Clarissa, la vaca azul

Clarissa, la vaca azul
paseando por el campo

lunes, 12 de junio de 2017

¡PAZ!

¡PAZ! 
Ésta es nuestra lucha y seguirá siéndolo.

Sepan que la muerte no derrotará a la vida, 
aunque parezca lo contrario.
Desde pequeño lo aprendí.
El amor, la vida y la paz siempre han sido mucho más fuertes que la muerte.


Texto e ilustración: Armando Quintero

sábado, 10 de junio de 2017

Romance de la Guardia Civil Española


A JUAN GUERRERO
Consul general de la Poesía

Los caballos negros son.
Las herraduras son negras.
Sobre las capas relucen
manchas de tinta y de cera.
Tienen, por eso no lloran,
de plomo las calaveras.
Con el alma de charol
vienen por la carretera.
Jorobados y nocturnos,
por donde animan ordenan
silencios de goma oscura
y miedos de fina arena.
Pasan, si quieren pasar,
y ocultan en la cabeza
una vaga astronomía
de pistolas inconcretas.

                        *
                   
¡Oh, ciudad de los gitanos!
En las esquinas, banderas.
La luna y la calabaza
con las guindas en conserva.
¡Oh, ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Ciudad de dolor y almizcle,
con las torres de canela.

                         *

Cuando llega la noche,
noche que noche nochera,
los gitanos en sus fraguas
forjaban soles y flechas.
Un caballo malherido
llamaba a todas las puertas.
Gallos de vidrio cantaban
por Jerez de la Frontera.
El viento vuelve desnudo
la esquina de la sorpresa,
en la noche platinoche,
noche que noche nochera.

                         *

La Virgen y San José
perdieron sus castañuelas,
y buscan a los gitanos
para ver si las encuentran.
La Virgen viene vestida
con traje de alcaldesa,
de papel de chocolate
con los collares de almendras.
San José mueve los brazos
bajo una capa de seda.
Detrás va Pedro Domecq
con tres sultanes de Persia.
La media luna soñaba
un éxtasis de cigüeña.
Estandartes y faroles
invaden las azoteas.
Por los espejos sollozan
bailarinas sin caderas.
Agua y sombra, sombra y agua
por jerez de la Frontera.

                         *

¡Oh, ciudad de los gitanos!
En las esquinas, banderas.
Apaga tus verdes luces,
que viene la benemérita.
¡Oh, ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Dejadla lejos del mar,
sin peines para sus crenchas.
Avanzan de dos en fondo
a la ciudad de la fiesta.
Un rumor de siemprevivas
invade las cartucheras.

                         *

Avanzan de dos en fondo.
Doble nocturno de tela.
El cielo se les antoja
una vitrina de espuelas.

                         *

La ciudad, libre de miedo,
multiplicaba sus puertas.
Cuarenta guardias civiles
entran a saco por ellas.
Los relojes se pararon,
y el coñac de las botellas
se disfrazó de noviembre
para no infundir sospechas.
Un vuelo de gritos largos
se levantó en las veletas.
Los sables cortan las brisas
que los cascos atropellan.
Por las calles de penumbra
huyen las gitanas viejas
con los caballos dormidos
y las orzas de monedas.
Por las calles empinadas
suben las capas siniestras,
dejando detrás fugaces
remolinos de tijeras.

                         *

En el portal de Belén
los gitanos se congregan.
San José, lleno de heridas,
amortaja a una doncella.
Tercos fusiles agudos
por toda la noche suenan.
La Virgen cura a los niños
con salivilla de estrella.
Pero la Guardia Civil
avanza sembrando hogueras,
donde joven y desnuda
la imaginación se quema.
Rosa la de los Camborios
gime sentada en su puerta,
con sus dos pechos cortados
puestos en una bandeja.
Y otras muchachas corrían
perseguidas por sus trenzas,
en un aire donde estallan
rosas de pólvora negra.
Cuando todos los tejados
eran surcos en la tierra,
el alba meció sus hombros
en largo perfil de piedra.

