Clarissa, la vaca azul

Clarissa, la vaca azul
paseando por el campo

sábado, 13 de octubre de 2012

El héroe, el viaje y la sombra en “Mi madre en un pueblito de recuerdos” de Aquiles Nazoa

Luna desde el pueblo, foto tomada del facebook de Andrés Tuerca, uruguayo.

           Al iniciar estas reflexiones, no podemos dejar de lado que Aquiles Nazoa era un valioso lector, lúcido y atento, de literatura. Y de la buena. Es suficiente que pongamos nuestros ojos en cada una de las referencias de su “Rezo el Credo” para demostrarlo. Y, en sus permanentes y numerosas citas literarias de sus diferentes, multifacéticos y prolíferos textos de poesía, teatro o prosa.
           Como también, por supuesto, era un atento lector de su vida y de su época, tanto como de su sociedad y de su cultura. Basta que leamos cada uno de los cuentos, vivencias o crónicas poéticas reunidos en su maravillosa “Vida privada de las muñecas de trapo”. Para no escudriñar en otros textos.
            En ese libro hay muchas demostraciones de lo que señalamos. Tantas que nos llevaría a aseverar, sin equivocarnos, que aún los investigadores, críticos, docentes y conocedores de la Literatura Venezolana no han valorado su obra en las justas dimensiones de su lenguaje y significación. Y, en la mayoría de los casos, se han quedado en una lectura superficial de sus poemas humorísticos y su supuesta superficialidad o en su fuerte adherencia a los intensos movimientos ideológicos del entorno latinoamericano en el que vivió.
          Apostamos y aportamos por una actualización de sus textos de una manera activa. Apostamos y aportamos por una revisión atenta de una obra que está ahí, aún a nuestro alcance, y que no debería quedar en letra muerta. O, peor, olvidada.
            No conocí la Caracas de los años 20 donde transcurrió su infancia. Menos conocí El Guarataro de esos años y posteriores. Lo vine a conocer años después. Ni la Quebrada de Catuche de sus años de niñez y juventud.
            Pero conocí y conozco toda esa Caracas perdida y no olvidada que aun subyace en lo dicho o sugerido en textos como  “El niño que yo era”, “Comprando frutas”, “Pasa mi padre”, “La mamá de Mateo Manaure habla el lenguaje de los pájaros” y en “Mi madre en un pueblito de recuerdos”. Para citar, al azar, algunos de los que integran el libro “Vida privada de las muñecas de trapo”.
           Y, donde des profeso, he dejado sin nombrar unas joyas de la literatura tan maravillosas como “Historia de un caballo que era bien bonito”, “Mi papá me cuenta un cuento de animales” o “La niña, el pozo, el gato, el cojín bailador y las siete piedritas”.
            Literariamente, una pequeña joya también lo es esta crónica poética que estamos comentando. En ella, lo temporal, lo local y lo universal se sincretizan en una hermosa y muy colorida amalgama de efectos. Con hermosas sinestesias, imágenes y metáforas inolvidables para cualquier lector atento.
            Y tan universales como su contenido.
            No es porque sí que se cita al domingo, a la tarde y la melancolía. No es porque sí que se mencionan al jardín, al ovillo, a la lámpara y a la cruz de palma bendita. Y, menos lo es, por ese maravilloso juego con el trinomio madre-niño-recuerdos durante todo el texto que me llevan a tener muy presente al papel  número 23 de “Los papeles de Miguela”, esa pequeña y sutil obra del escritor colombiano Jairo Aníbal Niño, el denominado “Maternidad”:

            “Después de nueve meses de gestación, el bebé da a luz a una mamá.

           Y a recordar cuentos como “Viaje a la semilla” de Alejo Carpentier, el tradicional cubano “Marcolina” o “La nona Insulina” de la argentina Ema Wolf donde, en diferentes tonalidades, existe también un retorno a los inicio de la vida.
       Con la crónica poética de Aquiles Nazoa, “Mi madre en un pueblito de recuerdos”, estamos sin ninguna duda ante un texto que, como ya se lo había escuchado muchas veces a Jairo Aníbal Niño, aunque de un modo tangencial,  ahora lo vemos muy bien aseverado en el texto por Fanuel Hanán Díaz: 

            “Simplemente existe la literatura.

