Clarissa, la vaca azul

Clarissa, la vaca azul
paseando por el campo

lunes, 23 de mayo de 2011

Reflexiones, apuntes y recuerdos tomados de Los cuadernos de Julio Márez



(Sobre la Narración Oral Escénica I) 
            “Si la narración oral escénica es ‘una conducta expresiva del ser humano transformada en arte’, estoy estableciendo un dogma al cual obedecer. Estoy considerando que la totalidad de los pensamientos, de los sentimientos, de las sensaciones que tengo, es decir, de los conocimientos y experiencias que como ser humano poseo, pueden y deben ser transformadas por mí – en el instante en que narro- y por los asistentes a mi presentación como público – en el instante en que eventualmente me escuchan- en un ejercicio poético donde por coparticipación vamos convocando  al encuentro y recreando la vida que como narrador comparto y que puede, y casi siempre tiene, el valor de la propia vida – a su imagen y semejanza- de cada uno, en lo individual y, de todos, en lo colectivo, de los que me escuchan como público”.
-          No está mal su esfuerzo por realizar una síntesis de las definiciones de la
narración oral escénica – le decía a uno de los alumnos del Seminario de Oralidad y Literatura-. Ese era el ejercicio escrito a realizar en el aula. Separado de algunas observaciones que habría que hacerle, y algunas correcciones - ¿Cómo lo diría en menos y más simples palabras?- se me ocurrió proponerle, cuando me entregó su trabajo.
El alumno meditó. Parecía afirmar, borrar, tantear y enmendar en su cabeza. Luego
pasó a la pizarra y escribió:
            Cuenta que serás contado.
            -Con una aclaración, profesor – nos explicó a todos-. La expresión “que serás contado” está por “serás tomado en cuenta”, “hablarán de ti”. No sólo porque piense en la necesaria permanencia del narrador por la valoración de los otros unidos al esfuerzo personal que le haya dedicado a su oficio. También por la conocida coparticipación del público...
-          Entendido, muchacho. Entendido.

( Aviso a los narradores orales I)
            -Hay que estar con nuestros sentidos alerta – les decía a los alumnos, mientras los pájaros saludaban a los últimos rayos del día- nuestros corazones abiertos y nuestra razón bien despierta puesto que nuestro decir y hacer establecen, en el instante en que presento oral y escénicamente un relato, una relación de comunicación con los otros donde vamos y se nos va avisando, encaminando, informando e influyendo sobre una relación del hombre con la realidad y una actitud frente a ella que es plenamente compartida y coparticipada- a plena conciencia de ambos, o no- por quien narra y quienes escuchan.
            -En otros términos- pareció interrumpirme un alumno- como siempre se nos está avisando, y siempre lo hemos comprobado: al narrar no estoy, ni soy solo: al narrar estoy y “soy solidario, no solitario” Que, si mal no recuerdo, lo último lo dice Francisco Garzón.
            -¡Cómo que el alumno Martínez no está atardeciendo, sino amaneciendo! - les concluí, entre las sonrisas de todos.

(Apuntes I) 
            Parodiando a Juan de Mairena, afirmemos:
            El que no narra a un hombre, no narra al hombre; el que no narra al hombre, no narra a nadie.

(Sobre el ejercicio del narrador oral II)
            Si el narrador oral, como sabemos tiene que hablar claro, tiene que hacerse comprender por todo el mundo con sencillez, uno se sentiría tentado a pensar: son muy pocos en el mundo los que pueden hablar de ese modo y menos todavía los que logran hacerse oír. Y aquí caeríamos en errores – más aún, en horrores- sobre los contenidos verdaderos de nuestro oficio, tanto en lo ético como en lo estético que, no nos cansamos de repetirlo, no son valores separados. No sólo dejaríamos de comprender que la narración oral es un acto de humildad, de equilibrio y de belleza, sino – y esto es quizás más grave- no aceptaríamos, por lo menos en los hechos, lo que nos afirma Garzón Céspedes: “La narración oral es un acto de indagación, donde el ser humano, al narrar a viva voz y con todo su cuerpo, duda y hace dudar, pregunta para alentar una respuesta interna de cada quién y colectiva, de cada público y por esta vía reafirmar los aciertos, criticar los errores, superar los defectos, y defender la permanencia e integridad de los principios humanos universales”.
            Es por ello que siempre tendríamos que proponernos – y lo agregó con un brillo de picardía en la mirada- si nos queremos dedicar al oficio de la narración oral, para su hacer y para su ser: marchar siempre por el medio y en profundidad. Seamos creadores, no repetidores. Hagamos preguntas cuyas respuestas, a su vez, sean nuevas preguntas. En arte, dudemos, siempre dudemos. Fundamentalmente de todo aquello que parezca definitivo. Dudemos incluso de lo que acabamos de decirnos. Por lo menos, no lo tomemos al pie de la letra. O, como nos decía el maestro Juan de Mairena: “En general, los viejos sabemos, por viejos, muchas cosas que vosotros, por jóvenes, ignoráis. Y algunas de ellas – todo hay que decirlo- os convendría no aprenderlas nunca. Otras, sin embargo, etc., etc.”. Ello es válido, también, para la literatura como oficio. ¿O, no?

(Sobre la veracidad del narrador oral I) 
            -Al narrador oral tendríamos que exigirle – y se lo exigimos más o menos conscientemente- que crea en la verdad de lo que dice mientras cuenta, aunque luego nosotros lo pongamos en duda. Que nos transmita una fe, una convicción, que la exhiba, al menos, y nos contagie de ello en lo posible.
            -¿Sería como decir- me preguntó un alumno- que nos convenza con el cuento de que el cuento no es cuento?
            -Algo así por el estilo. Para que lo tenga a cuento...quise decir, en cuenta – le respondí.

(Apunte II)
            Los cuentos oralizados no se transmiten, aunque se nos quiera convencer de lo contrario. Los cuentos se engendran en la coparticipación que se genera en el momento mismo de su presentación por el narrador con su público. Crecen, se desarrollan, maduran y deben perdurar – lo efímero debe ser eterno como obra de arte- como las cosas creadas. Si no se logra eso, el narrador perece, por lo menos en ese momento. Y el cuento, también.

(Apunte III)
            El narrador oral es obra de sí mismo y de su relación con los otros, se hace a sí mismo mientras se va haciendo con los otros. No puede dar una imagen de sí, si no es su propia imagen con los otros. O no es. Menos podrá ponerse una máscara – para tratar de parecerlo- porque siempre tiene que dar la cara.

Reflexiones, apuntes y recuerdos tomados de Los cuadernos de Julio Márez  de Armando Quintero (1987-1992-1998)