sábado, 22 de agosto de 2009

Dos cuentos, dos épocas, dos autores.



Muebles "El Canario"
Cuento de Felisberto Hernández

La propaganda de estos muebles me tomó desprevenido. Yo había ido a pasar un mes de vacaciones a un lugar cercano y no había querido enterarme de lo que ocurriera en la ciudad. Cuando llegué de vuelta hacía mucho calor y esa misma noche fui a una playa. Volvía a mi pieza más bien temprano y un poco malhumorado por lo que me había ocurrido en el tranvía. Lo tomé en la playa y me tocó sentarme en un lugar que daba al pasillo. Como todavía hacía mucho calor, había puesto mi saco en las rodillas y traía los brazos al aire, pues mi camisa era de manga corta. Entre las personas que andaban por el pasillo hubo una que de pronto me dijo:
-Con su permiso, por favor...
Y yo respondí con rapidez:
-Es de usted.
Pero no sólo no comprendí lo que pasaba sino que me asusté. En ese instante ocurrieron muchas cosas. La primera fue que aun cuando ese señor no había terminado de pedirme permiso, y mientras yo le contestaba, él ya me frotaba el brazo desnudo con algo frío que no sé por qué creí que fuera saliva. Y cuando yo había terminado de decir "es de usted" ya sentí un pinchazo y vi una jeringa grande con letras. Al mismo tiempo una gorda que iba en otro asiento decía:
-Después a mí.
Yo debo haber hecho un movimiento brusco con el brazo porque el hombre de la jeringa dijo:
-¡Ah!, lo voy a lastimar... quieto un...
Pronto sacó la jeringa en medio de la sonrisa de otros pasajeros que habían visto mi cara. Después empezó a frotar el brazo de la gorda y ella miraba operar muy complacida. A pesar de que la jeringa era grande, sólo echaba un pequeño chorro con un golpe de resorte. Entonces leí las letras amarillas que había a lo largo del tubo: Muebles "El Canario". Después me dio vergüenza preguntar de qué se trataba y decidí enterarme al otro día por los diarios. Pero apenas bajé del tranvía pensé: "No podrá ser un fortificante; tendrá que ser algo que deje consecuencias visibles si realmente se trata de una propaganda." Sin embargo, yo no sabía bien de qué se trataba; pero estaba muy cansado y me empeciné en no hacer caso. De cualquier manera estaba seguro de que no se permitiría dopar al público con ninguna droga. Antes de dormirme pensé que a lo mejor habrían querido producir algún estado físico de placer o bienestar. Todavía no había pasado al sueño cuando oí en mí el canto de un pajarito. No tenía la calidad de algo recordado ni del sonido que nos llega de afuera. Era anormal como una enfermedad nueva; pero también había un matiz irónico; como si la enfermedad se sintiera contenta y se hubiera puesto a cantar. Estas sensaciones pasaron rápidamente y en seguida apareció algo más concreto: oí sonar en mi cabeza una voz que decía:
-Hola, hola; transmite difusora "El Canario"... hola, hola, audición especial. Las personas sensibilizadas para estas transmisiones... etc., etc.
Todo esto lo oía de pie, descalzo, al costado de la cama y sin animarme a encender la luz; había dado un salto y me había quedado duro en ese lugar; parecía imposible que aquello sonara dentro de mi cabeza. Me volví a tirar en la cama y por último me decidí a esperar. Ahora estaban pasando indicaciones a propósito de los pagos en cuotas de los muebles "El Canario". Y de pronto dijeron:
-Como primer número se transmitirá el tango...
Desesperado, me metí debajo de una cobija gruesa; entonces oí todo con más claridad, pues la cobija atenuaba los ruidos de la calle y yo sentía mejor lo que ocurría dentro de mi cabeza. En seguida me saqué la cobija y empecé a caminar por la habitación; esto me aliviaba un poco pero yo tenía como un secreto empecinamiento en oír y en quejarme de mi desgracia. Me acosté de nuevo y al agarrarme de los barrotes de la cama volví a oír el tango con más nitidez.Al rato me encontraba en la calle: buscaba otros ruidos que atenuaran el que sentía en la cabeza. Pensé comprar un diario, informarme de la dirección de la radio y preguntar qué habría que hacer para anular el efecto de la inyección. Pero vino un tranvía y lo tomé. A los pocos instantes el tranvía pasó por un lugar donde las vías se hallaban en mal estado y el gran ruido me alivió de otro tango que tocaban ahora; pero de pronto miré para dentro del tranvía y vi otro hombre con otra jeringa; le estaba dando inyecciones a unos niños que iban sentados en asientos transversales. Fui hasta allí y le pregunté qué había que hacer para anular el efecto de una inyección que me habían dado hacía una hora. Él me miró asombrado y dijo:
-¿No le agrada la transmisión?
-Absolutamente.
-Espere unos momentos y empezará una novela en episodios.
-Horrible -le dije.
Él siguió con las inyecciones y sacudía la cabeza haciendo una sonrisa. Yo no oía más el tango. Ahora volvían a hablar de los muebles. Por fin el hombre de la inyección me dijo:
-Señor, en todos los diarios ha salido el aviso de las tabletas "El Canario". Si a usted no le gusta la transmisión se toma una de ellas y pronto.
-¡Pero ahora todas las farmacias están cerradas y yo voy a volverme loco!
En ese instante oí anunciar:
-Y ahora transmitiremos una poesía titulada "Mi sillón querido", soneto compuesto especialmente para los muebles "El Canario".
Después el hombre de la inyección se acercó a mí para hablarme en secreto y me dijo:
-Yo voy a arreglar su asunto de otra manera. Le cobraré un peso porque le veo cara honrada. Si usted me descubre pierdo el empleo, pues a la compañía le conviene más que se vendan las tabletas.
Yo le apuré para que me dijera el secreto. Entonces él abrió la mano y dijo:
-Venga el peso.
Y después que se lo di agregó:
-Dese un baño de pies bien caliente.


