lunes, 14 de junio de 2010

Un cuento para divertirnos: De punto



Esto es un punto.
No tan pequeño, para que lo veas bien.
Ni tan grande, como para que no lo confundas con un círculo recortado de una cartulina negra.
O con lo que veríamos por el ojo de buey de un barco pequeño al pasar al costado de un transatlántico. U otra cosa oscura y grande.
Ahora, pregunto, ¿es seguro que todo punto es un punto?
A saber.
Tenemos el punto, también, el punto y coma, que no es lo mismo que “¡Coma!, ¡Y, punto!”; el punto y aparte; el puntoyseguido que, para algunos suena a “suspendido”.
Que para nada es “quedarse en un punto suspendidos”. Y, menos, “suspendidos en un punto”.
Hay un punto sobre la jota. Y un punto sobre la i.
Que, por supuesto, se parecen mucho. Los puntos han de ser primos hermanos. Casi seguro.
Como uno puede detenerse en un punto, hay que tener mucho cuidado de no quedarse parado en uno y sin avanzar. Sigamos.
Hay puntos de hilo, de bordados o de tejidos. Puntos de aguja, de malla, de encaje o de tafetán. Punto por debajo, punto por encima. Punto de cruz y punto cruzado. Eso sí, recuerda, en todos los casos anteriores, hay que pedir auxilio cuando se corre un punto.
Lo que sí es seguro es que no existen puntos dulces. Los puntos son insaboro. En todo caso, toman el sabor del papel que los contiene. O el de la tinta que los trazó o imprimió.
Por ello no podemos hablar de dulces puntos. A no ser en poesía. Pero existen dulces a punto, punto de caramelos y punto de nieve.
Hay un punto de partida y un punto de llegada.
Existe el punto muerto y el punto cero.
También, un punto de mira y un punto de vista. Que no son lo mismo.
Aunque algunos, muchas veces, intentan que lo parezcan.
Hay un punto de más y un punto de menos.
Y, hasta uno puede andar de punto en blanco.
Y, aunque el diccionario no lo diga todos conocemos, sobre todo en algunas latitudes, los terribles y adolescentes puntos negros.
Como conocemos un punto de congelación, uno de fusión, uno de hervor y hasta el de cocción. Y tenemos, sobre todo a ciertas edades, un punto crítico, uno filosófico, uno teológico, uno de apoyo y hasta un punto crudo.
Podemos, incluso, llegar a punto o estar a punto.
¿Has comprendido que no todo punto es simplemente un punto?
Te lo dejo para que lo pienses. O, al menos, lo imagines.
No tienes que estar de acuerdo conmigo.
Lo hablamos en otro momento. ¿Te parece?
Porque, por ahora, yo también he llegado al punto de saturación.
Punto final.

Texto de Armando Quintero de la serie "Divertimentos".

Un texto para leer y conversar: El móvil de Hansel y Gretel por Hernán Casciari (*)


Tomada del albun: Ilustraciones de Ricardo Blotta, que firma Blota. http://ricardo-blotta.artelista.com/

El móvil (el celular) de Hansel y Gretel por Hernán Casciari (*)

Anoche le contaba a la Nina un cuento infantil muy famoso, el Hansel y Gretel de los hermanos Grimm. En el momento más tenebroso de la aventura los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer. Mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: “No importa. Que lo llamen al papá por el móvil”.

Yo entonces pensé, por primera vez, que mi hija no tiene una noción de la vida ajena a la telefonía inalámbrica. Y al mismo tiempo descubrí qué espantosa resultaría la literatura —toda ella, en general— si el teléfono móvil hubiera existido siempre, como cree mi hija de cuatro años. Cuántos clásicos habrían perdido su nudo dramático, cuántas tramas hubieran muerto antes de nacer, y sobre todo qué fácil se habrían solucionado los intríngulis más célebres de las grandes historias de ficción.

Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica, en cualquiera que se le ocurra. Desde la Odisea hasta Pinocho, pasando por El viejo y el mar, Macbeth, El hombre de la esquina rosada o La familia de Pascual Duarte. No importa si el argumento es elevado o popular, no importa la época ni la geografía.

Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica que conozca al dedillo, con introducción, con nudo y con desenlace.

¿Ya está?

