Clarissa, la vaca azul

Clarissa, la vaca azul
paseando por el campo

lunes, 2 de abril de 2012

En torno al valor psicosocial y psicolingüístico en un cuento de Keiko Kasza y otras historias afines (II)


Las palabras corrompen, oímos decir un día. Lamento no recordar quién.
            Dudando de las frases absolutas, por los estereotipos que generan,  íbamos a rechazarla, pero lo sorprendente de ésta nos estremeció. Quien la había lanzado sabía muy bien que le escucharíamos con mayor atención. Inmediatamente preguntó si a alguien que no conoce el mango, le podríamos explicar, solamente con palabras, sobre el sabor del mismo, sobre su forma, su textura, su color.
            Ante mí desfilaron las palabras del poeta: “...comiendo mangos/ por las barriadas del cielo...” Las repetía mi memoria. Hasta recordaba con mucha claridad el timbre y los matices de la voz de Andrés Eloy Blanco, tantas veces escuchado en mi lejana infancia desde una grabación conservada en la radio de mi pueblo. Donde estuvo en persona allá por mi infancia. Recordaba, el poco eco que tenían esas palabras resonando en mí mientras no vi, toqué, olfatee, gusté e, incluso, oí la sonoridad especial de un trozo de mango dentro de la boca.
            La frase, desde el ángulo al que se dirigía, se tornaba indiscutible: las palabras corrompen lo vivencial y lo intelectualmente conocido. No pueden decir todo. Pero con esto, ojo, no confirmamos un alejamiento de la palabra, sea escrita o, simplemente dicha. Confirmamos que lo puramente expresado a través de ellas se sustenta de lo vivido y lo conocido intelectualmente. Ni más ni menos. Palabra y vivencia, dicho y hecho, voz y acto son complementarios, no excluyentes.
            Asumir lo anterior a conciencia es una ley fundamental en el arte de narrar oralmente. No puedo engañarme, ni engañar en ello, ni con ello. El cuento narrado oralmente – y por otras razones lo sabemos- “dice” más de lo que “enuncia”. Es imprescindible, ante esto, no desconocer el contenido que nos ofrece el cuento, las ideas que expone, la ideología que profesa, unido a la importancia de su realización verbal. La veracidad del narrador proviene de la autenticidad del no “hacer como si”. El lenguaje, en unidad con todos los canales por los cuales se expresa, no se engaña, ni engaña. Al narrar, más que en lo puramente dicho, estoy presente en el cómo de mi hablar: en los gestos, en los movimientos y en los matices de mi voz sustentando la seguridad de las vivencias y conocimientos intelectuales que comparto. Frente a ello, la necesidad de una base interna para lo que se está diciendo sale a la luz. En otras palabras: narro desde adentro hacia fuera, desde la seguridad que poseo de todas mis vivencias y conocimientos intelectuales, y de cómo los muestro. De ahí proviene mi veracidad.
            Si no lo sé, si no lo asumo, no seré creíble. Y no puedo mentirme, porque ni siquiera logro mentir. Cualquiera lo notaría a las primeras palabras que diga.
            La ingeniosa historia que, con gracia y picardía, cargada de humor, amor y mucha simplicidad nos presenta en su inteligente cuento e ilustraciones Keiko Kasza, también, van por este mismo camino. Porque, sin dudas, se sustenta de lo vivido y lo conocido intelectualmente. Ni más ni menos. Y sin todo lo contrario.
            Completando y complementando lo aquí señalado podemos observar el relato oral del cuento “Víctor” presentado el 20 de marzo de este año en la UCAB.


Texto de Armando Quintero Laplume (Segunda parte)