                         *

¡Oh, ciudad de los gitanos!
La Guardia Civil se aleja
por un túnel de silencio
mientras las llamas te cercan.

                         *

¡Oh, ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Que te busquen en mi frente.
Juego de luna y arena.


Texto: Federico García Lorca

Ilustración: Armando Quintero Laplume

jueves, 8 de junio de 2017

Romance sonámbulo


Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas la están mirando
y ella no puede mirarlas.
Verde que te quiero verde.
Grandes estrellas de escarcha,
vienen con el pez de sombra
que abre el camino del alba.
La higuera frota su viento
con la lija de sus ramas,
y el monte, gato garduño,
eriza sus pitas agrias.
¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde?
Ella sigue en su baranda,
verde carne, pelo verde,
soñando en la mar amarga.
–Compadre, quiero cambiar
mi caballo por su casa,
mi montura por su espejo,
mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando,
desde los puertos de Cabra.
–Si yo pudiera, mocito,
este trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
–Compadre, quiero morir,
decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser,
con las sábanas de holanda.
¿No ves la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?
–Trescientas rosas morenas
lleva tu pechera blanca.
Tu sangre rezuma y huele
alrededor de tu faja.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
–Dejadme subir al menos
hasta las altas barandas,
¡dejadme subir!, dejadme
hasta las verdes barandas.
Barandales de la luna
por donde retumba el agua.
Ya suben los dos compadres
hacia las altas barandas.
Dejando un rastro de sangre.
Dejando un rastro de lágrimas.
Temblaban en los tejados
farolillos de hojalata.
Mil panderos de cristal
herían la madrugada.
Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
Los dos compadres subieron.
El largo viento dejaba
en la boca un raro gusto
de hiel, de menta y de albahaca.
–¡Compadre! ¿Dónde está, dime?
¿Dónde está tu niña amarga?
¡Cuántas veces te esperó!
¡Cuántas veces te esperara,
cara fresca, negro pelo,
en esta verde baranda!
Sobre el rostro del aljibe
se mecía la gitana.
Verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Un carámbano de luna
la sostiene sobre el agua.
La noche se puso íntima
como una pequeña plaza.
Guardias civiles borrachos
en la puerta golpeaban.
Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.
Texto: Federico García Lorca / Ilustración: Armando Quintero Laplume

miércoles, 7 de junio de 2017

Romance de la luna, luna.





La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira, mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.
Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.
El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.
Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.
Cómo canta la zumaya,
¡ay, cómo canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con un niño de la mano.
Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
El aire la está velando.


Texto: Federico García Lorca / Ilustración: Armando Quintero

lunes, 8 de mayo de 2017

El cuento siempre debe continuar



Así es: el cuento siempre debe continuar. 
Desde que comienzas un cuento que has elegido, para un público ya determinado, sabes que no puedes abandonarlo.
Eres tú quién lo elegiste, lo seleccionaste entre muchas posibilidades, lo preparaste y ensayaste por y para ellos. Nada ni nadie puede detener su marcha desde su inicio hasta su final. ¿Se dio una situación imprevista? Intégrala o ignórala, no abandones el cuento. ¿Se te olvidó un detalle importante? Sigue, mientras buscas cómo acomodarlo en la historia que vienes narrando. ¿Cambiaste el nombre de un personaje? Sigue con ese nombre... El público no lo notará porque no se sabe tú cuento. Y si lo sabe, al no mostrar dudas en el cambio puede que piense que él es el equivocado y seguirá atento a la veracidad de tú historia.
El público sólo nota lo que tú haces evidente. Y alabará y agradecerá lo creíble de tus palabras. Disfruta lo que se presente para hacer que los otros también lo disfruten. Diviértete para que los otros se diviertan contigo y con cada una de las situaciones, emociones y sensaciones que el cuento lleva en sí. Y continúa con el cuento hasta el final, incluso, hasta después de los aplausos.