Si desea una información básica sobre el autor, consulte: http://es.wikipedia.org/wiki/Felisberto_Hernández



El rugido de Tarzán
Cuento de Cristina Peri Rossi

Johnny Weissmuller gritó y el bosque entero (con sus insinuantes lianas y espesos follajes) pareció temblar: el vaso de whisky resbaló de la pequeña mesa de vidrio y cayó sobre la alfombra de piel de león; un lago redondo y oscuro crecido con la lluvia. Johnny gritó, un grito largo y sostenido, con sus cortezas y litorales, sus montañas de sonido, sus cuevas vegetales, sus profundidades ocultas donde vuelan los murciélagos y sus nubes ágiles que se deslizan como humo. Un grito prolongado y profundo, largo, hondo, que por el aire resbalaba de rama en rama, convocando a los pájaros azules y a los blancos elefantes; un grito que atravesaba el claroscuro de las hojas, las cicatrices de los troncos, y saltaba entre las rocas como ventisquero; ascendía las cumbres de las quietas, solemnes montañas, corría entre las piedras primarias, oscurecidas por el follaje y precipitaba los ríos estivales, de agua lenta, cristalina. No sólo el vaso cayó; también un cenicero se deslizó, un cenicero de porcelana en forma de hoja de plátano, regalo de una de sus antiguas admiradoras. Y las numerosas colillas estrujadas se desparramaron como menudos troncos quemados.Al grito, acudían las aves de largo vuelo equinoccial, los peces pequeños que lamen el costado de las rocas, los ciervos de reales cornamentas, los cuervos de mirada alerta, los cocodrilos asomaban sus largas cabezas y los árboles parecían moverse. Era un grito triunfal, una clave sonora respetada por los grande paquidermos, los altivos flamencos y los escurridizos moluscos. Entonces Jane levantaba la cabes, resplandeciente y morena, tocada por el grito como por una incitación largamente esperada. Y Jane corría, Jane corría por los senderos del bosque, se abría paso entre las ramas de grandes y carnosas hojas, Jane atravesaba los húmedos corredores de la selva guiada, conducida por el grito, protegida por el grito, alentada por el grito. Los pájaros volaban detrás de ella, los leones se ocultaban, las serpiente escondían las cabezas, grandes hipopótamos cedían paso.No sólo el cenicero se estrelló contra el suelo: un cuadro de la habitación se estremeció, pareció golpear la pared y luego de cimbrar un momento el aire (denso de humo y de alcohol) quedó torcido, anhelante, con un ángulo en falsa escuadra. Era la copia a todo color de un viejo fotograma de la selva, de la prefabricada jungla de Toluca Lake, con sus montañas de cartón, sus baobabs de papel pintado y sus piscinas convertidas en lagos llenos de pirañas. Fuera del apartamento, los automóviles que cruzaban la avenida se detuvieron un instante, alarmados por el grito, y luego, veloces, siguieron el camino. Los elefantes sacudían sus grandes orejas como lentos abanicos, los monos cruzaban la selva por el aire, saltando de rama en rama y los pájaros, como látigos, golpeaban las hojas de los altas bananeros. En el fotograma, además, había una muchacha vestida con piel de tigre que yacía en el suelo, encadenada, los túrgidos senos asomando entre las manchas opalinas del tigre, los muslos muy blancos (muslos de alguien que toma poco sol) descubiertos por las cuidadosas rasgaduras de la falda, los labios anchos y rojizos entreabiertos en lo que podía ser un gesto de provocativo dolor o una sensual imploración, Johnny estaba unos pasos más atrás, el ancho y musculoso torso denudo, la nariz recta, los huesos bien formados con pequeña y sugestivas sombras alrededor de las tetillas y de la cintura; un poco más arriba del ombligo se iniciaba una línea, un cauce torneado que el taparrabos triangular (largo entre las piernas, pero angosto en los