domingo, 15 de julio de 2012

El arte oral de narrar cuentos de corazón a corazón

Ilustración:  un mandala realizado por Marc Chagall tomada de la webb

Un maravilloso oficio que se ha hecho 
toda una profesión a compartir con todos

Sabemos que la narración oral es el oficio más viejo de la tierra y que, a partir de los años 80, se ha convertido en una profesión para el mejor vivir.
Sabemos, desde siempre, que es comunicación transformada en arte.
Sabemos que, por provenir de la necesidad de dialogar, de conversar, de compartir experiencias, conserva los recursos expresivos que manejamos en la comunicación cotidiana.
Sabemos que, a esos recursos, los maneja de modo más expresivos, más definidos y propicios, por la conciencia de su uso que determinan al oficio.  
Sabemos que no es una tarea nada fácil la de tocar la interioridad de cada uno con el lenguaje común. Y, los niños son duros jueces de ello.
Saber que es nuestra actitud ante la vida la que ha de ser un ejercicio y un ejemplo de sencillez. Que es ese ejercicio y ese ejemplo lo que nos enseña.
Que es el asombro al descubrir la palabra simple, que es el temor al no encontrar la palabra propia, o la propia palabra, lo que debe acompañarnos siempre. Que son nuestros conocimientos y experiencias lo que volcamos a los otros, y lo que recibimos de ellos, en cada cuento que narramos. Que no buscamos, sino que encontramos, las sugerencias para narrar con todo nuestro cuerpo, y no sólo con palabras. Y los niños lo captan de inmediato.
Que es la memoria pura, lo vivido por cada uno de nosotros: “ese ayer que es todavía”, lo que transformamos  en palabras auténticamente dichas, en palabras que se dicen y que se hacen. ¡Ay!, otra vez, los niños, implacables.
Que son la luz de nuestra infancia, el aroma de nuestros recuerdos, el toque de nuestras vivencias, los soles de nuestros amaneceres, las lunas de nuestras melancolías, las raíces de nuestros orígenes, las proximidades al mundo de nuestros padres, el acercamiento a las simplicidades o exuberancias de nuestros pueblos o ciudades, los que se reflejan en los numerosos lenguajes que transitan en lo que hacemos y decimos.
Que es, en definitiva, permitiendo que el verbo se haga carne como deberíamos narrar. Haciendo y diciendo. Sin contradecir lo que digo con lo que hago, o viceversa. Desde adentro hacia fuera. Siendo y no pareciendo.
Viviéndolo sensorial, sentimental y conceptualmente todo, a cada instante, en mí y con los otros. Porque lo auténtico, eso lo indica la experiencia, hace real lo que presentamos en el instante de narrar.
¡Ay!, de nuevo, los niños no perdonan si captan lo contrario.
La comprensión de todos estos aspectos  por los alumnos del módulo de Narración Oral del Diplomado de Literatura infantil de la UDO de Caracas hizo que la fantasía se hiciera realidad. Y, de ello no hubo ninguna duda.
Todo fue posible.
Desde el mundo gestado por las voces, los gestos y los movimientos de los narradores ante los niños y adultos que fueron copartícipes de ella.
Porque el público no es espectador, no es sólo público.
También, lo sabemos desde siempre, todo asistente a una presentación de cuentacuentos no es un mero espectador de la actividad, es parte de la actividad. Y completa, a su imagen y semejanza, todo lo narrado y sugerido por el narrador, con sus voces, sus gestos, sus movimientos, su manejo del espacio y de las situaciones que se están viviendo.
Los niños lo captan de inmediato. Y, no nos cansaremos de decirlo, son duros jueces de ello. Los jóvenes y adultos, también.
            Por ello, tanto en el colegio donde nos presentamos como en el Parque Caballito de Altamira, todo fue maravillosamente posible. U hoy, Día del Niño, en la presentación que compartimos con Abigail Truchsess, Tiago de Jesús y el numeroso público asistente a las actividades organizadas en la Plaza de Los Palos Grandes
           Gracias a todos. Y a todo.
            ¡Y, lo demás es lo de menos!

Texto de Armando Quintero Laplume