Una secuencia fotográfica muy divertida de Freddy Lacruz Moreno fue el detonante de estas reflexiones. Las fotos fueron tomadas en el Parque Simón Rodríguez de Los Ruices, Caracas, el domingo 23 de abril, Día del Idioma, mientras narrábamos a los vecinos de la urbanización con el grupo Narracuentos UCAB.
Al publicarla en Facebook, surgieron varios comentarios, algunos de los cuales cito. Y lo hago porque me permiten unas observaciones y reflexiones como narrador consciente del oficio, también, como lo haría cualquier público que está atento al arte de narrar cuentos.

He aquí tres comentarios iniciales y una propuesta

Ligia Roa Puedo escuchar tu cuento apenas con la secuencia. Se ve el inicio del cuento, su desarrollo, el nudo, y el final...excelente...

Williams Arellano Tan divertida que mi hija y yo las disfrutamos y nos divertimos solo viéndolas.. Dios te siga bendiciendo junto a los tuyos. Saludos Hermano...

Tugomir Yepez El mejor cuento corto que he leído.

Me agradaron estos tres comentarios, que agradezco. Sin embargo, las fotos fueron montadas y no corresponden a un solo cuento sino a dos. Incluso, la foto inicial estaba de último cuando el fotógrafo me envió la secuencia. Espero que esto sea valorado y, los amigos que lo hicieron, no rechacen sus comentarios. No fue un error, simplemente fue lo que sintieron. Pero, por qué se ha dado esa interpretación de las imágenes. Los comentarios que siguen lo explican.
Siempre tenemos claro que el público ve y escucha como un público activo, nada pasivo. Es cómplice y coparticipe de la actividad. No es un mero espectador y, por ello, recrea “a imagen y semejanza” de sí mismo todo lo  que decimos y hacemos al narrar. Y eso es parte del arte.

He aquí tres comentarios más y otra propuesta, para jugar.


Carlos Enrique Navas Rodríguez Gracias Maestro. Así cuento, como me enseñó, ¡con pasión!

Laura Matute De Rodríguez Imágenes y palabras de un Maestro. Tiene que serlo, para decir lo que dice y para hacer lo que hace, de manera en que lo hace. Seguridad, convencimiento, compromiso consigo mismo y con la audiencia, disfrute y gozo. ¡Esta dicho y hecho! Aplausos y vítores...

Freddy Enrique Lacruz Moreno Armando Quintero Laplume. Disfruto tanto de tus cuentos y quisiera hacer más con tus expresiones pero a veces me embebo en la narración que quizá pierdo expresiones corporales con las que acompañas la historia, ¡seguiremos mejorando!


                El camino a observar va por ahí: pasión, seguridad, convencimiento, compromiso personal, con uno y con quién lo escucha  hacen muy creíble, muy veraz, lo que se crea con voz y cuerpo, con todos los lenguajes utilizados en el acto de comunicación directa que implica narrar cualquier cuento. Para cerrar este texto, les propongo, como un divertimento, lo siguiente:

Armando Quintero Laplume Los amigos, ¿pueden contarme el cuento que ven? Me encantaría.



Texto: Armando Quintero Laplume / Fotografías y montaje: Freddy La cruz Moreno

lunes, 17 de abril de 2017

¡Botellas a la mar!




A Hebe Rosell, en la infancia y el reencuentro.


Viaje de ida

El Tío llegó como siempre llegaba a visitarlos: sin avisar.
Pero esta vez traía una novedad.
– Vine a buscarte para que nos acompañés. Y, de paso, conocés el mar.

– ¿Madrugaste? –preguntó el Tío.
– No, ni pude dormir –respondió el Sobrino –. Me tuvieron dando vueltas las pulgas de la emoción, como dice el Abuelo.
En sus ocho años, nunca había podido viajar hasta el mar.
Vivían a las orillas de un río, que no es lo mismo. Sólo lo había visto en las ilustraciones de los libros, en las películas de la matinée y hasta en “las imaginaciones” de su Abuelo, las veces que le preguntó.

