacimos en provincia. Fuimos gestados en muy difíciles situaciones, según nos decían nuestros padres. Siempre nos contaron que, luego de diez años de noviazgo entre ellos y cinco años de casados, nuestra madre había arribado a los treinta y nueve años, una edad, para la época, muy complicada y donde la posibilidad de tener hijos era como efímera. El hecho real era que ahí estábamos, y para muchos tenía un significado enorme. Más allá de toda dudas, para nosotros, también. En lo personal determinó muchos aspectos de nuestro carácter y de nuestra relación hacia, desde y con los otros. Fuimos, por supuesto, tan amados y consentidos como lo que éramos, hijos únicos. Cuidados y protegidos como tales. Y, les aseguro, no sólo en el medio familiar, también, en los primeros años, por el entorno social, por ser los primeros mellizos de nuestra ciudad que habían logrado sobrevivir. Además, éramos ochomesinos. Tengo la seguridad que, todo esto, me ha permitido valorar un oficio que enaltece la solidaridad, la ternura, el amoroso acto de compartir con los otros y, sin dudas, la necesaria aprobación de ellos, los que coparticipan con el narrador de cuentos para que, entre todos, podamos brindarnos una mayor y mejor realidad: la del soñar despiertos, la del imaginar mundos posibles e imposibles para que la vida sea.

Si uno oyera a los contadores de cuentos campesinos, apoyando su oído al vientre materno o atendiendo a las vibraciones que los sonidos de esas voces van provocando en él , y si, además, los viera - utilizando al cordón umbilical como un periscopio - desde ese espacio redondo como el mundo: es posible que aprenda a reconocer el amor a las palabras que se dicen, y a valorarlas como tales, desde el propio instante que comenzó a asomarse a la vida. ¿No es así?

Puedo asegurarles que lo dicho no es una mera recreación cargada de fantasía: en algún rincón de mi memoria, y no muy escondido, se encuentra, y vivo. ¡Y lo recuerdo tan bien!. Y, a partir de ello, tengo muy presente que nací entre cuentos y entre narradores de cuentos. Me acunaron, me amamantaron, me mecieron, me criaron y jugué con cuentos.
Al término de la faena diaria, a golpe de las seis de la tarde, se congregaba la familia y el personal de la hacienda en un círculo alrededor del fuego, que estaba encendido en el patio trasero, en el verano; o, en un semicírculo cuyo centro era la encendida cocina de hierro, en el invierno.
Era el momento previo a la cena, y la preparación del reposo nocturno. Pero, también, los instantes de compartir, aunque más no fuera, lo vivido en la jornada de trabajo recién culminada.
Y era el tumulto de voces, de colores, de emociones. Hasta que una sensación de entrega, de comunión, de calor compartido, crecía entre nosotros.
Uno de los hombres, con un cigarro ”apagado” entre los dedos de su mano izquierda, y una larga y delgada rama en la otra mano, se acercaba al fuego. Comenzaba a atizarlo. Y se iniciaba el silencio de todos.
Inmediatamente, con la pequeña rama encendida, “prendía” el cigarro. El silencio crecía: era el momento de contar un cuento. Una invisible y silente campana nos envolvía.
La voz del hombre, alzándose o susurrando, comenzaba a decir: “A mí me dijeron...” o, “Fulano anda diciendo...” o, “He oído por ahí...”. Nunca: “Había una vez”... por lo cual siempre he vinculado al contar cuentos con un momento de recogimiento y fascinación y, sobre todo, con un intenso acto de comunicación personal, donde lo relatado era –y ya nunca dejaría de serlo– una parte de cada uno, una parte de todos los congregados, con una invitación a un viaje emocional y sensorial desde, con y por las palabras que se dicen.

Si uno comenzara su vida escolar en una escuela granja con dos maestras enamoradas de los cuentos, de la poesía, de su profesión y de un abogado, una, y un militar, la otra: es posible que aprenda a aceptar las similitudes y las muchas diferencias existentes entre los seres humanos. ¿No les parece?