Muy bien. Ahora ponga un teléfono móvil en el bolsillo del protagonista. No un viejo aparato negro empotrado en una pared, sino un teléfono como los que existen hoy: con cobertura, con conexión a correo electrónico y chat, con saldo para enviar mensajes de texto y con la posibilidad de realizar llamadas internacionales cuatribanda.

¿Qué pasa con la historia elegida? ¿Funciona la trama como una seda, ahora que los personajes pueden llamarse desde cualquier sitio, ahora que tienen la opción de chatear, generar videoconferencias y enviarse mensajes de texto? ¿Verdad que no funciona un carajo?

La Nina, sin darse cuenta, me abrió anoche la puerta a una teoría espeluznante: la telefonía inalámbrica va a hacer añicos las nuevas historias que narremos, las convertirá en anécdotas tecnológicas de calidad menor.

Con un teléfono en las manos, por ejemplo, Penélope ya no espera con incertidumbre a que el guerrero Ulises regrese del combate.

Con un móvil en la canasta, Caperucita alerta a la abuela a tiempo y la llegada del leñador no es necesaria.

Con telefonito, el Coronel sí tiene quién le escriba algún mensaje, aunque fuese spam.

Y Tom Sawyer no se pierde en el Mississippi, gracias al servicio de localización de personas de Telefónica.

Y el chanchito de la casa de madera le avisa a su hermano que el lobo está yendo para allí.

Y Gepetto recibe una alerta de la escuela, avisando que Pinocho no llegó por la mañana.

Un enorme porcentaje de las historias escritas (o cantadas, o representadas) en los veinte siglos que anteceden al actual, han tenido como principal fuente de conflicto la distancia, el desencuentro y la incomunicación. Han podido existir gracias a la ausencia de telefonía móvil.

Ninguna historia de amor, por ejemplo, habría sido trágica o complicada, si los amantes esquivos hubieran tenido un teléfono en el bolsillo de la camisa. La historia romántica por excelencia (Romeo y Julieta, de Shakespeare) basa toda su tensión dramática final en una incomunicación fortuita: la amante finge un suicidio, el enamorado la cree muerta y se mata, y entonces ella, al despertar, se suicida de verdad. (Perdón por el espoiler.)

Si Julieta hubiese tenido teléfono móvil, le habría escrito un mensajito de texto a Romeo en el capítulo seis:

M HGO LA MUERTA,
PERO NO STOY MUERTA.
NO T PRCUPES NI
HGAS IDIOTCES. BSO.

Y todo el grandísimo problemón dramático de los capítulos siguientes se habría evaporado. Las últimas cuarenta páginas de la obra no tendrían gollete, no se hubieran escrito nunca, si en la Verona del siglo catorce hubiera existido la promoción “Banda ancha móvil” de Movistar.

Muchas obras importantes, además, habrían tenido que cambiar su nombre por otros más adecuados. La tecnología, por ejemplo, habría desterrado por completo la soledad en Aracataca y entonces la novela de García Márquez se llamaría ’Cien años sin conexión’: narraría las aventuras de una familia en donde todos tienen el mismo nick (buendia23, a.buendia, aureliano_goodmornig) pero a nadie le funciona el messenger.

La famosa novela de James M. Cain —’El cartero llama dos veces’— escrita en 1934 y llevada más tarde al cine, se llamaría ’El gmail me duplica los correos entrantes’ y versaría sobre un marido cornudo que descubre (leyendo el historial de chat de su esposa) el romance de la joven adúltera con un forastero de malvivir.

Samuel Beckett habría tenido que cambiar el nombre de su famosa tragicomedia en dos actos por un título más acorde a los avances técnicos. Por ejemplo, ’Godot tiene el teléfono apagado o está fuera del área de cobertura’, la historia de dos hombres que esperan, en un páramo, la llegada de un tercero que no aparece nunca o que se quedó sin saldo.

En la obra ’El jotapegé de Dorian Grey’, Oscar Wilde contaría la historia de un joven que se mantiene siempre lozano y sin arrugas, en virtud a un pacto con Adobe Photoshop, mientras que en la carpeta Images de su teléfono una foto de su rostro se pixela sin remedio, paulatinamente, hasta perder definición.

La bruja del clásico ’Blancanieves’ no consultaría todas las noches al espejo sobre “quién es la mujer más bella del mundo”, porque el coste por llamada del oráculo sería de 1,90€ la conexión y 0,60€ el minuto; se contentaría con preguntarlo una o dos veces al mes. Y al final se cansaría.