El viaje fue largo. Hasta Minas, no tanto. Pero feo y monótono el camino entre las sierras. Ése, el que termina en Pan de Azúcar.
Auque la camioneta aguantaba y la Tía cantaba viejas canciones y el Tío narraba cuentos e historias de otros tiempos.
Aprendió de lo lejano de un sitio cuando existen las ansias de conocerlo.
Llegaron en la noche y el cansancio lo había dormido.

La mañana estaba linda, bien soleada. Y sonora, por el estrellarse de las olas en la playa y el ensordecedor graznido de las gaviotas.
El Tío amaba el mar. No era pescador, ni le gustaba bañarse en sus playas. Le gustaba el mar por el olor, por el salado que dejaba en la piel, por lo fino de sus arenas y para ver nacer y morir las olas, en un callado y gozoso silencio.
– ¡Mirá! –le dijo. Las franjas de allá, son corrientes marinas.

Por la playa venían caminando un hombre con una niña.
Ella era bonita. De ojos grandes, intensos. Tenía los cabellos rojizos, con dos trencitas largas a cada lado. Y pecas en el rostro. Vestía una solera azul.
El hombre era ciego y la muchachita, su lazarillo.
– ¿Qué hace, él? –le preguntó a la niña, al acercarse.
La muchachita había ayudado a que el hombre se sentara en una piedra de la playa y, luego, se alejó a recoger conchillas y caracolitos en la orilla.
– Mi padre es músico y escucha los muchos sonidos del mar.
– ¡Cuidado! –grito Él, alejándola.
Un cangrejo estaba a punto de picarla en un pie.
– ¿Puedo ser tu amiga? –preguntó la niña.
– Ya lo somos, ¿o no? –le respondió Él.

– Alguien te busca –le dijo el Tío.
Era la muchachita de la solera azul.
Desde ese día, todas las mañanas lo despertaba temprano para recoger caracolitos por las blancas arenas de la playa.
El padre ciego los esperaba sentado en la piedra. Mientras recogían “sus tesoros” o jugaban, el hombre siempre escuchaba la orquesta del mar.

– Mi Tío dice que las corrientes marinas pueden hacer que una botella, lanzada desde aquí, llegue hasta las islas de donde vinieron nuestros abuelos –comentó el niño.
– Busquemos varias botellas. Escribimos nuestros mensajes, los guardamos en ellas, las tapamos muy bien y las lanzamos hasta la corriente. Como dicen que hacen los náufragos –le propuso la muchachita.

– ¡Botella al mar! –gritaban, mientras las iban arrojando.
Las botellas flotaban alejándose, llevadas por la corriente marina.
Las miradas de ambos se fueron tras ellas, cargadas del recuerdo de los mensajes escritos. Y de la maravillosa posibilidad de llegar a lejanas playas.
Ellos las veían surgir y esconderse con el vaivén de las olas.
– ¿La vida se moverá como ellas? –preguntó la muchachita.

– Es posible –respondió Él.

Pasado varios meses, su Tío le trajo un caracol grande y sonoro.
– Es de allá – le dijo – de aquella playa donde pasamos contigo los tres últimos veranos. Y, se lo regaló como un recuerdo.
Se lo puso al oído. Quería escuchar si, al menos – detrás del sonido del mar en él contenido – estaba guardada un poquito de la voz de aquella niña.


Viaje de regreso

Pasaron mucho más de treinta y cinco años.
La vida giró como el trompo que es, según nos dice el poeta. Y, con todos sus colores. Tristes a veces, alegres muchas, melancólicos otras.

Él saboreó la vida, entre poemas y cuentos.
Los que leía. Los que escuchaba. Los que escribía. Los que decía. Y, los que narraba a viva voz y con el cuerpo.
Muchas cosas se desdibujaron con el pasar del tiempo. Otras, no tanto.
Desde el último verano que fue, nunca más regresó a la playa de su niñez.
Nunca supo qué fue de la muchachita de solera azul, ojos grandes, cabellos rojizos, con trencitas largas a sus lados y pecas en el rostro.
Los Tíos ya no están.
El caracol grande y sonoro, tampoco.
Un día sus cuentos lo llevaron a lugares que siempre quiso conocer.
Aunque no a ése, donde las corrientes marinas pueden hacer que una botella lanzada en ellas suba de sur a norte. O baje, en sentido inverso.
Un día – ¡al fin! – llegó hasta las islas de donde salieron sus abuelos.