        Hace unos años tuve la dicha de compartir esta crónica poética con varios niños y adolescentes. Lectores, por supuesto. Y atentos. Muy atentos.
          Y el placer de lograr muy buenas reflexiones y textos de ellos. Su relectura me lleva a revitalizar la experiencia. Y, con otros textos del libro.
            Pero tenemos una meta a lograr y tres preguntas a responder:
            ¿El héroe?
            ¿El viaje?
            ¿La sombra?
            Veamos, para cerrar nuestro trabajo emprendido, nuestras tres breves respuestas por partes.
            Dado el enunciado del título tendríamos una heroína, la Madre. Pero, no.
        Desde el comienzo se nos está señalando, maravillosamente bien, que no es así. Leamos con atención todo el significado de la frase inicial.

            “Mi madre vive en un pueblito de recuerdos; yo algunos domingos me subo en el elefante del Libro Mantilla para ir a visitarla.”

            Es decir que quién está vinculado a la acción dramática no es ella, sino el niño Aquiles. Viendo, viviendo y compartiendo con ella. Y, desde esa perspectiva, sin lugar a dudas, tendremos que hacer la lectura de todo el texto. Ella solo es mentor en ese proceso. Y la frase de cierre de la crónica nos lo confirma.

          “Yo lo sé, yo lo sé, porque mis ojos, yo lo sé, no han conocido estrellas más suntuosas, ni mañanas más claras, ni flores más augustas ni en fin nubes, como las que aprendí desde tu cuerpo a mirar a través de tu mirada.”

            Claro que para llegar hasta allí se ha realizado todo un viaje. Con idas y retornos. Con el recuerdo de varias situaciones agradables, sencillas, inquietantes y hasta tormentosas. Donde tanto la vista, como el oído, el olfato, el gusto, el tacto y los movimientos son despertados por los recuerdos y las vivencias.
            Y, además, a partir de un viaje “en un tranvía bajo la lluvia” se realiza el maravilloso viaje hacia los inicios a su propia vida. Un viaje hasta el momento en que aún no ha nacido Aquiles Nazoa, hasta el momento de su propia gestación en el acto de amor de sus padres.
            Pero ¿y la sombra? ¿Dónde está la sombra?
            Una crónica poética, tan cargada de sugerencias, de brumas veladas por la hermosa presencia del recuerdo, empañada por los olvidos, por todos los espacios y objetos que se han perdido en una Caracas rememorada pero ya inexistente están presente en el texto. Poéticamente gritada, esa Caracas ya no está. 
            Pero está aún, también, visible en una madre que se va perdiendo en el tiempo de sus recuerdos. Que pierde, poco a poco, la actualidad de su presente en la bruma de sus memorias de un tiempo ya perdido.
            Me quedo con lo poéticamente sugerido.
            No quise, ni quisiera, averiguar si existió una desmemoria senil en Micaela González, la madre de Aquiles Nazoa.
            Sería tan horroroso.
            No por el hecho en sí.
            Aclaro.
            Sería tan horroroso como lo dicho por un “crítico literario” español de los años sesenta que sostuvo que Federico García Lorca había mentido pues él, el “crítico”, logró confirmar que el torero Ignacio Sánchez Mejía no murió a las cinco de la tarde, sino a las cuatro y cuarenta y cinco de la tarde.
            ¿Y se imagina usted recitando la famosa elegía de Federico García Lorca, “Llanto por Ignacio Sánchez Mejía” - luego de todas las múltiples reiteraciones de “a las cuatro y cuarenta y cinco” - diciendo al final?:

            “¡Eran las cuatro y cuarenta y cinco en todos los relojes!
            ¡Eran las cuatro y cuarenta y cinco en sombra de la tarde!”

            Aberrante, es poco.
            Se rompe, entre otras cosas, con ese espacio innombrable de toda poesía.

Texto: Armando Quintero / Foto: Andrés Tuerca
Para leer "Mi madre en un pueblito de recuerdos" pulse en el siguiente enlace:
http://frases-poemas.blogspot.com/2010/05/mi-madre-en-un-pueblito-de-recuerdos.html