En el Km. 13, desde la salida de la capital del departamento de Treinta y Tres, por la vía de la Carretera Panamericana hacia la ciudad de Melo, la capital del departamento de Cerro Largo, se encontraba la Escuela del Paso de La Calera. Desde la casa de la Estancia, la hacienda donde vivíamos, se veía sobre la lomita, a la distancia. Anelita Alsa Moreno, unos años después de Cuadrado, no sólo fue nuestra maestra, junto a Lilita Rodríguez, después de Gadea. Ellas atendían los tres primeros años (grados) de la primaria en dicha escuela rural, en dicha “Escuela Granja”. Nos enseñaban las primeras letras a través de los poemas de Lorca, Hernández, Alberti, Machado, Neruda. También, nos acompañaban a dar los primeros pasos, y hasta -¡oh, maravilla!- entender de física, de química, de matemáticas y, por supuesto, del cuidado del jardín y de la huerta, de los bailes tradicionales de nuestro país, y de otros países de Nuestra América y el mundo, de los juegos, los cantos y, sobre todo, del amor a la vida, desde el ejemplo de su profesión como maestras normalistas, asumida a toda entrega.
Después pasaron los años. Vino el tiempo de los camaleones: el de los mentirosos y de los mentidos. El tiempo de los clandestinos, de los exilios, de las prisiones, las desapariciones o la muerte. Esas cinco opciones que los generales uruguayos nos dieron desde el poder, desde su “sistema de desvínculos”. Esas cinco opciones que, como los cinco dedos de una enorme mano negra cerraron, apretándolo, al corazón de nuestro país. Y, se dice que… Al resto de esta historia, no es difícil imaginarla. ¿Verdadera? ¿Falsa? Yo que conocí a todos, quiero darme el margen de la duda. De toda la duda que siempre tiene un “se dice” y, por ello, no la repito, ni la repetiré. Además, por el honor de todos. Por los que están vivos y, sobre todo, por la memoria de los que partieron. Aunque hubo mucho horror para olvidarla. Muchas dudas que se le atraviesan a uno entre las lágrimas. Muchos recuerdos que lo estrujan y lo afectan. Silenciarla, no resuelve. Pero, decirla, tampoco. Así la dejo.

Si uno pasara a vivir - apenas de ocho años - a una ciudad, frente a la casa de una pareja de ancianos, hermanos, solterones, hacedores de jardines y de huertas, lectores entusiastas y echadores de cuentos y si, además, notara la soledad que les acompañaba y uno no tuviera abuelos: es posible que los adoptaras como tales, alimentando - sin dudas - sus propios sueños. ¿No es así?

Entonces vino el traslado a la ciudad. Y, con ello los abuelos, los nuevos maestros y los pintores. Que es como decir: la hora de los cuentos, la hora de las lecturas, los colores: la hora de las historias reales y fantásticas narradas a viva voz: la de las letras leídas, con sus múltiples posibilidades para permitirles permanecer a las palabras y, la de las telas, las pinturas, los pinceles, que son otros de los modos que tienen los seres humanos para continuar entre todos.
Con los abuelos descubrí nuevos mundos de cuentos. Mi hermana y yo, que habíamos perdido a nuestros abuelos de sangre, “adoptamos” a una pareja de ancianos - Lucrecio y Felipa Veloz, hermanos y solterones – frente a cuya casa pasamos a vivir. Fueron los abuelos que conocimos, que reconocimos.
Ella cultivaba un jardín, el más grande de la ciudad, a donde concurría a comprar las damas y señoritas del pueblo para engalanar bautizos, cumpleaños y
casamientos. También los caballeros, en menor escala, y avergonzados de ser vistos en esos menesteres, pero dispuestos a galantear con sus novias. Él, que había sido un barbero de prestigio y estaba retirado ya, jubilado, cuidaba la huerta que los alimentaba, y colaboraba en la atención del jardín.
Tenían una casa toda llena de historias sobre las constelaciones, la luna, los ríos, el viento... Con ellos aprendí a amar la música de los álamos, los sonidos del agua, el valor de los silencios... A leer a Homero, a Cervantes, a Goethe, a Shakespeare, a Tolstoi, a Quevedo…A amar “La Biblia” y a emocionarme con los “himnos de los dioses”, los “Cantares Mexicanos” y el “Popol Vuh”... Incluso, y casi lo olvidaba, a proteger a “los amigos de la huerta y el jardín”: los sapos y las lagartijas, que proliferaban por doquier.
Y, en la escuela, las lecturas del aula y el recreo. Cuentos, fragmentos de novelas y poesías de “El Tesoro de la Juventud”, “Corazón”, “Pinocho”, “Alicia” -la del País de las Maravillas y la de detrás del espejo– “Gulliver”, Julio Verne, Emilio Salgari, Sir Walter Scott, Antonio Machado, León Felipe, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Delmira Agustín, Rubén Darío, José Martí... La memorización, el recitado, el escenario escolar, y el aplauso.
Unido a lo anterior, a nuestra casa, y a sus alrededores, concurrían alumnos y pintores de la escuela del Museo Departamental –familiares cercanos, entre otros su director, Don Aramís Mancebo Rojas, que había estado casado en primeras nupcias con una prima de mi madre y amigos– que para que no les molestáramos en su trabajo nos entregaban cartones, telas, pinturas y pinceles. Nos daban otra mano para que abriéramos las puertas de los sueños. Y sus ventanas, también.

