Clarissa, la vaca azul

Clarissa, la vaca azul
paseando por el campo

viernes, 10 de junio de 2011

Oralidad y literatura

Vista del Río Olimar, Treinta y Tres, Uruguay. Foto de Martha Machado Martínez.

            Precisa como figura retórica, hermoso como signo estético, así recuerdo el pasaje de “2001. Odisea del espacio”- la maravillosa película de Stanley Kubrick- donde un antropoide, después de recoger una mandíbula del suelo, golpea con ella el cráneo de un enemigo que cae abatido. Lo golpea con ese objeto recién descubierto como arma que, en uno de esos golpes, es lanzado hacia arriba y vuela alto, alto, alto sobre un cielo intensamente azul, hasta convertirse en una nave del espacio.
            Del alba de la humanidad se pasa, en ese vuelo, al espacio: de una era a otra, sobrevolando la de en medio. Hermoso encuentro en lo retórico y en lo estético, no en lo cultural. En un sentido estricto el salto a lo humano propuesto sigue siendo, básicamente, el que durante mucho tiempo los teóricos de la cultura pensaban: los utensilios, las herramientas, establecen la línea de demarcación entre la cultura y la naturaleza, entre lo instintivo y lo aprendido, entre la herencia biológica y la tradición externa que convierte al ser humano en miembro de una determinada comunidad. ¿Derivado inmediato de un pragmatismo trasnochado? ¿Necesaria concepción del mercantilismo para justificar su propio desarrollo, sus ataduras? Interrogantes que, quizás, algunos teóricos ni las pensaron. Ni tienen por qué ser ciertas. Y, en Kubrick, ni lo dudo, no eran su idea. Para confirmarlo, véase cualquiera de sus otras películas.
            Hoy por hoy se ha cambiado de opinión: es el lenguaje articulado el umbral de la humanidad. Con el lenguaje se produce realmente el salto, el vuelo. La lengua, por diferentes motivos, se nos manifiesta como el hecho cultural por excelencia: es parte de la cultura, es el instrumento esencial por el cual la asimilamos, es la manifestación que le sirve de fundamento: es el sistema que traduce todos los demás sistemas, como lo comprobamos en el magnífico viaje al que nos invita Sebastián Serrano cuando leemos su libro Signos, lengua y cultura.
            Y lo es aún, quizás, más ahora en el mundo de la cibernética- (no nos olvidemos que en “2001. Odisea del espacio” lo primero que se oye, realizado el salto, además de “El Danubio Azul”, uno de los temas musicales de la película, es la voz de la computadora protagonista)- en este mudo de la oralidad secundaria, y de estos cambios en los sistemas de comunicación  que, aún dependen de la escritura para desarrollarse, como bien lo establece Ong, quien sintetiza el trabajo de varios estudiosos y desarrolla ideas propias para concretar un enfoque enriquecedor, al margen de la actitud asumida, aún hasta ahora, por muchos teóricos de la cultura para quienes el término oralidad constituye una paradoja descartable o, cuando más, han escrito fugazmente sobre él, haciéndolo en relación a los estadios “primitivos” del lenguaje, tomando justamente como lenguaje la literatura. He aquí un problema.
            “¡Con los tres ojos bien abiertos!”- como nos decía el abuelo, cuando deseaba despertar nuestra atención sobre lo que iba a decirnos: tengamos en cuenta algunas observaciones a partir de lo que hemos venido señalando hasta ahora, antes de proseguir. La primera: la literatura es, y no dejará de ser, lenguaje; pero el lenguaje no es necesariamente literatura, ni siquiera, sólo escritura. La segunda: el término oralidad, con sus variantes, ha comenzado a aparecer en estos últimos años, aún en las áreas que anteriormente no lo habían tenido en cuenta. Conceptos como literatura oral, tradición oral, lenguaje oral, discurso oral, narración oral y narración oral escénica han pasado al uso frecuente de estudiosos del lenguaje y la cultura, incluso al conglomerado de personas simplemente interesadas. Pero aún no hay una conciencia sobre las diferencias o las irregularidades, que cada uno de esos términos o conceptos pueden confrontar, con los prejuicios evidentes o inconscientes que lleven incluidos. En tercer lugar: aunque este nuevo despertar de la oralidad no se ha dado por obra del espíritu santo, ni por generación espontánea, ni es una innovación pasajera, deberíamos tener en cuenta que, al hablar de oralidad y de literatura, estamos separando dos manifestaciones diferenciadas, dos sub-lenguajes, correspondientes a un arte específico: el arte de la palabra: el arte verbal, como nos propuso una alumna, transformando en algo los conceptos de Tadeusz Kowzan.