También nosotros nos cansaríamos, nos aburriríamos, con estas historias de solución automática. Todas las intrigas, los secretos y los destiempos de la literatura (los grandes obstáculos que siempre generaron las grandes tramas) fracasarían en la era de la telefonía móvil y del wifi.

Todo ese maravilloso cine romántico en el que, al final, el muchacho corre como loco por la ciudad, a contra reloj, porque su amada está a punto de tomar un avión, se soluciona hoy con un SMS de cuatro líneas.

Ya no hay ese apuro cursi, ese remordimiento, aquella explicación que nunca llega; no hay que detener a los aviones ni cruzar los mares. No hay que dejar bolitas de pan en el bosque para recordar el camino de regreso a casa.

La telefonía inalámbrica —vino a decirme anoche la Nina, sin querer— nos va a entorpecer las historias que contemos de ahora en adelante. Las hará más tristes, menos sosegadas, mucho más predecibles.

Y me pregunto, ¿no estará acaso ocurriendo lo mismo con la vida real, no estaremos privándonos de aventuras novelescas por culpa de la conexión permanente? ¿Alguno de nosotros, alguna vez, correrá desesperado al aeropuerto para decirle a la mujer que ama que no suba a ese avión, que la vida es aquí y ahora?

No. Le enviaremos un mensaje de texto lastimoso, un mensaje breve desde el sofá. Cuatro líneas con mayúsculas. Quizá le haremos una llamada perdida, y cruzaremos los dedos para que ella, la mujer amada, no tenga su telefonito en modo vibrador. ¿Para qué hacer el esfuerzo de vivir al borde de la aventura, si algo siempre nos va a interrumpir la incertidumbre? Una llamada a tiempo, un mensaje binario, una alarma.

Nuestro cielo ya está infectado de señales y secretos: cuidado que el duque está yendo allí para matarte, ojo que la manzana está envenenada, no vuelvo esta noche a casa porque he bebido, si le das un beso a la muchacha se despierta y te ama. Papá, ven a buscarnos que unos pájaros se han comido las migas de pan.

Nuestras tramas están perdiendo el brillo —las escritas, las vividas, incluso las imaginadas— porque nos hemos convertido en héroes perezosos.

Tomado de orsai
http://orsai.es/2008/10/el_movil_de_hansel_y_gretel.php

(*) Periodista argentino, autor de "Más respeto que soy tu madre" que interpreta con éxito el actor cómico Antonio Gasalla.

viernes, 4 de junio de 2010

¿Has visto al león?


Un nuevo libro de Armando Quintero en OQO
¿Has visto al león?
Armando Quintero & Géraldine Alibeu

12,50 € | 978-84-9871-231-5
48 págs. | cartoné | 25x23 cm |
mayo 2010

—Has visto al león?
–preguntó la rana–.
Le traigo una carta
que huele a hierba fresca
y a flores recién cortadas.

A través de esta fórmula, cargada de lirismo, que la rana repite a cada uno de los animales con los que se encuentra, este álbum completa página a página una especie de puzzle de criaturas de la selva, cuyas respuestas se convierten en pequeñas pistas.

En ellas se revelan detalles que llevarán al incansable anfibio a averiguar el paradero del león, al tiempo que incrementan su curiosidad, la de los habitantes de la selva y también la del lector por descubrir el motivo por el que sólo corre y corre; ni caza ni come y, sobre todo, su fijación por alcanzar la Luna.

El escritor uruguayo-venezolano Armando Quintero tiene una larga y reconocida trayectoria como narrador oral. Esta experiencia es evidente en la tensión narrativa que construye en ¿Has visto al león?, álbum que supone su segunda colaboración con OQO tras inaugurar con Caracoles la colección para primeros lectores nanOQOs.

El extraño comportamiento del león intriga a todos: alcanzar la Luna parece la pretensión de un loco o la proeza de un enamorado. Con el objetivo de reflejar su desconcierto, la ilustradora Géraldine Alibeu presenta a los animales de la selva en actitudes estáticas y reduce al límite la paleta de colores. Así, transmite la incapacidad de éstos, incluida la rana, para explicar lo que le sucede al león y que temen trastornado.