costados, como para que asomaran las formidables líneas de los muslos) ocultaba, pero cuya trayectoria -como un río afluente- era posible adivinar.El cuadro lo había pintado una admiradora suya, hacía muchos años, a partir de una escena de Tarzán y las amazonas, protagonizada por él y por Brenda Joyce; por lo que Johnny recordaba de la película, en ella había una cantidad extraordinaria de muchachas, portadoras de flechas, todas ataviadas con piel de tigre (él se había enfadado mucho cuando supo que las manchas de la tela eran fruto de una buena operación de la tintorería del estudio: los tigres escaseaban, por lo menos en Hollywood, y además, había empezado a surgir una cantidad increíble de sociedades protectoras de algo, de perros, de tigres y hasta de ballenas, lo cual volvía el arte cinematográfico muy difícil) y con sandalias de liana. En la película, él volvía a lanzar su largo, agudo y penetrante grito, un grito de selva y de montaña, de agua, madera y viento; un grito que ululaba como las sirenas de los paquebotes del Mississippi, que batía alas como los pájaros azules de Nork-Fold, que atraía a las salamandras de los pantanos de West-Palm (al oeste de Colorado River hay un sitio que amo) y alentaba el vuelo de las ánades de Wisconsin. Johnny gritó; gritó en la ladera del sofá forrado de piel de bisonte, y la cabeza del ciervo, en la pared, no se estremeció; volvió a gritar pensando en Maureen O'Sullivan y el grito retumbó en la habitación como una pesada piedra cayendo sobre los atolones de Leyte: la isla madrepórica reprodujo el grito en los vasos de whisky con huellas de labios y de cigarros, en las conchas del Caribe conservadas como trofeo y en cuyas cavidades todavía las notas bronca del mar fosforescente se juntaron con los agudos de su grito; Johnny gritó sobre los largos pelos de las mantas africanas que cubrían de animales aterciopelados el lecho conyugal vacío en el apartamento de California, gritó sobre las reliquias de marfil y las hojas de tabaco, un grito largo y desesperado, desencajado, el grito de un humilde recepcionista del Caesar's Palace de las Vegas, su último empleo, y por un momento pensó que Jane acudiría, que Jane cruzaría las abigarradas calles centrales, que se abriría paso entre los resplandecientes semáforos y las carrocerías brillantes de los autos, que Jane, vestida con un abrigo de leopardo, atravesaría la avenida centellante de neón, saltaría por encima del río de cacahuetes y bolsitas de maíz, que correría entre los anuncios de porno-films y de cigarrillos Buen Salvaje Americano hasta el humilde apartamento donde Edgar Burroughs acababa de beber un whisky, antes de llamar por teléfono al Hogar de Retiro de Actores, en Woodland Hills, porque un anciano llamado Johnny Weissmuller no dejaba dormir a los vecinos con sus gritos.



Si desea una información básica sobre la autora, consulte:

http://es.wikipedia.org/wiki/Cristina_Peri_Rossi

Un texto para la formación de nuevos narradores orales. Y para las personas interesadas en el tema.

Escena de una casa en Chacao, Caracas, en los años 1950
Foto de Carlos Herrera. Tomada del Facebook de Yolanda Pantin

Un cuento, el cuento
A Ayax Barnes (in memoria) y a Beatriz Doumerc:
con su libro La Línea (y con sus líneas) me posibilitaron la realidad de este texto.

Si encuentro la palabra Cuento - no abandonada, pero sola por ahí - me pregunto:

¿Cuento? : ¿Yo cuento?
¿Cuento? : ¿Yo enumero?
¿Cuento? : ¿Yo calculo?
¿Cuento? : ¿Yo narro un suceso?
¿Cuento? : Yo enumero sucesos.
¿Cuento? : Yo calculo mis palabras para narrar un suceso.
¿Cuento? : Yo cuento un cuento.
El cuento: palabras que enumeran sucesos.
Yo cuento: las palabras que nos dicen de las cosas que le pasaron a alguien, en un lugar y en un tiempo.