– Tengo la impresión que te conozco –dijo la mujer.
– Yo también, pero no sé de dónde –respondió el hombre.
– Más aún, estoy segura que te conozco –agregó ella.
Cierto era que ellos habían sido presentados en la inauguración del Festival de Narradores Orales al que habían sido invitados.
– ¿Será que en otra vida…? –dijo ella, con una sonrisa.

Él narró toda su vida en cuentos.
El público quedó satisfecho. El hombre, también.
– ¡Bueno tu trabajo! –le dijo ella. Me gustaron tus alegrías y dolores dichos con tanta ternura. Estoy más segura: te oí y sé que te conozco.
“También yo” –pensó él, pero no se lo dijo.
Ella también narró sus historias. Y parte de su vida en cuentos.
El público se paró a aplaudirla. El hombre, también.
– Me gustó mucho como narras. Sobre todo, el cuento de esa niña que camina por la playa con su padre ciego. Sé que no es tuyo, pero le diste vida.
– Es que yo era esa niña –le dijo ella.

Desde esa noche, durante todas las mañanas que estuvieron en la isla, se despertaban muy temprano.
Caminaban, conversaban o se detenían para ver nacer y morir las olas, en un callado y gozoso silencio… Y, por supuesto, recogían conchillas o caracoles por las arenas de la playa.
Nunca se voltearon para comprobarlo: estaban seguros que el padre ciego los esperaba, sentado en alguna piedra, escuchando la orquesta del mar.

– Averigüé que la corriente marina que se ve allí, por este lado de la costa – le comentó ella una mañana – puede hacer que una botella, lanzada desde acá, llegue hasta la playa de nuestra infancia.
Buscaron muchas botellas. Escribieron sus mensajes, los guardaron en ellas, las taparon muy bien y las lanzaron hasta la corriente.
– ¡Como dicen que hacen los náufragos! –dijeron ambos.
Y, como en el tango, la historia volvió a repetirse. A contracorriente.
– ¡Botellas a la mar! –gritaron ambos, mientras las iban arrojando.
Luego se tomaron de las manos y se miraron a los ojos.
Allí, en algún lugar de sus miradas, encontraron las botellas que fueron arrojadas y que flotaron muchos años atrás, llevadas por la corriente marina.
Y, también, supieron que la amistad aún estaba ahí.

Una mariposa despistada se paseaba por la playa.
En sus vuelos se posó en uno de los hombros de ella y se quedó quieta.
Un golpe de la brisa la hizo volar hacia el mar.
Las botellas flotaban a lo lejos, allá casi donde el cielo y el mar se juntan.
Las miradas de ambos se fueron tras ellas, cargadas de recuerdos. Con sus tristezas y con sus alegrías, por supuesto.
Ellos las veían surgir y esconderse con el vaivén de las olas.
“La vida se mueve como ellas” –pensaron ambos.
Pero nunca lo dijeron.

Texto tomado de la novela Cuando tu mundo era tan pequeño que aún cabía en una tacita de plata de Armando Quintero Laplume a publicarse por Ediciones Vaca Azul (E. V. A.

Foto de Freddy Lacruz, tomada en la Librería Lugar Común del Paseo de  Las Mercedes en la presentación oral de este cuento, para niños, el domingo 2 de abril de 2017.

domingo, 2 de abril de 2017

Estamos actualizando el blog


Renovarse es como volver a vivir.

Renovarse es como reencontrarse en la mirada de un niño.

Renovarse es decirle sí a un nuevo amanecer.

¿Les ha sucedido?:

Es como abrirse a nuevas posibilidades de ser otro sin dejar de ser el mismo.

Poco a poco renovaremos y actualizaremos estos espacios que son de todos.

Gracias a cada uno de vosotros.