Si uno realizara sus años escolares y los comienzos de su adolescencia en una ciudad que se llama Treinta y Tres, bañada por las orillas de un río, pequeño de cauce y corazón muy grande, atravesado por tres puentes: es posible que creara los vínculos para llegar a otros lugares del mundo. ¿No les parece?

El nombre de la ciudad donde nací es de cuento, y siempre me lo preguntan, porque muchos dudan que exista la posibilidad de un nombre así. Aunque basta mirar en cualquier mapa o planisferio para comprobarlo. La ciudad, tanto como el departamento, reciben el nombre de la Cruzada Libertadora, integrada por treinta
y tres hombres que, bajo el mando del general Juan Antonio Lavalleja, se supone, gestaron la primera independencia de nuestro país. El Río Olimar, con su afluente el Arroyo Yerbal, casi rodean a la ciudad de Treinta y Tres, y parecen dejarla como una isla, cuyo único contacto con el resto de Uruguay, y de nuestro continente, era la Carretera Panamericana que atraviesa al río y la ciudad. Varias veces, en nuestra adolescencia, al recordar unas palabras de Rubén Darío -quien, al referirse a su Nicaragua natal, decía, “Hay países donde se nace para irse”-, nosotros nos preguntamos si ese no era el caso para nuestra ciudad. Lamentablemente, el devenir de los hechos, con toda su cruel y silenciada realidad, nos fue demostrando que la frase se aplicaría no sólo a la ciudad, sino a todo el país. El caso es que, para entrar a Treinta y Tres desde la capital, uno tenía la posibilidad de atravesar a uno de los tres puentes que permiten cruzar al Río Olimar: el Puente Viejo, un puente de madera e hierros, que fue el primero y que, últimamente, sólo permitía el paso de personas a pies, bicicleta o caballo; el Puente del Ferrocarril, de hierro, y creado para el cruce de estas máquinas, mientras se utilizaron; y, por último, el Puente Nuevo, construido en hormigón, es el que corresponde al cruce de la Carretera Panamericana. Los tres puentes están separados por unos pocos metros de distancia uno del otro y generan un paisaje muy particular que, sin dudas, singulariza a nuestra ciudad ante el resto del país. Y, en nuestra infancia, nuestra adolescencia y nuestra juventud les permitieron marchar en nuestros sueños -evitando que se enmoheciera la raíz de nuestra provinciana existencia-, al imaginar una serie de permanentes viajes a todas las parte del mundo. Sabemos de alguien que, hace unos años, desde Venezuela llegó a Uruguay por esa vía para confirmar que el sueño no era tan sueño..

Si uno, además, valorara como la mayoría de sus maestros y profesores lo acercaban a tantos músicos, poetas, pintores y escritores – más de las veces en persona – y, reunidos en un lugar que estaba en una esquina redonda, le compartieran todos sus entusiasmos por una Vaca Azul: es posible que para siempre creyera “en el amor y en el arte como vías hacia el disfrute de la vida perdurable”, antes que Aquiles Nazoa dijera esas palabras ¿No es así?

