Clarissa, la vaca azul

Clarissa, la vaca azul
paseando por el campo

lunes, 2 de abril de 2012

En torno al valor psicosocial y psicolingüístico en un cuento de Keiko Kasza y otras historias afines


La síntesis del cuento nos muestra una historia ingeniosa que, con gracia y picardía, cargada de humor, amor y mucha simplicidad enseña a los niños que la inteligencia puede ser mucho más importante que la fuerza y el tamaño.
Aunque no es lo único que este cuento nos enseña, sabemos que es un tema que siempre ha estado presente y es muy conocido en la llamada literatura para niños de muchas épocas y lugares. Basta recordar, entre otros, a “Hansel y Gretel”, “Pulgarcito”, “El gato con Botas”, “Juanito y las habichuelas mágicas”. Y, en nuestro país, a “Tío Tigre y Tío Conejo”. Pero, importa destacar que aquí, el tema primordial está visto desde una percepción y desde una perspectiva donde los valores son notorios. Estamos ante una escritora e ilustradora consciente de ellos. Y, por ende, diferente a lo que sucede en sus antecesores más conocidos.
Se parte de una situación concreta que se relata de manera muy sencilla y lineal: Abuelo Sapo y Sapito van a caminar por el bosque. El abuelo le advierte a su nieto sobre los enemigos hambrientos que están al acecho. Sapito está preocupado, pero su abuelo promete compartir con él sus secretos especiales. 
El primer secreto es ser valiente. Abuelo Sapo lo demuestra al enfrentarse a una culebra que los quiere comer de almuerzo. El segundo es ser astuto. Queda demostrado ante la tortuga a la que se le propone buscar, a cambio de ellos como “un bocado”, a la culebra que acaba de alejarse en pos de “un banquete”. Y, antes de comenzar a revelar el tercer secreto, aparece un enorme monstruo que se los quiere comer “solo por diversión”. Y, estando a punto de devorar a Abuelo Sapo al que acaba de atrapar, es vencido con valentía y astucia por el nieto. Al huir el monstruo, el abuelo señala su tercer secreto: “En caso de emergencia, estar seguro de tener un amigo con quien contar.”
No creo que sea una excepción mi preocupación inicial y personal cuando realizo la primera lectura de cualquier texto -considero que a todo narrador oral y a todo educador se le ha planteado, se le plantea y se le planteará, salvo que sea muy poco consciente de su profesión-  pero confieso que siempre se me crea un dilema ético, sobre todo, cuando me enfrento a la lectura de aquellos cuentos donde la astucia es manejada para solucionar conflictos.
Y siempre me viene a la memoria lo que me sucedió hace unos años con una historia que siempre he considerado que es para el mal ejemplo: "Juanito y las habichuelas mágicas". Y pensar que aún se sigue narrando como una historia inocente. Y que nada tiene de tal.
Un niño de La Vega me preguntó, hace un par de años: 
-       ¿Armando, no nos están enseñando a robar con esa historia?
-       Yo no la cuento" - le respondí. Por eso.
Y él me la mostró en su libro de lectura. 
Confieso que se me cruzó por la cabeza el comentario de un conocido: "Con razón estamos, como estamos". Pero no se lo iba a decir.
Conversamos sobre ella con él, su maestra y sus compañeros de clase. Espero que aunque la sigan colocando en los libros de lectura oficiales, existan suficientes lectores tan claros sobre los valores como lo fue ese muchachito.
Sin embargo, el dilema ético planteado ante el cuento citado anteriormente no me aparece ante la maravillosa historia de Keiko Kasza que observamos aquí. Ni aparecerá, estoy seguro, ante cualquier lector ya iniciado en la lectura. Es que, sin dudas, estamos ante una clara sobrevivencia como meta.
Los mensajes revelados por el abuelo en cada uno de los secretos son muy  precisos. Sin ambages. La intención está justificada por las razones que el cuento brinda. Y se utiliza la oportuna posibilidad de cambiar la realidad en la percepción del contrincante superior en tamaño pero torpe en analizar lo que se le plantea. Actuando con valentía y astucia, solo para sobrevivir.
¿Se miente? ¿Se engaña? ¿O en este cuento se apela a los intereses o debilidades del contrincante para lograr vencerlo y alejarlo, salvándose así de lo inminente? Si se observa con atención, es más lo último que los dos aspectos anteriores. Creemos que los niños, más bien lo sabemos por las veces que lo hemos narrado oralmente con ellos, a esto lo captan de inmediato. Y lo disfrutan.
Pero, ¿de verdad se miente en cuentos con estos contenidos que no son “moralizadores” ni “didácticos” pero que nos entregan valores y nos enseñan porque no son nada inocentes? Hay que estar muy centrado para determinarlo y determinar dónde está la verdad, no la mentira en cuentos así. O en cualquiera. Para precisarlos más, comparemos con dos casos totalmente contrastantes a él.  
Primero: ¿Dónde está la verdad o la mentira en un cuento como “La composición” de Antonio Skármeta cuando el dilema real es cómo sobrevivir en un sistema opresivo y opresor? ¿Se me enseña a mentir? ¿O se me permite defenderme para sobrevivir? Si nos atenemos a las reglas morales y no vemos la intensión, sí. Pero el caso es muy preciso y aplicable a una situación tan extrema.
Es evidente que el Sapito de “Los secretos de Abuelo Sapo” actúa con la misma valentía y astucia que el personaje principal del cuento de Antonio Skármeta.
Segundo: Observemos la diferencia que se establece si comparamos a ambos personajes con la intención en los cuentos de “Tío Conejo”. Aquí, la verdad es la mentira porque el dilema real que se nos plantea no es el de la lucha del débil ante el poderoso, o la de la sobrevivencia en situaciones extremas, sino la del engaño porque, de muchas maneras ya estoy acostumbrado a él y no me importan las reglas morales. Esa es, casi, la única lectura que nos permiten los antihéroes de todas las historias de la picaresca universal. Desde el famoso “Lazarillo de Tormes”. Aunque antes y también después, estos personajes nos están enseñando a cómo corromper los valores en la cotidianeidad vital. Mienten, engañan, incluso, distorsionan los hechos. La astucia se pone al servicio de las amoralidades y, la mayoría de las veces, sin justificación de un por qué o un para qué se lo hace. Y, además, muchos de estos personajes se justifican  acusando o responsabilizando al otro por lo que hacen o dejan de hacer. Nunca se comprometen, y menos asumen, los actos y las elecciones que llevan a cabo. Actúan con un egocentrismo visceral.


Texto de Armando Quintero Laplume (Primera parte)