Por el contrario, Alibeu reserva para el león las ilustraciones en movimiento y con mayor cromatismo. De este modo, busca crear una atmósfera en la que se respire su urgencia y el motivo amoroso de la misma. Además, estas imágenes no tienen texto, con lo que el lector debe entrar en el terreno de las suposiciones para desentrañar lo que le ocurre al turbado Rey de la Selva.

La ilustradora francesa se suma al juego de que el lector sea uno más en este periplo investigador y pueda reconocerse, como si fuese su álter ego en ese pequeño nativo masai de constante presencia en el libro. Este niño sigue el devenir de la historia relajado y feliz pero muy atento, como todos los que se adentren en este collage plástico y narrativo que muestra como las más hermosas demostraciones de amor no exigen épicas hazañas.

Texto de Armando Quintero
Ilustraciones de Géraldine Alibeu

Tomado de http://www.oqo.es/editora/es/content/¿has-visto-al-león

Tema de narración oral: Arrollar la realidad al narrar cuentos



Hace unos pocos días narrábamos, con Tiago de Jesús García, en el reciente Encuentro Pedagógico que se realizó en la Universidad Católica de Caracas.
La emoción crecía, como siempre, ante los rostros extasiados de los niños y jóvenes que seguían la mirada de asombro al descubrir al pequeño unicornio azul con alas del cuento “Puño al aire” posado en la palma de mi mano. Luego, continuábamos con el suave levantar de su vuelo. Ahí, nuestra mirada y la del público, seguían su recorrido y lo veían en su retorno a la palma de la mano y su despedirse para ir hacia un viaje, sin saber con claridad su destino. Allí, en ese momento, recordé un fragmento del cuento de Francisco (Paco) Espínola “¡Qué lástima!”. Lo transcribo a continuación.

“Y vuelta a aparecérsele a Sosa el carro y la yegua tordilla. Y vuelta a llevarlos, ahora ufano y dichoso, hacia su compañero.
- Usté, Juan Pedro, cuando quiera la yegua, va a mi casa y la saca. ¿Fuma otro, Juan Pedro?
Juan Pedro, ya con las manos muy torpes, lió un cigarro, encendió y dejó que saliera libremente, de toda la boca, el humo.
- Usté, cuando la precise, va, no más a mi casa y saca la yegua…Y si yo no estoy, la saca lo mismo.
Vaciló. La realidad no daba más y su ardiente pasión quería más todavía. Y arrolló la realidad. Y salió al otro lado, terriblemente amoroso, diciendo:
- Y si la yegua no está…¡usted la saca, lo mismo!”.

Don Francisco Espínola, (1901-1973), como el excelente narrador uruguayo que es, además de un buen captador de las cosas sencillas de los hombres de campo de su país natal o, al menos, de aquellos hombres de las zonas suburbanas del país, por los años cuarenta a cincuenta del siglo anterior, nos relata una escena común en una pulpería: el encuentro ocasional de dos hombres, Sosa y Juan Pedro. A partir del sentido comentario en voz alta del segundo, “¡Qué lástima, qué lástima, que la gente sea tan pobre!” y, por la ternura que la misma produce en el primero, poco a poco, se van tornando en fraternales amigos. Mientras comparten varias copas de caña y el alcohol los embriaga.
Sosa recuerda que tiene un carrito de pértigo y una yegua para su trabajo de montaraz y de vendedor de leña en el pueblo. Desde un ponerse y ponerlos a la orden, hasta el prestarlos, la situación llega al clímax en esa frase de Sosa: “Y si la yegua no está…¡usted la saca, lo mismo!” que, como muy bien acota Espínola, arrolla la realidad. El amor fraterno y la sinceridad de una entrega amorosa y fraterna lo llevan más allá de lo común. A un “no hacer caso de leyes, respetos ni otro miramientos ni inconvenientes”, como dice el diccionario de la R. A. E. La entrega sincera del alcohólico, que es también la del niño.
Creo que a esos extremos hemos de llegar al narrar oralmente, a esa entrega.
Nuestros abuelos, en este momento lo recuerdo, nos aseveraban que siempre hay que estar muy atento a la sinceridad del niño y del alcohólico. ¡Ojo!, no estoy aseverando que hay que recurrir a la caña u otros medios para lograr una entrega similar. Desde adentro, desde la conciencia del oficio de palabreros que ejercemos. Viendo al unicornio azul con alas para que los otros lo vean.
El arte de narrar cuentos, de muchas y divertidas formas, ha sido, es y será una constante propuesta de arrollar la realidad. Y creemos que esa es una de las maravillosas funciones de un narrador oral. Como creemos que a la misma ha de asumirla con total conciencia en su ejercicio. Si aún no lo ha hecho.