Las palabras prohíben, censuran, corrigen, enseñan y divierten.

Un hombre con las palabras se enreda, se aísla de los otros hombres, vacila, duda, retrocede, quizás no llegue a ninguna parte y las abandona.
Un hombre con las palabras se comunica, se apoya con los otros hombres, afirma, experimenta, avanza, quizás llegue a muchas partes y las alimenta.
Un hombre con las palabras hace poemas y cuentos.

Un hombre con los cuentos detiene, separa, divide, engaña, prohíbe, ataca, destruye y cuenta contra el hombre.
Un hombre con los cuentos mata o deja morir.
Un hombre con los cuentos avanza, une, multiplica, es veraz, admite, comparte, construye y cuenta con y para el hombre.
Un hombre con los cuentos vive y deja vivir.
Un hombre con un cuento narra para imaginar: crea la maravilla de nuevos mundos reales, sin evadir las realidades.

Traza una campana que resuena en todos, con todos, para todos.
Abre las puertas y las ventanas que liberan los pájaros enjaulados en nuestros cuerpos.
Le pone tortugas a nuestros pasos para que los guepardos, que agitan nuestras faenas diarias, también descansen.
Une sus manos con los otros hombres, para defendernos y renovar nuestros corazones abiertos.
Un hombre con un cuento narra para encontrar más cuentos.

Porque después de todo -así lo reciba como la pluma de un ángel o, simplemente, lo intente hacer por sí: para sorprender o sorprenderse, para confiar en los otros, para compartir con los demás o para amar y ser amado- ¡cada hombre creará, siempre, su cuento o su poema! ¿O no?

Texto de Armando Quintero tomado de ¿Quieres contar cuentos?
http://www.analitica.com/media/3183637.pdf

Cuentos para narrar: ¡Botellas a la mar! (primera parte)

Botella, con un mensaje dentro, reposa a la orilla del mar
Imagen tomada de http://www.conplumaypapel.com/

Viaje de ida

El Tío llegó como siempre llegaba a visitarlos: sin avisar.
Pero esta vez traía una novedad.
– Vine a buscarte para que nos acompañés. Y, de paso, conocés el mar.

– ¿Madrugaste? –preguntó el Tío.
– No, ni pude dormir –respondió el Sobrino –. Me tuvieron dando vueltas las pulgas de la emoción, como dice el Abuelo.
En sus ocho años, nunca había podido viajar hasta el mar.
Vivían a las orillas de un río, que no es lo mismo. Sólo lo había visto en las ilustraciones de los libros, en las películas de la matinée y hasta en “las imaginaciones” de su Abuelo, las veces que le preguntó.

El viaje fue largo. Hasta Minas, no tanto. Pero feo y monótono el camino entre las sierras. Ése, el que termina en Pan de Azúcar.
Auque la camioneta aguantaba y la Tía cantaba viejas canciones y el Tío narraba cuentos e historias de otros tiempos.
Aprendió de lo lejano de un sitio cuando existen las ansias de conocerlo.
Llegaron en la noche y el cansancio lo había dormido.

La mañana estaba linda, bien soleada. Y sonora, por el estrellarse de las olas en la playa y el ensordecedor graznido de las gaviotas.
El Tío amaba el mar. No era pescador, ni le gustaba bañarse en sus playas. Le gustaba el mar por el olor, por el salado que dejaba en la piel, por lo fino de sus arenas y para ver nacer y morir las olas, en un callado y gozoso silencio.
– ¡Mirá! –le dijo. Las franjas de allá, son corrientes marinas.

Por la playa venían caminando un hombre con una niña.
Ella era bonita. De ojos grandes, intensos. Tenía los cabellos rojizos, con dos trencitas largas a cada lado. Y pecas en el rostro. Vestía una solera azul.
El hombre era ciego y la muchachita, su lazarillo.
– ¿Qué hace, él? –le preguntó a la niña, al acercarse.
La muchachita había ayudado a que el hombre se sentara en una piedra de la playa y, luego, se alejó a recoger conchillas y caracolitos en la orilla.
– Mi padre es músico y escucha los muchos sonidos del mar.
– ¡Cuidado! –grito Él, alejándola.
Un cangrejo estaba a punto de picarla en un pie.
– ¿Puedo ser tu amiga? –preguntó la niña.
– Ya lo somos, ¿o no? –le respondió Él.