En ese pequeño pueblo de provincia –en ese “pueblo de campaña”, como nos decía Rubén Lena en una de sus canciones, porque la ciudad de Treinta y Tres del Olimar no es más que eso- recuerdo la presencia de visitantes como León Felipe, Rafael Alberti, Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Atahualpa Yupanqui, Javier Villafañez, Felisberto Hernández, Margarita Xirgú, Marcel Marceau... Y tantos otros que a mi memoria aún regresan en silencio.
También recuerdo que La Vaca Azul fue una realidad constante en nuestra infancia, en nuestra adolescencia. Recuerdo la esquina redonda que la identificaba, y estaba a dos cuadras de lo que se consideraba la salida del pueblo hacia Melo, por la calle que de oeste a este atravesaba la ciudad y era la continuación de la Carretera Panamericana. Recuerdo las paredes amarillentas y descascaradas del comercio. Recuerdo el alto mostrador de fuerte, pesada y ennegrecida madera, desde donde siempre nos atendía “El Rubio” Mila, su dueño. Recuerdo sus mesas y sillas de madera, donde los parroquianos bebían su grapa, o su caña brasilera, mientras jugaban al truco; la casi oscura habitación, muy alta, apenas iluminada por unas lámparas esmaltada que pendían del techo; las telas de araña y el polvo que se acumulaban en ellas, en el enorme ventilador central y en los rincones; el permanente olor a humedad, y de granos y verduras fermentadas, que cubría todo el local. Recuerdo la ridícula forma de la vaca hecha en papel maché que reposaba en un extremo del mostrador y pintada de azul, tan ingenua como el cartel de madera, con unas letras y una vaca azul que parecían hechas por un niño, colocado a su entrada. Recuerdo, también, algunos de los partidos protagonizados por el equipo de fútbol, fundado por profesores, maestros, artistas y obreros convencidos del adagio “Mente sana en cuerpo sano” y que se reunía allí en ese comercio. Incluso no puedo olvidar que, con tres o cuatro años, en un campeonato departamental, me vistieron con su uniforme, para participar como mascota; como no puedo olvidar que algunos de ellos, de los integrantes de ese equipo, fueron mis maestros en la escuela, mis profesores en la secundaria o, simplemente, amigos; ni que tenía ese mismo nombre, sólo diferenciado –como corresponde a los grandes campeones- por el artículo: El Vaca Azul.
Y por ellos, por nuestros recuerdos y por la permanencia en nuestro corazón, de quienes alimentaron nuestros sueños, estoy seguro que amo, creo y defiendo “la ternura, el humor y la capacidad de asombro del ser humano, como fuerzas creativas para ser cada vez mejores”. Por ello, y por ellos, hago y seguiré haciendo lo que hago en esta vida: por ello, y por ellos, cuento. Y por cada uno de ustedes. Convencido del acto solidario de narrar cuentos con el cuerpo completo y la voz al aire. Convencido del “amar y ser amados” que ello implica.

Si uno, cuando su padre lo quisiera médico o militar, como él hubiera deseado serlo, y tuviera que aceptarle, a regañadientes, que tan sólo se hiciera contador público: es posible que así, de una, decidiera ser no más – ni mucho menos - que un Profesor en Literatura, para defender la vida – la suya y la de otros – al participar de las muchas alternativas de la palabra viva. ¿No les parece?

