Clarissa, la vaca azul

Clarissa, la vaca azul
paseando por el campo

martes, 1 de octubre de 2013

Sobre el origen de un nuevo libro para niños

Ilustración de Marcos Somà para el libro NO HACE FALTA LA VOZ  de la Editorial OQO

         Casi todos hemos tenido al menos un abuelo que nos alegró el corazón. Pero mi hermana y yo no conocimos a los nuestros.
         Las abuelas murieron antes de nosotros nacer. Los abuelos, cuando éramos muy pequeños.
         Los recuerdos que tenemos de ellos están en las vivencias, las anécdotas y los cuentos familiares. Que, aunque son muchos datos, esos nunca serán los mismos que vivir y convivir con ellos.
                  En cambio, nos pasó algo: en la vereda de enfrente a la casa donde íbamos a vivir, como a los ocho años, descubrimos a una pareja de ancianos que fueron nuestros abuelos del corazón.
         Eso fue a comienzos de 1950, cuando desde una estancia en la que vivíamos, una hacienda, nos trasladamos a la ciudad de Treinta y Tres. Sí en Uruguay existe un Departamento con ese nombre y la capital del mismo, también se llama así. Pero eso es para otro cuento.
Y no se los voy a narrar ahora.
         Vivían en una casa de cuentos que se parecía mucho a la casa de chocolate del cuento clásico. Y ellos, en la zona, eran considerados como unos viejos medio brujos que aunque no comían niños, eran vistos casi como si lo hicieran.
         Por dentro, las paredes de esa casa eran de libros, por unas enormes bibliotecas de caoba que iban del piso al techo. Es decir, algo así como otra manera de espesarse el chocolate. Por el color de esas bibliotecas y los dulces sueños que te dan los libros.
         Las historias de esa relación, las he compartido y las comparto siempre con mis alumnos. Y hasta las he escrito en una especie de novela para jóvenes que llevé años en elaborar  y una más pequeña para niños que acabo de terminar. Están aún inéditas.
         Y espero concursar con ellas en algún momento.
         Esos abuelos del corazón fueron unos de esos seres que me han marcado en la vida. Por sus palabras y por sus ejemplos, a veces silenciosos. Ellos cultivaban la huerta y el jardín más importante de la ciudad para esos años.
         La abuela, en las tardecitas, se sentaba en un pequeño y pesado taburete pintado de blanco. Luego, nos llamaba y nos acomodaba en cada una de sus rodillas. Para narrarnos historias, muchas historias de viejos tiempos. A veces, el abuelo nos leía desde su mecedora. O nos contaba cuentos, muchos cuentos de lejanas tierras.
         Esquinado a nuestra casa - frente a toda la huerta, que era de una cuadra completa por ese lado y de un cuarto de cuadra por el frente que daba a nuestra casa  y era donde estaba la entrada y el jardín de los abuelos - había un enorme terreno baldío que era utilizado, con permisos municipales, para acampar los gitanos y los circos que, anualmente, visitaban la ciudad.
         Cuentos y cuentos recibíamos de parte de los abuelos, además de la fiesta que significaba cada una de estas visitas.
         Nos hablaban de las costumbres de los gitanos, con quienes tenían un trato muy especial. Sobre todo el abuelo, que conversaba muy bien con ellos, al menos, en dos lenguas que no era castellano. Supongo que hablaban, por varias razones, en francés y en idish.
         También nos hablaban de cada uno de los animales del circo y de cada uno de los artistas del mismo. Principalmente de los elefantes, los tigres, los leones, los monos y, por supuesto, las jirafas.     
         Recuerdo que su comentario sobre ellas fue más o menos así:       “Todos los animales tienen los sonidos para llamarse y decirse que se quieren, menos las jirafas. Son mudas. Tan mudas que no emiten ningún sonido. Pero, como los mudos, para decirse que se quieren abren muy bien los ojos, por eso ellas los tienen tan grades y se tocan. Y eso se lo enseñan a otros seres”
         Hace algún tiempo, una alumna de un taller de narración oral que dictaba en el interior de Venezuela, donde vivo desde 1978, me habló de un cuento europeo que había sobre una jirafa. Era un libro muy bonito que ella leyó y me lo contó a su manera. Fue como el disparador para recordar y trabajar con el comentario de mi abuelo del corazón. De ahí surgió el cuento.
         No pretendo, como siempre que narro o escribo, nada más que divertir con una historia que se parece mucho a las cosas que he vivido o compartido con otros seres. En este caso con mis abuelos.
         Eso sí recordando el significado etimológico de divertir que, en el antiguo latín significaba dos veces volcar. Eso hace que se traduzca como sacar afuera lo que se tiene dentro. Y eso es lo que pretendo siempre: sacar afuera lo mejor de mí para que el otro, el que me escucha o me lee haga lo mismo, saque hacia afuera lo mejor de él.
         La enseñanza o el mensaje, aparece normalmente en el cuento y no se necesita destacarlo. Todo niño es inteligente y lo descubre. Y descubre mucho más que eso.
         Recuerdo, sobre este punto varias de las cosas que nos comentan o intuyen los pequeños.
         He aquí una que siempre narro.
         Una vez me acercan una mamá y sus dos hijas de unos tres y unos seis años. La menor, con esa espontanea actitud de todos los pequeños, me comenta y pregunta, mirándome de frente:
-      Tú eres viejo, ¿verdad? ¿Qué edad tienes?
-      Unos sesenta y dele. Casi setenta – le respondo.
         Ante la sorpresa de su madre, de su hermana y la mía, dice:
-      ¡Eres viejo! ¡Bien viejo! ¿Y no te has muerto todavía?
         Como comprendí, por los gestos de su madre, el regaño que se vendría le digo de inmediato:
-      Me mantienen vivo los cuentos y poemas que me sé.
         La niña me sonrió y se fue a jugar.
         Varios días después se me acercan de nuevo. La madre dice:
-      Profesor, la que me hizo.
-      ¿Qué pasó?
-      Ella – me respondió la  señora, señalando a la menor – no quiere irse a dormir si no le cuento o le leo un cuento.
-      ¡Ah! ¡Qué bien!
-      ¿Pero sabe por qué?
-      Usted me dirá.

-      Porque así va y se lo cuenta a su abuelo.

Texto de Armando Quintero sobre su libro, ya próximo a salir, No hace falta la voz de Editorial OQO con ilustraciones de Marcos Somà.