– Alguien te busca –le dijo el Tío.
Era la muchachita de la solera azul.
Desde ese día, todas las mañanas lo despertaba temprano para recoger caracolitos por las blancas arenas de la playa.
El padre ciego los esperaba sentado en la piedra. Mientras recogían “sus tesoros” o jugaban, el hombre siempre escuchaba la orquesta del mar.

– Mi Tío dice que las corrientes marinas pueden hacer que una botella, lanzada desde aquí, llegue hasta las islas de donde vinieron nuestros abuelos –comentó el niño.
– Busquemos varias botellas. Escribimos nuestros mensajes, los guardamos en ellas, las tapamos muy bien y las lanzamos hasta la corriente. Como dicen que hacen los náufragos –le propuso la muchachita.

– ¡Botella al mar! –gritaban, mientras las iban arrojando.
Las botellas flotaban alejándose, llevadas por la corriente marina.
Las miradas de ambos se fueron tras ellas, cargadas del recuerdo de los mensajes escritos. Y de la maravillosa posibilidad de llegar a lejanas playas.
Ellos las veían surgir y esconderse con el vaivén de las olas.
– ¿La vida se moverá como ellas? –preguntó la muchachita.

– Es posible –respondió Él.

Pasado varios meses, su Tío le trajo un caracol grande y sonoro.
– Es de allá – le dijo – de aquella playa donde pasamos contigo los tres últimos veranos. Y, se lo regaló como un recuerdo.
Se lo puso al oído. Quería escuchar si, al menos – detrás del sonido del mar en él contenido – estaba guardada un poquito de la voz de aquella niña.

Tomado de la novela Cuando tu mundo era tan pequeño que aún cabía en una tacita de plata de Armando Quintero Laplume a publicarse por Ediciones Vaca Azul (E. V. A.).

La amistad no se mide en tiempos ni en espacios

Ciudad Botella es una ciudad llena de mensajes…
Imagen tomada de http://ilustracionesbeatrizt.blogspot.com/
– ¡Botella al mar! – gritaban a la orilla de la mar una niña y un niño, mientras las iban arrojando, cargadas de los mensajes que les habían colocado dentro. Varias de ellas lograban flotar hacia la corriente marina que se veía desde esa playa de Uruguay. Muchos años después, casi cuarenta, desde la costa de Gran Canarias, otras botellas son arrojadas hacia un viaje de retorno.
Narrar esta vivencia, no es sólo un homenaje a lo vivido, también y principalmente, es un sutil reconocimiento a la amistad que siempre nos une con lazos invisibles e invencibles a otros seres. Y que, todos lo sabemos, no se mide en tiempos, ni en espacios.

Temas de Narración Oral: La educación en la narración oral

Como un quijotesco Caballero Andante, emprendamos una consciente revitalización
de las palabras que se dicen desde el corazón al oído y retornan del oído al corazón, siempre vivas.
Ilustración tomada de bibliopoemes.blogspot.com (1), gracias a Linsabel Noguera.