Mi adolescencia fue complicada. Quizás no más que la de cualquiera, estoy casi seguro. Eso sí, si no fue fácil para mí, menos lo fue para mi padre. Para medir lo dicho, bastaría con componer algunas piezas de este rompecabezas. Mi tercer y cuarto año de secundaria lo realicé en el Liceo Militar, en Montevideo, en los años 1960 y 61. No fue una elección en la cual él no hubiera estado implicado, temeroso de las influencias que pudieran ejercer algunas de las personas que comencé a frecuentar por mis inclinaciones a la pintura y la escritura. Al perder el examen de ingreso a la Escuela Naval por una miopía incipiente, regreso a la vida civil en mi ciudad de provincia, y recupero las amistades y relaciones con pintores, escritores y actores. Por la recomendación de mi padre, que de nuevo acepté, me inscribí en la Preparatoria para una carrera de porvenir en ese momento: Ciencias Económicas, y no en la de Medicina, como era su deseo. Pero, escribía, recitaba, pintaba, leía mucha literatura, motivado por los docentes y artistas amigos. Además, para su disgusto, comenzaba a realizar talleres de teatro. Es decir, todo bien alejado de la carrera de Contador Público. Al culminar mis estudios -luego de tres años, por las veces que perdí los exámenes de Matemáticas-, con el apoyo de mi madre y de unos profesores amigos, logramos convencerlo para que me permitiera ingresar a la Facultad de Humanidades, en la Licenciatura de Letras. Año muy difícil ese de 1965 para un estudiantes no muy convencidos de su vocación como investigador, unido a la convulsa situación política que, paso a paso, se acrecentaba en Uruguay. Al regresar a la ciudad de Treinta y Tres, resuelvo quedarme a estudiar Magisterio, mientras hago teatro, dibujo, pinto y escribo. Al mismo tiempo, me preparo como asistente en la docencia en Literatura, dado que se necesitarían nuevos profesores por la reforma educativa a aplicarse desde ese año de 1966. Fue un año de búsqueda y encuentros. Recién cuando asumo, en 1967, mis primeros grupos como profesor, descubro que mi verdadera vocación es la docencia y la narración oral de cuentos.

Si uno tuviera que aprender que su país - una tasita de plata, una Suiza de América – dejó de ser lo que fue (¿o lo llevaba dentro?) para convertirse en un cuerpo golpeado, más triste, más gris, más viejo y con una herida enorme en su confianza: es posible que uno tuviera la posibilidad de sobrevivir. Y no para contarlo - que en esos casos es lo de menos - sino para darse más vida, que es como decir, para vencerle su labor a tanta muerte. ¿No es así?

Los oscuros años del sur de nuestro continente aún nos golpean y lastiman en la memoria; peor, aún nos hieren la confianza. Para esa época casi no quedó una familia en Uruguay que no tuviera, al menos, un familiar preso, uno detenido, uno requerido, un muerto y un desaparecido. Y, no uno en alguna de esas situaciones, sino en las cinco, que se abrían como los extendidos dedos de la terrible mano, defensora de una dictadura asesorada y entrenada en el ejercicio de la muerte, y que se cerró sobre todo el país, invadiendo la interioridad de cada institución, cada agrupación, cada una de nuestras familias e, incluso, de cada uno de nosotros.
Sobrevivir silenciados en ese medio no fue servil, pero tampoco heroico: fue una posibilidad que nos brindó la vida. Mantener el resentimiento y el dolor, desde ahí y para siempre, pudo ser una respuesta, pero no la única. No olvidarla para no repetirla, pudo ser otra de sus posibilidad. No olvidarla para brindar más vida, una necesaria realidad que hemos asumido. Y por ella, sin dudarlo, también cuento.

Si uno pasara a vivir en otra tierra que - como un divertido elefante al norte del sur de Nuestra América – fuera más alegre, más luminosa, más joven y con una sonrisa enorme, solidaria, lo acogiera como a su familia: es posible que encontrara un espacio revitalizador para sus palabras, por él, sus hijas, sus amigos y los otros. ¿No les parece?