            Hemos pretendido hasta ahora, a través de todos los textos anteriores, aproximarnos a las realidades que centellean en la vida misma – coincidan o no con lo culturalmente establecido- “en esta vida que posee tantas cosas huérfanas de palabras que las nombren y, en un acto de libertad, nombrarlas”, como nos dice Laura Devetach desde su arriesgado y comprometido “Oficio de palabrera”.
            Para ello, hemos creído de primera necesidad, revitalizar, dignificar a la oralidad; sentida, pese a los esfuerzos de muchos, aún sin valor, pobre, trasgredida. Como, por supuesto, a su manifestación artística- llámese narración oral, en genérico, o narración oral escénica, en lo específico- que recién viene teniendo espacio y comprensión en los lugares de investigación, en los textos, en los medios artísticos, en las instituciones y en los ámbitos de la vida cotidiana. Revitalizarla, no rescatarla, porque está ahí: como palabra viva, como arte. Aunque no se escriba nunca, aunque parezca que no existe, porque simplemente se dice. Pero está: vivita y coleando.
            También hemos querido revitalizar esos momentos afectivos que se tejen alrededor de las manifestaciones artísticas de la palabra, en sus dos vertientes – complementarias y no excluyentes- la oral y la escrita. “Esos momentos en que las palabras son sólo pretexto para expresar algo más de lo que ellas implican por sí mismas”, como alguien nos dijo, y lo sentimos como nuestro.
            Por último, hemos apuntado, y seguiremos haciéndolo, a que se tenga en cuenta que lo fundamental es no separar oralidad, literatura y vida. Lo que es coherente en lo cotidiano tiene que serlo ante la palabra que se diga, se lea o se escuche. El arte de la palabra – como toda manifestación artística- “es como la vida, nunca es simplemente lo que parece” (Devetach). Y, dentro de ella bulle un universo que, a similitud del cangrejito bailador del cuento puedo hacerlo brotar, como él lo hizo con la piedra oculta en el fondo del mar que quería asomarse al mundo que estaba fuera y, a punta del esfuerzo de años, incluido el de varios cangrejitos bailadores, logró convertirla en el maravilloso Borinquen caribeño.
            Por ello, en estos primeros pasos, hemos compartido tanto sobre el oficio de la narración oral, como manifestación artística, como comunicación, como arte escénico. Lo hemos mostrado con ejemplos, “recetas”, apuntes, “sueltos”, recuerdos, vivencias; lo hemos teorizado...para señalarlo, más que como oficio, como una conducta ante la vida. Dejando las puertas y las ventanas abiertas para los pasos que vienen: una reflexiva comunicación conmigo mismo, con los otros y con nuestros mundos, los espaciales, los afectivos, los culturales. Una maduración de procesos. Y, una seguridad: la de que si nací ser humano, sería lamentable que me dejara engañar por un sistema que, con sus engranajes, intenta mostrarme sólo como médico, ingeniero, banquero, oficinista, escritor, narrador oral...nada más que con un título, con un rótulo, y no como el ser humano que soy. Sistema del cual puedo salirme: basta que como artista de la palabra incorpore no sólo los temas que los tiempos actuales requieren, sino, principalmente, que sea un explorador constante de mí mismo y de mis vías de comunicación con quienes coparticipan de “mis” cuentos narrados a viva voz o me leen; que me arriesgue y comprometa por y con mi oficio. Porque en oralidad y en literatura, como en cualquier actividad humana, las innovaciones surgen cuando el escritor, el narrador o el profesional que sea, con la autenticidad de sus palabras y sus procedimientos, con su ser y con su hacer, inaugura otras formas de recrear la realidad.
                  Vale.

Texto final del libro Reflexiones, apuntes y recuerdos tomados de Los cuadernos de Julio Márez de Armando Quintero (1987-1992-1998)
                                                                       

1 comentario:

Belkys dijo...

Iluminado este texto. Les sigo