Lectura múltiple, lectura activa, la de quien escucha narrar un cuento. Le interesa lo que ha podido escuchar pero, quizás mucho más, lo que ha querido escuchar: todo lo que le evoca, le sugiere, le exenta, le implica, de manera clara o vaga. Y está seguro que el narrador, al mirarle, ha descubierto cuál es su verdadera relación con el cuento. Y que le comprende y le acompaña. Por ello, de alguna manera, es su cómplice.
Los cuentos, sobre todo los mejor logrados para la oralidad, son formas sencillas que reposan en estructuras narrativas unidimensionales. Un cuento va en un sentido: rara vez se subdivide en varios relatos. No es que sea monosémico y que sólo sea posible la interpretación “lineal”. Todo cuento propone interpretaciones globales. Eso lo saben a total conciencia o no – el cuentista que lo ha creado, el narrador oral que lo recrea y el público que coparticipa en el acto artístico. Como saben que el cuento cuenta. Y cuenta.
Con los cuentos se poetiza y se juega. Se crean y recrean a partir de una intuición concreta. Las acciones del cuento se vuelven posibles con, por y entre los otros. Por ello el narrador poetiza, crea y cree con el público: elige las palabras, teje el cuento, arma trampas, vigila para hacerlo caer sorprendido. Y el público poetiza, crea y cree con el narrador.
Por ello, el narrador juega con el público: sabe que el público le sigue pero, también, se le escapa y quiere escuchar rápidamente: sabe que el público será coautor de la historia que narra, la interpretará a su manera. Y el público juega con él. Y lo saben ambos.
Como saben que, tanto él como narrador oral como su público como escucha, son seres que tienen tiempo y aprenden a usarlo. Incluso gozando de la calidad del silencio que les rodea. Gozando de esa invisible y silente campana que generan, en el acto de ser narradores-escuchas y escuchas-narradores, con todo su hacer, con todo su ser. Gozando de ese silencio al que provocan, porque es un silencio poblado de imaginación, un silencio colectivo, un silencio compartido, donde las palabras, como las del poeta, lo rompen para recrearlo. Gozando porque el trabajo creativo de un cuento, implica un “esquema dinámico de sentido” con una doble función fecundante: la de narradores y la de escuchas, interrelacionadas permanentemente en un acto de amor: una comunicación abierta y solidaria, donde ambos comparten la confianza. ¿Pretendemos algo más para una pedagogía verdaderamente activa?
Pero con un detalle importante: nuestra misión principal es divertir, sólo eso.
Fue a partir de una conferencia que dictó Rubén Yánez, el director de la agrupación teatral uruguaya “El Galpón” –allá por mediados de los años ochenta, en la ciudad de Valencia (Venezuela)- que aprendí a utilizar la etimología de la palabra divertir en mis talleres de narración oral. Hacía muchos años que la conocía e, intelectualmente, la utilicé mucho en mis clases de literatura. Recuerdo que la apliqué por primera vez en una clase magistral, que expuse ante un tribunal de Práctica Docente en mis estudios como Profesor en Literatura, y era sobre el soneto “Los bufones” de Rubén Darío. Pero volvamos a la conferencia de Yánez. El tema central que se estaba exponiendo en ella, era sobre la importancia del humor en el teatro. En medio de varios aspectos muy importantes que se venían desarrollando, de pronto, se nos preguntó a los asistentes sobre qué era divertirse, cuándo era que uno se divertía, cómo era que se sentía quien estaba divertido. Desde la extrañeza inicial surgieron múltiples respuestas, válidas todas, ninguna descartable, más bien, sorprendentes. Al comenzar a crearse el silencio inmediato a tanta descarga, el expositor preguntó sí alguno conocía el significado inicial de la palabra, de dónde venía, su etimología. De inmediato aseveró que, en el antiguo latín, la palabra “divertir” era una palabra compuesta, formada por los vocablos “di”, dos, y por “vertir”, verter: volcar un líquido de un recipiente a otro. “Dos veces volcar” sería su significado inmediato. Señaló, además, que es eso lo que se pone
de manifiesto cuando uno se divierte: uno recibe algo de alguien o algo, y lo vuelca de nuevo hacia los otros, o lo otro. Es decir, “saca hacia fuera lo que tiene dentro” Y agregó que, si ese era el verdadero significado de la palabra, se podía, concluir, con mucho humor: “Por supuesto, nadie nos va a mostrarnos lo peor de él, nos va a sacar siempre lo mejor”.
Es obvio, pero no por obvio, innecesario, señalar que, con esa intención nos disponemos siempre a asumir cada uno de los pasos, cada uno de los ejercicios, cada uno de los momentos que nos correspondan en las actividades de todos nuestros talleres de Narración Oral. La tarea es común, participativa, incluyente y nunca -en lo posible e imposible- excluyente: aprender jugando, divirtiéndonos de lo mejor, en lo mejor.

Texto de Armando Quintero tomado de ¿Quieres contar cuentos?
http://www.analitica.com/media/3183637.pdf
(1) Por si desea visitar el blog arriba citado, pulse aquí:

Cuentos para narrar: ¡Botellas a la mar! (segunda parte)

Botella con un mensaje encontrada en una playa.
Imagen tomada del blog nochesdeazahar.blospot.com

A Hebe Rosell, en la infancia y el reencuentro.

Viaje de regreso

Pasaron mucho más de treinta y cinco años.
La vida giró como el trompo que es, según nos dice el poeta. Y, con todos sus colores. Tristes a veces, alegres muchas, melancólicos otras.

Él saboreó la vida, entre poemas y cuentos.
Los que leía. Los que escuchaba. Los que escribía. Los que decía. Y, los que narraba a viva voz y con el cuerpo.
Muchas cosas se desdibujaron con el pasar del tiempo. Otras, no tanto.
Desde el último verano que fue, nunca más regresó a la playa de su niñez.
Nunca supo qué fue de la muchachita de solera azul, ojos grandes, cabellos rojizos, con trencitas largas a sus lados y pecas en el rostro.
Los Tíos ya no están.
El caracol grande y sonoro, tampoco.
Un día sus cuentos lo llevaron a lugares que siempre quiso conocer.
Aunque no a ése, donde las corrientes marinas pueden hacer que una botella lanzada en ellas suba de sur a norte. O baje, en sentido inverso.
Un día – ¡al fin! – llegó hasta las islas de donde salieron sus abuelos.