Texto de Armando Quintero

Dos textos de María Teresa Andruetto


Foto de M. T. A. tomada de La Voz, fotografía de José Gabriel Hernández.

Extravío

Sólo enfermando al vecino, es como uno se convence de su propia salud.
Fedor Dostoievsky

Cuando yo era chica, pasaba frente a nuestra casa, en la esquina de Mariano Moreno y Río Negro*, todos los mediodías, un hombre con un pequeño paquete en la mano. Martinato se llamaba (o se llama, porque acaso viva todavía). Aunque no tenía reloj, Martinato sabía siempre la hora exacta. Se decía que vivía contando los pasos, equivalentes a segundos. Si así era, pienso que podía saber con exactitud acerca del tiempo porque a eso -al tiempo- le dedicaba todo su tiempo.

Muchos años después, ya convertida en una mujer grande, tuve por vecino en mi casa de Villa Allende, a un hombre a quien llaman El Caminante. Desde los dieciocho años, edad en la que -eso dicen- murió su madre y él -uso estas experiones sin conocerlas del todo- "tuvo un brote psicótico", el caminante camina -con una gruesa campera, tanto en invierno como en verano- desde la mañana hasta la noche, desde su casa que está junto a mi casa, hasta el cementerio viejo y desde ahí otra vez hasta su casa.

No sé bien por qué estos episodios vienen juntos a mi memoria, acompañando a un tercero: un recuerdo antiguo, fundante para mí, que también tiene que ver con el caminar. Cuando era muy chica y apenas si sabía decir mi nombre me mandaron con un papelito en la mano (un papel escrito por mi madre) a hacer una compra. Supongo que porque era tan chica (o porque por primera vez me habían mandado a hacer una compra) yo temía perderme. Así que caminé mirándome los zapatos, en la creencia infantil -pero no demasiado lejana a la verdad- de que uno está donde están sus pies. Y de tanto mirarme los pies, me distraje de otros menesteres y me perdí. Me encontró el cartero, un hijo del Maestro Bono, me preguntó si mi mamá se llamaba Cleofé, me cargó en el canasto de las cartas que estaba adosado a su bicicleta y me llevó de regreso a casa.

¿Qué tienen en común un hombre extraño, un enfermo y una niña distraída?¿ Qué los separa? No sé si el recuerdo es tan vívido para mí porque llevaba en la mano la letra de mi madre, o porque descubrí que era hija de una mujer que tenía un nombre inusual, o porque quien me llevó a casa era el hijo del Maestro (había una sola persona en mi pueblo de quien pudiéramos decir simplemente: el maestro) o porque aquel hombre me puso en el canasto donde se llevan los mensajes, o porque tuve conciencia por primera vez del extravío. De hecho, Extravío es la palabra con que titulé un poema construido a partir de ese recuerdo, tantos años después.

Ya lo dice el lenguaje popular: hay que estar bien plantado, hay que vivir con los pies en la tierra, por contraposición a andar con la cabeza en las nubes. Oscilación entre el deseo de extraviarse y el esfuerzo por seguir pegado a la realidad. En ese oscilar que a veces asusta, que a veces abisma, está el momento de creación. Sé que hay límites entre la salud y la falta de ella (allí donde usted nada, ella se ahoga, le habían dicho a Joyce -creo que se lo había dicho Freud- en relación a su hija Lucía), pero ¿dónde están esos límites?, ¿hasta dónde uno puede extraviarse y regresar cuando quiere a casa?. ¿Hasta dónde alguien que transporta las palabras puede encontrarnos (o hacer que nos encontremos) y llevarnos consigo en su canasto hasta donde estemos a salvo?

(*) En Oliva, pueblo donde me crié y sede del Asilo de Alienados Colonia Dr. Emilio Vidal Abal.