Los exilios no son bonitos, lo sabemos en los comentarios de nuestros familiares, y de los familiares de nuestros amigos, que emigraron desde mediados del siglo diecinueve a “La América”, Como lo sabemos desde su significado, desde su cruda y sencilla realidad: la de arrancar de raíz muchas cosas. Pero, en lo personal no puedo quejarme por lo recibido en este país, desde el comienzo de nuestra estadía. No sólo porque fue como pasar desde lo inquieto y silenciado de una noche oscura a la movida y calurosa claridad del mediodía; ni porque desde que llegamos, en 1978, logramos unas posibilidades profesionales y económicas que nos hubieran llevado muchos años para concretarlas, dado las situaciones personales que estábamos viviendo en el sur; lo es, y mucho, por la actitud muy solidaria, y por la amabilidad de su gente. Creo que será suficiente ejemplificarlo con un suceso que nos tocó vivir. Recuerdo que, apenas habíamos llegado a Venezuela, nos alojamos como unos tres meses donde un paisano que nos prestó dos habitaciones de su hogar, hasta que pudiéramos alquilar algo. Una semana antes de la Navidad, nos mudamos al primer apartamento, solos. Para la Noche Buena, comenzaron a llamarnos reiteradas veces para que bajáramos a la fiesta. No valió de nada todas las veces que le señalé y le aseguré, a quien lo hacía, que no conocíamos a nadie porque éramos recién llegados al edificio. Ante tanta insistencia, bajé. Con la mano extendida, y una gran sonrisa en su amigable rostro, se acerca el Presidente de la Junta de Vecinos, que me dice:
-Nosotros sabemos que ustedes son una familia recién llegada de Uruguay, y como hoy es el día de la familia, los queremos saludar como tales.

Si uno comenzara a extender sus arrancadas raíces hacia la nueva tierra, para alimentarse, trabajando con lo que siempre supo, los papeles - empapelando paredes, ilustrando en libros y periódicos, vendiendo libros para una editorial, o escribiendo cuentos y poemas – hasta redescubrir el uso oral de las palabras: es posible que volviera a lo que siempre quiso, la docencia, contando cuentos en los colegios hebreos y, por ellos, llegara hasta la maravillosa posibilidad de multiplicar los sueños - los suyos, los de su familia, los de sus amigos y los sueños de los otros - con una cátedra de la palabra viva en una universidad católica y hasta visitara, antes y después, varios países participando en talleres, encuentros y festivales con el arte escénico de narrar cuentos. ¿No es así?

Estas partes de mi vida –desde los inicio de mi adolescencia, hasta los pasos vividos en esta etapa en la que logro reencontrarme, a conciencia, en el camino de mi oficio: el de docente y narrador oral-, son de cuentos y, como todo cuento, tiene su envés, en el sentido real, y su revés, en el figurado. Como tiene lo intrincado y misterioso de su trama, el malestar de sus penas y la satisfacción de sus alegrías. Pero, si uno se lo permite, el exquisito y sabroso aroma y sabor de sus ternuras en cada una de estas situaciones. Porque, todos lo sabemos, las rosas aparecen después de las espinas, pero ambas están ahí ¿para que aprendamos a disfrutarlas mejor?. Y no es un mero y burdo aliciente. Es reconocer, simplemente, que a la vida se la vive con más vida, sobre las raíces oscuras y los tallos espinosos, ¿verdad?.
Como el desarrollo de los aspectos señalados en este apartado, aparecerán
más adelante, en los Capítulos II y III, creo innecesario mencionarlos ahora. Baste, por ahora, lo dicho aquí.

Si uno oyera los latidos de su propio corazón – como siempre nos han dicho los abuelos – y atendiera a todo lo que hemos dicho – más por hecho, por vivido - sólo le faltaría agradecer su vida que le ha contado el más hermoso de los cuentos: el aceptar vivirla. ¿No les parece?

Posiblemente, sea ésta una de las actitudes a asumir por cualquier ser humano. Sobre todo, porque le permitirá vivir a plenitud en su entorno social, profesional, familiar e íntimo. Al menos, es la asumida por mí, y por muchos de los maestros, profesores, familiares y amigos que me orientaron y apoyaron, directa o indirectamente, en lo poco o mucho que he logrado ser. Me funcionó. Aunque no soy concluyente, no pretendo asegurar que funcione para todos.
Más aún, todo lo propuesto y expuesto en nuestro trabajo ha sido fruto, entre otros factores, de la lectura permanente de textos sobre el oficio, de la experiencia observada en otras propuestas teóricas, de la experimentación personal y de la observación, adecuación y ajuste permanente de lo sucedido con nosotros, y con los otros, en el ejercicio constante y vivo – por ello cambiante – de las palabras que se dicen. Nos hemos divertido, nos divertimos, y nos divertirá siempre, el hacerlo. Esperamos que a ustedes les suceda lo mismo. Por mi disfrute pero, sobre todo, al ver el disfrute de ustedes. Se los aseguro, con mucho afecto.