– Tengo la impresión que te conozco –dijo la mujer.
– Yo también, pero no sé de dónde –respondió el hombre.
– Más aún, estoy segura que te conozco –agregó ella.
Cierto era que ellos habían sido presentados en la inauguración del Festival de Narradores Orales al que habían sido invitados.
– ¿Será que en otra vida…? –dijo ella, con una sonrisa.

Él narró toda su vida en cuentos.
El público quedó satisfecho. El hombre, también.
– ¡Bueno tu trabajo! –le dijo ella. Me gustaron tus alegrías y dolores dichos con tanta ternura. Estoy más segura: te oí y sé que te conozco.
“También yo” –pensó él, pero no se lo dijo.
Ella también narró sus historias. Y parte de su vida en cuentos.
El público se paró a aplaudirla. El hombre, también.
– Me gustó mucho como narras. Sobre todo, el cuento de esa niña que camina por la playa con su padre ciego. Sé que no es tuyo, pero le diste vida.
– Es que yo era esa niña –le dijo ella.

Desde esa noche, durante todas las mañanas que estuvieron en la isla, se despertaban muy temprano.
Caminaban, conversaban o se detenían para ver nacer y morir las olas, en un callado y gozoso silencio… Y, por supuesto, recogían conchillas o caracoles por las arenas de la playa.
Nunca se voltearon para comprobarlo: estaban seguros que el padre ciego los esperaba, sentado en alguna piedra, escuchando la orquesta del mar.

– Averigüé que la corriente marina que se ve allí, por este lado de la costa – le comentó ella una mañana – puede hacer que una botella, lanzada desde acá, llegue hasta la playa de nuestra infancia.
Buscaron muchas botellas. Escribieron sus mensajes, los guardaron en ellas, las taparon muy bien y las lanzaron hasta la corriente.
– ¡Como dicen que hacen los náufragos! –dijeron ambos.
Y, como en el tango, la historia volvió a repetirse. A contracorriente.
– ¡Botellas a la mar! –gritaron ambos, mientras las iban arrojando.
Luego se tomaron de las manos y se miraron a los ojos.
Allí, en algún lugar de sus miradas, encontraron las botellas que fueron arrojadas y que flotaron muchos años atrás, llevadas por la corriente marina.
Y, también, supieron que la amistad aún estaba ahí.

Una mariposa despistada se paseaba por la playa.
En sus vuelos se posó en uno de los hombros de ella y se quedó quieta.
Un golpe de la brisa la hizo volar hacia el mar.
Las botellas flotaban a lo lejos, allá casi donde el cielo y el mar se juntan.
Las miradas de ambos se fueron tras ellas, cargadas de recuerdos. Con sus tristezas y con sus alegrías, por supuesto.
Ellos las veían surgir y esconderse con el vaivén de las olas.
“La vida se mueve como ellas” –pensaron ambos.
Pero nunca lo dijeron.

Texto tomado de la novela Cuando tu mundo era tan pequeño que aún cabía en una tacita de plata de Armando Quintero Laplume a publicarse por Ediciones Vaca Azul (E. V. A.).

Temas de Narración Oral: La narración oral como manifestación artística

Linsabel Noguera narra en Un rincón para bebés en el Banco del Libro.
Imágen tomada de http://la-rana-encantada.blogspot.com/