Mentir

Un escritor es un hombre que miente.
Abelardo Castillo

¿Qué puede hacer una niña tímida, que tiene nariz grande, piernas flacas, ropa deslucida y que se sabe invisible para sus compañeras de grado? ¿Qué puede hacer esa niña a la que su madre ha contado cuentos cuando ella era la niña de la niña que hoy es, sino leer, leer desaforadamente todo lo que hay en su casa? ¿ Y qué hay en su casa?.

Una mezcla de Twain y D´Amicis, de Stevenson y Tagore, de Dumas y Olegario Andrade, de Collodi y Kempis, una edición bellísima de El Quijote, varios Shakespeare en las ediciones populares de Tor, una Divina Comedia, un Decamerón, muchos libros sobre cooperativismo, muchas biografías y relatos de viaje, una colección de literatura política argentina que tiene desde Alberdi a Monteagudo, desde Moreno a Mansilla, con todo Sarmiento y todo Echeverría y, sobre todo, mucha y buena literatura informativa, enciclopedias, diccionarios, historias universales y argentinas, historias de la música, del arte, de la fotografía, de la filatelia... porque no era la literatura sino el conocimiento lo que primaba en la casa y había que saber cómo se hace cada cosa, cómo está compuesto el universo, cómo se generó la vida en la tierra... porque los libros tenían un sentido utilitario y tal vez no hiciera falta leer una novela, pero cómo ignorar la evolución de la pintura desde Altamira hasta Picasso. Y yo, la niña que yo era, iba por esos libros con el mismo desparpajo, con la misma irreverencia con que transitaba por las fotonovelas - Nocturno , Chabela , Idiliofilm - que había en la casa de mi amiga Rosa, o por las hojas teñidas de sangre de la revista Así* en las que el carnicero envolvía la carne que me habían mandado a comprar. Todo tenía para la imaginación de mis ocho, diez años, el mismo valor, porque yo iba por esos libros y diarios y revistas, buscando historias para contar a mis compañeras de grado, historias que, mentirosa, relataba como propias. Iba a la escuela cada mañana y, en el recreo largo, me sentaba en un banco de cemento, en el patio, y contaba algo que había leído el día anterior, una historia que alargaba o modificaba a mi antojo, para agregar suspenso o acabar a tiempo para regresar al aula. Ellas no sabían que se trataba de episodios robados a los libros, y yo sentía por eso una inmensa vergüenza, pero lo mismo contaba, como un vicio cuya marcha no podemos detener, yo contaba. Lo que no había comprendido aún era que en aquellas historias narradas para que me quisieran mis compañeras de grado, yo estaba ejercitándome ya en esta pasión, en este delicado hacer, en esto que Abelardo Castillo llama el oficio de mentir.

* Difundida revista de crímenes, en el estilo de periodismo catástrofe, que circulaba en Argentina en los años sesenta.

Tomados de http://www.teresaandruetto.com.ar/

Narrar cuentos en preescolar y otros niveles de educación


Imagen tomada de Fotos de Muro de Arte Poética.

O cómo captamos la actitud de algunos educadores ante el arte

“La narración oral es de plano despreciada en ámbitos donde debería ser tomada como núcleo en torno al cual giraran otros aprendizajes y disfrutes. Me refiero a los institutos y universidades dedicados a la formación pedagógica, en los cuales no existe una materia que estimule el desarrollo de esa habilidad. En los institutos y escuelas de formación pedagógica, este tema se estudia formalmente, reconociendo la importancia de contar cuentos y de hacerlo bien, pero se trabaja poco en los aspectos teóricos y casi nada en los prácticos. Por ello, contar cuentos no pasa de ser un recurso didáctico de difícil aplicación, y del cual es aún más difícil obtener resultados apreciables. Se acepta en la teoría pero se rechaza en los hechos que contar cuentos pone en juego un sinnúmero de habilidades relacionadas con el manejo de la voz, la expresividad gestual y corporal, la comprensión lectora, la escritura, la respiración, la dinámica grupal, la improvisación, el juego dramático creativo, la imaginación, la resolución de conflictos… siguen las firmas.”
Cita tomada del libro “La intuición de leer, la intención de narrar” del narrador y educador Rodolfo Castro, Croma/Paidós, México, 2002.


