Clarissa, la vaca azul

Clarissa, la vaca azul
paseando por el campo

sábado, 28 de marzo de 2015

QUIEN ES AMIGO DE PEDRO INFANTE, ES AMIGO MÍO (versión corregida)




Recuerdos de mi primer viaje a la Ciudad de México.

“Los recuerdos vienen, pero no se quedan quietos. Y además reclaman la atención algunos muy tontos. Y todavía no sé si a pesar de ser pueriles tienen alguna relación importante con otros recuerdos, o qué significado o qué reflejos se cambian entre ellos.

Algunos, parece que protestaran contra la selección que de ellos pretende hacer la inteligencia. Y entonces reaparecen sorpresivamente, como pidiendo significaciones nuevas o haciendo nuevas y fugaces burlas, o intencionando todo de otra manera.”

Felisberto Hernández, Por los tiempos de Clemente Colling.
  
Mi relación y amor por México es de vieja data. Son afectos no muy guardados: amorcitos y corazones que van y vienen, porque nunca se quedarán quietos en mis recuerdos.
En mi casa de Uruguay, en provincia, escuchar en la radio –la televisión aún no era una realidad conocida– las canciones de Pedro Infantes, Jorge Negrete, Pedro Vargas y Javier Solís, entre otros cantantes mexicanos, era tan diario y religioso como oír a Carlos Gardel, Los Panchos, el programa de Alejandro Casona y los partidos de fútbol.
A los ocho años, comencé con los domingos de matiné y aprendí a disfrutar, sobre todo, de Cantinflas y de Tin-Tan; a llorar y a reír con Pedro Infante y Blanca Estela Pavón, además, de María Eugenia Llamas, “La Tusita”, la niña prodigio del cine mexicano y de la  abuelita de esos años dorados, Sara García. Como de otras películas con la participación de Jorge Negrete y Luis Aguilar. Y, a partir de los doce, pude ver, ¡al fin!, las actuaciones de Dolores del Río, Pedro Armendáriz, Silvia Pinal, Rosita Arena, Marga López y María Félix.
Luego, a finales de los cincuenta y en los sesenta, ávido lector, como era, con los Cuadernos Hispanoamericanos y los libros del Fondo de Cultura Económica, conseguidos en la Biblioteca Municipal de mi ciudad natal, en la del liceo o en las personales de algunos de mis maestros y profesores, descubrí a Alfonso Reyes, Octavio Paz y Juan Rulfo entre otros y valiosos escritores mexicanos. Y valoré el sincretismo cultural de ese siempre extraño país.
Conocer a México fue un sueño que logré alcanzar gracias al arte de narrar cuentos,  por mi participación en el Primer Festival Internacional de Narración Oral Escénica, que se realizó en las dos salas más importantes del CELARG y en varios espacios de Caracas. Fue un festival donde participaron por Colombia, Enrique Vargas, Alexis Forero, por Cuba, Mayra Navarro y Francisco Garzón Céspedes, director del evento; por México, la ya citada “Tusita” y Beatriz Falero, fundadora del grupo de Narradores de Santa Catarina, entre otros  prestigiosos artistas de esos países y de España, Costa Rica, México, Uruguay y Venezuela.
Luego de mi presentación, el 1º de agosto de 1989 –fecha que no olvidaré porque es el cumpleaños de mi madre– se me informó que, por propuesta de los compañeros mexicanos, se me invitaba al Primer Festival Internacional de Teatro de Ciudad de México. No estaría en programa, ya había sido publicado, pero –tremendo compromiso– sustituiría a María Eugenia Llamas, “La Tusita”, quién, por un serio problema de salud de su esposo, no podría presentarse. Tenía que conseguir el pasaje, solicitar los permisos a las instituciones donde trabajaba y prepararme para una estadía de veinte días de labores constante, de talleres para nuevos narradores, presentaciones colectivas e individuales, con pocos y esporádicos encuentros, la mayoría de soslayo, con una ciudad enorme, fascinante y misteriosa, donde el placer del viaje iba a estar –lo mejor que podía sucederme– en el encuentro personal, compartido, con el público mexicano sobre todas las cosas.
        Pero México, “lindo y querido”, valía mucho más que el sacrificio de una misa.
Emoción tras emoción mis recuerdos se acumulan y se atropellan, acelerados como los de Felisberto Hernández, para una crónica de un viaje para nada turístico sino de trabajo con las palabras que se dicen.