Deberíamos pensar que volver, en cualquier arte, pudiera a veces ser más sabio que continuar. Hoy se vuelve – por diversas causas y con diferentes logros- al valor de la palabra que se dice por los caminos más directos: el de los contadores de cuento. Se vuelve a creer en la palabra viva, se revalora la narración oral como un acto de imaginación, de audacia, de lealtad, de justicia, de pureza, de libertad, de dignificación, de solidaridad, de amistad y de amor- a través, dicho sea de paso y sin faltar, de los planteamientos teóricos-prácticos de diversos narradores orales presentes en festivales y muestras internacionales de artes escénicas. Volvemos a sentir que el soplo de la voz es creador. Que nuestros gestos y movimientos le acompañan. Que nuestro ser y hacer son uno. Que nuestras acciones de luz, de sueños, de verdades nos permiten ser hermanos: ser prójimo. Deberíamos preservar al dinamismo de este hoy: él nos permite reconocernos en los demás: luchar por la vida. Porque, además, narrar es un acto de goce.
Uno puede comenzar a narrar por casualidad. En realidad – pensémoslo bien- uno siempre lo hace así: uno comparte, aunque más no sea por una necesidad inmediata de comunicación, una vivencia. Después puede caer en el entusiasmo de seguir narrando por gusto y luego en el otro entusiasmo: de que nada le gusta a uno más en el mundo que narrar. A partir de aquí, lo que ocurre simplemente es que va aumentando el sentido de la responsabilidad. Uno va asumiendo a conciencia el oficio. Uno va teniendo la impresión de que cada matiz de la voz, cada gesto, cada movimiento tiene una resonancia mayor: cada palabra que se dice, afecta más a la gente, es más con los otros. A partir de aquí uno sabe que, el acto alborozado, casi irresponsable del principio, con el tiempo se vuelve también un sufrimiento: ser cada vez más con los otros, debe ser siempre posible, y no siempre es así. Lo importante, lo que realmente nos permitirá ser y hacer, estaría en asumir nuestro sufrimiento actual con el alborozo del principio: asociar nuestra euforia al esfuerzo. Aquí está la escuela del carácter que significa el acto de narrar tanto en lo estético como en lo ético.
Como los toreros – observaciones que compartimos con el universal colombiano Jairo Aníbal Niño, en 1990 en México- midamos nuestras fuerzas, aprendamos los movimientos calculados, las tensiones variables, la flexibilidad, la destreza y el riesgo, la endurecida paciencia y la fe. Porque todo lo difícil – aún la difícil sencillez- es cuestión de método. Fue entre otros Azorín – como nos lo recordaba Domingo Bordoli quien, con gran maestría, sostuvo estas indicaciones. Y todo método exige solamente una cosa: tiempo.
Sería trivial afirmar que el método – muy a nuestro pesar- engendra poder, ese poder confianza y esa confianza, por supuesto, alegría. Con lo cual retornamos a nuestra frase: narrar es un acto de goce. Por ello, hay que administrarse muy bien a sí mismo. Administrarse, en lo posible, haciendo que suene en cada uno de nosotros la canción:...
”después me dijo un arriero
que no hay que llegar primero
pero hay que saber llegar”...
Eso sí, que suene, que resuene, en la voz, el acento y la emoción de Pedro Vargas.
Fue Gabriel García Márquez quien dijo que Pablo Neruda era una especie de Rey Midas: todo lo que tocaba lo convertía en poesía. Tomemos nota de ello y traduzcámoslo al revitalizado oficio. Recordemos que, como creadores, debemos abstraer de nuestra experiencia personal, no de elementos públicos, universales, sino de elementos privados, particulares, abundantes en matices y relieves. Narramos con los otros, pero desde nosotros hacia los otros. Si narramos de verdad, narramos nuestra verdad, inventamos. Mejor dicho, “ficcionamos”: narrando una acción que nunca ocurrió, o moldeando lo que sí ocurrió, apuntamos más a la belleza que a una supuesta verdad cotidiana. Contamos lo que los otros aún no han visto, lo que los otros sueñan, lo que los otros temen o aguardan, lo que los otros quieren escuchar. No la verdad, sino nuestra verdad. Procediendo de esta forma, despertamos, hacemos visible aquello que siempre ha vivido en todos nosotros – en mí como narrador y en los que coparticipan conmigo en el acto de narrar aunque, las más de las veces, en estado letárgico o modo desconocido. Revelamos nuestra verdad, que se vuelve Verdad entre todos.
Atentos a lo anterior: narremos de tal modo que todo lo que toquemos se convierta en cuento. Y, como un camino, aprendamos a visitar los cuentos: acudir a ellos con todos los sentidos, con todos los sentimientos, con todos los conceptos. Abiertos; dispuestos a ser para, desde y con ellos.
Como quien entra a la casa de un amigo, a la casa de la persona a la cual admira, a un templo. Queriéndolo sin decirlo, abrazándolo sin tocarlo. Celebrando con él la voz humana. Porque, como asevera Eduardo Galeano: “...todos, toditos, tenemos algo que decir a los demás, alguna cosa que merece ser por los demás celebrada o perdonada”[1] ¡Y los cuentos nos dicen, los autores de los mismos- conocidos o no- nos dicen, nosotros decimos y quienes coparticipan con nosotros, en el acto artístico de la palabra que se dice, también!

Texto de Armando Quintero tomado de ¿Quieres contar cuentos?
http://www.analitica.com/media/3183637.pdf