El comentario de Rodolfo Castro nos precisa el desprecio generalizado hacia la narración oral de cuentos en muchos de los institutos y universidades dedicadas a la formación pedagógica, casi la mayoría de ellos. Y nos destaca aquello que se manifiesta pocas veces en las palabras pero, muy dolorosamente, mucho en los hechos: la actitud despectiva de varios de los docentes cuando se narra cuentos ante sus alumnos.

Desde mediados de marzo hasta finales del mes recién culminado, como siempre sucede en estas fechas, hemos tenido numerosas actividades de narración oral en varios colegios y algunas universidades.
Es decir, nos hemos presentado para todos los niveles de educación. Y seguiremos haciéndolo para este mes,

La actitud de los alumnos, tanto en preescolar como en los grados superiores, ha sido variada y digna de destacar. Esperemos que ello sirva de reflexión.
Fue muy notoria la experiencia en algunos colegios con aquellos niños a los que no se les lee, ni se les cuenta. Notoria, sobre todo, por el destacado entusiasmo, la atención constante y la evidente y total comprensión de los cuentos que les narrábamos, en los casos contrario: la de aquellos niños acostumbrados a leer y a escuchar cuentos.
En uno de esos colegios tuvimos la maravillosa posibilidad de diferenciarlos.
Entraron juntos los cuatro grupos de alumnos de preescolar. Dos de las educadoras fueron alumnas de nuestro Seminario de Narración Oral y Artes Escénicas y me alegro, notoriamente, descubrir que han continuado y desarrollado las pautas y orientaciones que les brindamos: les narran y leen cuentos a los niños. Constantemente. Las otras dos educadoras, es posible, que no sólo no han tenido ninguna orientación, ni teórica ni práctica, sobre la importancia del cuento narrado o leído en el aula. Creo que es peor que eso: era muy claro, por sus lenguajes no verbales, que ni creen en ellos.
Todos los alumnos, sentados en el suelo, se mezclaron en el lugar.
A penas se inició la actividad, desde sus maneras de acomodarse, desde sus miradas y sonrisas, desde sus atentos silencios, sabíamos quiénes de ellos se iban a abrir, o no, ante los cuentos que les narraríamos.
Desde el momento que nos paramos a narrar descubrimos, sin ningún esfuerzo, a los niños que eran escuchas y lectores y a los que no lo eran. Es decir, descubrimos a los alumnos de cada unas de las educadoras.
Y a las educadoras, también.
Lo notamos ante el desarrollo de la actividad, por la actitud de ruptura de lo convencional que el espacio y la situación permitía. Sentimos cómo los niños estaban involucrados. Lo sentimos por el respeto en los momentos de juegos con los cuentos y del retorno al acto de escuchar que, para el escándalo de algunas de las maestras, utilizamos reiteradas veces. Observamos cómo algunos de los niños les explicaban a los otros algunos aspectos de los cuentos. Y, también, cómo uno de los niños, de una de las maestras no muy interesada en lo que hacíamos, estaba en una deliciosa posición de escucha, con su barriguita de plano en el piso, las rodillas dobladas y las palmas de sus manos sosteniendo su cabeza en sus brazos acodados. Al verlo así, le sonrío con afecto, casi dedicándole un trozo del cuento. Luego me entero que la maestra lo obligó a “sentarse bien”.
Al finalizar nuestra presentación, las maestras que se involucraban en la actividad permanecieron con sus alumnos al finalizar, las otras se los llevaron rápido a su salón. Algunos de esos niños se demoraban en alejarse.
También nos enteramos que uno de los niños, con notorios problemas de atención según nos dijo su maestra fue, sin embargo, uno de los más participativos. Maravilloso descubrimiento para ambos.
No podemos dejar de lado la actitud de los maestros que no son lectores y tampoco buenos escuchas. Y que, en algunos casos, no sólo rompen las normas más elementales de educación al conversar entre ellos mientras se narra. O, planifican sus actividades, escriben en las planillas de planificación, corrigen tareas de sus alumnos y hasta reciben llamadas y las responden o se pasan mensajes de texto por telefonía móvil. No por ellos, sino por el ejemplo que generan. Y que se hace mucho más notorio, más evidente, ante los muy destacados casos contrarios.
No fue porque sí que elegimos a esa imagen de un niño leyéndole a un elefante. Contar es mucho más que dos, o como decía el abuelo: “El hábito no hace al monje, pero lo ayuda”.