Nunca dejaré de recordar que dos razones me llevaron a pedirles a los compañeros mexicanos que al desembarcar del avión quería visitar, antes que hacer cualquier otra cosa, el Museo Nacional de Antropología: una manifiesta y pública, la deuda de sangre por el exterminio total de los primeros pobladores de Uruguay; la otra, personal y casi secreta, el reencontrarme con una pequeña  terracota tolteca que representa a la diosa de la fertilidad, sentada y con la boca abierta, la había visto cuando, con quince años, llegó al subte de Montevideo, en 1960, una muestra de muchas obras del museo mexicano y estuvo abierta por varios meses. Tampoco olvidaré que los compañeros, la aceptaron y apoyaron con creces.
Así se asoma, entre los recuerdos, como desde la ventanilla del avión, en primer lugar, el sobrevuelo sobre la enorme ciudad al arribar a plena luz del día. ¿Un regalo o una rutina del viaje? Fuera como fuera, resultó tan emotivo como lo fue el alojarnos en un hotel de cinco estrellas; o el escuchar las recomendaciones sobre la seguridad, la altura, el clima y las contaminaciones sónicas y atmosféricas en una ciudad altamente contaminada que nunca me afectaron, ni esta vez, ni en los otros tres viajes posteriores; y, luego de la entrega de la grilla, lo mágico de mi primera visita al Museo Nacional de Antropología que ocuparon las primeras horas de ese viaje. Un paseo al pasado que sólo se puede abarcar en una serie de jornadas.
De las otras horas y de los otros días se incluyen los olores, los sabores y los lugares de la ciudad. Pero, de los recuerdos, dos anécdotas sintetizan lo mejor de todo: una por la finalidad profesional del mismo, la otra, porque me muestra ese espíritu humano, humilde y solidario que, desde las canciones y el cine siempre he sentido y apreciado en el mexicano.
En mi primera presentación, en la Explanada de Xochimilco, tomé conciencia de dónde estaba y qué significaba narrar en espacios públicos de México: había que hacerlo con micrófono de cable ante una asistencia no menor a dos mil personas. Como era quien cerraba, los compañeros mexicanos me explicaron cómo manejarlo. Compartí, para darme confianza, sobre mi alegría de estar por primera vez en México, a partir de lo los recuerdos de infancia y adolescencia de los hablé al comienzo de la nota. Narré a continuación los dos cuentos que había elegido. Fui muy ovacionado. Es decir, había logrado superar al temido aparatico. 
Pero no dejaba de pensar que, al otro día, tenía una presentación con Francisco Garzón Céspedes, donde sustituía a La Tusita. Esa noche casi no dormí. Entré a la habitación, fui al baño, me quité la correa, tomé la jabonera e improvisé un micrófono de cable para ensayar. Recordar los movimientos de Rocío Durcal y de Juan Gabriel apoyaron mi movilidad escénica. Ya en el sitio, me sentí confiado con el micrófono.  Pero, la situación no parecía estar a mi favor,  el cable se trabó y, al jalarlo, hizo un giro muy pronunciado.
        ¡Eso, mi cuate! –gritó a voz en cuello alguien del público. Y calentó los ánimos.
A partir de ahí los veinticinco minutos pautados fluyeron con total naturalidad. Y, al finalizar, la intensidad de los aplausos me aseguró que lo había logrado de nuevo.
        ¿Dónde aprendiste a narrar con micrófono?– me preguntó Francisco Garzón.
        Anoche en el baño de la habitación, con la jabonera y la correa– le respondí.
La segunda anécdota tiene que ver con un taxista cuyo nombre, con dolor, lamento  haber olvidado. Él me llevó desde Xochimilco hasta Colonia Hidalgo, más de dos horas y media a marcha normal y sin colas, escuchando casetes de Pedro Infante.
Todo venía dentro del normal compartir entre un taxista y un pasajero, hasta que lo  convencional se rompió: oí la voz de Pedro Infante en “Amorcito corazón” y ello desató mis emociones y mi lengua. Al hombre le alegró que conociera tantas canciones de su ídolo. Cuando supo, al llegar al sitio, que tenía otras dos horas de espera, el taxista aparcó. 
        Siga escuchando –me dijo. Y colocó otro casete– Le faltan cuatro más.
        Pero, hombre, ¿qué hace? ¿No tiene que trabajar?
        Usted, quédese tranquilo que quien es amigo de Pedro Infante es amigo mío.
Desde ese instante, México se me hizo mucho más lindo y más querido.

Texto: Armando Quintero Laplume  Foto de Pedro Infante tomada de Google