Clarissa, la vaca azul

Clarissa, la vaca azul
paseando por el campo

viernes, 4 de junio de 2010

Dos textos de María Teresa Andruetto


Foto de M. T. A. tomada de La Voz, fotografía de José Gabriel Hernández.

Extravío

Sólo enfermando al vecino, es como uno se convence de su propia salud.
Fedor Dostoievsky

Cuando yo era chica, pasaba frente a nuestra casa, en la esquina de Mariano Moreno y Río Negro*, todos los mediodías, un hombre con un pequeño paquete en la mano. Martinato se llamaba (o se llama, porque acaso viva todavía). Aunque no tenía reloj, Martinato sabía siempre la hora exacta. Se decía que vivía contando los pasos, equivalentes a segundos. Si así era, pienso que podía saber con exactitud acerca del tiempo porque a eso -al tiempo- le dedicaba todo su tiempo.

Muchos años después, ya convertida en una mujer grande, tuve por vecino en mi casa de Villa Allende, a un hombre a quien llaman El Caminante. Desde los dieciocho años, edad en la que -eso dicen- murió su madre y él -uso estas experiones sin conocerlas del todo- "tuvo un brote psicótico", el caminante camina -con una gruesa campera, tanto en invierno como en verano- desde la mañana hasta la noche, desde su casa que está junto a mi casa, hasta el cementerio viejo y desde ahí otra vez hasta su casa.

No sé bien por qué estos episodios vienen juntos a mi memoria, acompañando a un tercero: un recuerdo antiguo, fundante para mí, que también tiene que ver con el caminar. Cuando era muy chica y apenas si sabía decir mi nombre me mandaron con un papelito en la mano (un papel escrito por mi madre) a hacer una compra. Supongo que porque era tan chica (o porque por primera vez me habían mandado a hacer una compra) yo temía perderme. Así que caminé mirándome los zapatos, en la creencia infantil -pero no demasiado lejana a la verdad- de que uno está donde están sus pies. Y de tanto mirarme los pies, me distraje de otros menesteres y me perdí. Me encontró el cartero, un hijo del Maestro Bono, me preguntó si mi mamá se llamaba Cleofé, me cargó en el canasto de las cartas que estaba adosado a su bicicleta y me llevó de regreso a casa.

¿Qué tienen en común un hombre extraño, un enfermo y una niña distraída?¿ Qué los separa? No sé si el recuerdo es tan vívido para mí porque llevaba en la mano la letra de mi madre, o porque descubrí que era hija de una mujer que tenía un nombre inusual, o porque quien me llevó a casa era el hijo del Maestro (había una sola persona en mi pueblo de quien pudiéramos decir simplemente: el maestro) o porque aquel hombre me puso en el canasto donde se llevan los mensajes, o porque tuve conciencia por primera vez del extravío. De hecho, Extravío es la palabra con que titulé un poema construido a partir de ese recuerdo, tantos años después.

Ya lo dice el lenguaje popular: hay que estar bien plantado, hay que vivir con los pies en la tierra, por contraposición a andar con la cabeza en las nubes. Oscilación entre el deseo de extraviarse y el esfuerzo por seguir pegado a la realidad. En ese oscilar que a veces asusta, que a veces abisma, está el momento de creación. Sé que hay límites entre la salud y la falta de ella (allí donde usted nada, ella se ahoga, le habían dicho a Joyce -creo que se lo había dicho Freud- en relación a su hija Lucía), pero ¿dónde están esos límites?, ¿hasta dónde uno puede extraviarse y regresar cuando quiere a casa?. ¿Hasta dónde alguien que transporta las palabras puede encontrarnos (o hacer que nos encontremos) y llevarnos consigo en su canasto hasta donde estemos a salvo?

(*) En Oliva, pueblo donde me crié y sede del Asilo de Alienados Colonia Dr. Emilio Vidal Abal.

Mentir

Un escritor es un hombre que miente.
Abelardo Castillo

¿Qué puede hacer una niña tímida, que tiene nariz grande, piernas flacas, ropa deslucida y que se sabe invisible para sus compañeras de grado? ¿Qué puede hacer esa niña a la que su madre ha contado cuentos cuando ella era la niña de la niña que hoy es, sino leer, leer desaforadamente todo lo que hay en su casa? ¿ Y qué hay en su casa?.

Una mezcla de Twain y D´Amicis, de Stevenson y Tagore, de Dumas y Olegario Andrade, de Collodi y Kempis, una edición bellísima de El Quijote, varios Shakespeare en las ediciones populares de Tor, una Divina Comedia, un Decamerón, muchos libros sobre cooperativismo, muchas biografías y relatos de viaje, una colección de literatura política argentina que tiene desde Alberdi a Monteagudo, desde Moreno a Mansilla, con todo Sarmiento y todo Echeverría y, sobre todo, mucha y buena literatura informativa, enciclopedias, diccionarios, historias universales y argentinas, historias de la música, del arte, de la fotografía, de la filatelia... porque no era la literatura sino el conocimiento lo que primaba en la casa y había que saber cómo se hace cada cosa, cómo está compuesto el universo, cómo se generó la vida en la tierra... porque los libros tenían un sentido utilitario y tal vez no hiciera falta leer una novela, pero cómo ignorar la evolución de la pintura desde Altamira hasta Picasso. Y yo, la niña que yo era, iba por esos libros con el mismo desparpajo, con la misma irreverencia con que transitaba por las fotonovelas - Nocturno , Chabela , Idiliofilm - que había en la casa de mi amiga Rosa, o por las hojas teñidas de sangre de la revista Así* en las que el carnicero envolvía la carne que me habían mandado a comprar. Todo tenía para la imaginación de mis ocho, diez años, el mismo valor, porque yo iba por esos libros y diarios y revistas, buscando historias para contar a mis compañeras de grado, historias que, mentirosa, relataba como propias. Iba a la escuela cada mañana y, en el recreo largo, me sentaba en un banco de cemento, en el patio, y contaba algo que había leído el día anterior, una historia que alargaba o modificaba a mi antojo, para agregar suspenso o acabar a tiempo para regresar al aula. Ellas no sabían que se trataba de episodios robados a los libros, y yo sentía por eso una inmensa vergüenza, pero lo mismo contaba, como un vicio cuya marcha no podemos detener, yo contaba. Lo que no había comprendido aún era que en aquellas historias narradas para que me quisieran mis compañeras de grado, yo estaba ejercitándome ya en esta pasión, en este delicado hacer, en esto que Abelardo Castillo llama el oficio de mentir.

* Difundida revista de crímenes, en el estilo de periodismo catástrofe, que circulaba en Argentina en los años sesenta.

Tomados de http://www.teresaandruetto.com.ar/

2 comentarios:

Alberto dijo...

Saludos afectuosos para ustedes desde Cordoba,
MTeresa

Los Cuentos de la Vaca Azul dijo...

Gracias, María Teresa.
Maás vale tarde, que nunca. Como decían los abuelos.
Respondí al mensaje el mismo día y, al enviarlo, se cortó la luz, luego se me pasó revisar si había logrado ir. Me disculpo.
Abrazos, Armando