Clarissa, la vaca azul

Clarissa, la vaca azul
paseando por el campo

martes, 21 de julio de 2009

Temas de Narración Oral: ¿Quieres contar cuentos?

imagen tomada del blog el cuento que no es cuento
Abramos nuestras puertas: el arte de contar nos espera.
Saquemos hacia afuera lo mejor de nosotros en cada cuento y recibiremos lo mejor de quienes nos escuchan.

Los recuerdos se amontonan cuando todas, desde la más pequeña hasta la más grande de las situaciones que nos tocaron en esta vida, pasan de nuevo por nuestro corazón –que ése, no otro, es el significado etimológico de “ri-cordis”: volver a pasar por el corazón – y, nos asombran con toda su carga de múltiples y variadas sensaciones y sentimientos. Poco a poco, los seleccionamos para que se conviertan en cuentos a compartir con todos, entre todos, para todos, y lo expresamos como una vivencia, como una película que nos gustó o como ese capítulo de la telenovela que nos ha interesado. ¿No les ha sucedido algo así?
Esa misma sensación tenemos que tener al contar un cuento: ¡volverlo a pasar por nuestro corazón! Vivirlo con una sensación: ¡eso nos pasó a nosotros!
No es novedad reconocer que nada de lo que vivenciemos le será ajeno a quien nos escuche y nos vea. Porque, sobre todo, en mayor o en menor grado, a cada uno le ha correspondido vivir sus penas y sus alegrías que, si aprendió a divertirse con ellas, a sacar hacia fuera lo mejor que cada una lleva dentro, le permitirán abrir las puertas y ventanas de su propia interioridad, para manifestarla en palabras y en hechos en ese hermoso intercambio de lenguajes que son los cuentos narrados a viva voz y a todo cuerpo.
Contamos si hemos vivido. O si reconocemos en nosotros mismos, y con seguridad, qué hubiéramos hecho y cómo nos sentiríamos si nos hubiera tocado vivir esa misma situación. No podemos mentirla, es nuestra, nos pertenece.
Contamos si sabemos muy bien la historia que queremos compartir, no desde la memoria mecánica, fría, repetidora, sino desde el corazón. Reviviéndola.
- “El narrador oral no es un repetidor, es un creador”, nos ha sostenido y sostiene Francisco Garzón Céspedes.
Contamos si conocemos al personaje: cómo es, en todos los aspectos y en todas sus dimensiones físicas, sociales, culturales... Desde adentro, como si fuéramos él. No haciendo como si fuéramos él. Siendo él. Sintiéndolo.
Contamos si nos ubicamos en el espacio y en el tiempo de ese personaje: dónde, cómo, para qué se mueve en cada momento que lo hace. Viéndolo.
Contamos si sabemos improvisar y recrear permanentemente lo narrado. Si sabemos que, como nos asegura alguien que conoce mucho sobre las artes escénicas: “Se improvisa sobre lo que se sabe, no sobre lo que se olvida o desconoce”. Si reconocemos que somos improvisadores, no improvisados.
Contamos si reconocemos que lo hacemos con el público, desde nuestra humildad, desde nuestra honestidad, desde nuestra verdad y desde nuestra seguridad en nosotros mismo, porque ningún cuento es inocente y, por ello, no podemos contar cualquier historia.
Contamos al divertirnos, si sacamos hacia fuera lo que tenemos dentro. Sin la intención de moralizar o educar como principio, sino con la seguridad de narrar como para abrirle puertas y ventanas a la imaginación, los sentimientos, los sentidos, el corazón de los otros. Desnudando ante ellos nuestro propio corazón.
Contamos s asumimos a conciencia un oficio que, como tal tiene su teoría, su práctica y su propia historia. Si lo reconocemos como un arte de todos los tiempos, igual y diferente en otros espacios y en otros tiempos y con todas sus similitudes y sus propias diferencias con otras manifestaciones de la escena.