Clarissa, la vaca azul

Clarissa, la vaca azul
paseando por el campo

sábado, 23 de febrero de 2008

Una Vida en Cuentos

EINSTEIN: “La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa”.

Esto no es un cuento. Simplemente, es una vida en cuentos.
Que pudiera ser casi lo mismo, pero que - por varias razones - no lo es. Acompáñame. Voy a pasar por nuestros corazones – el tuyo, el mío, el nuestro, el de quien me lea o me escuche - muchas cosas. Para ello, sólo abre conmigo todas las puertas y ventanas que este texto nos pueda sugerir hacia el amor, el humor, la ternura y los sueños, es decir: ¡hacia la vida de los cuentos!.

Los recuerdos se amontonan cuando todas, desde la más pequeña hasta la más grande de las situaciones que nos tocaron en esta vida, pasan de nuevo por nuestro corazón –que ése, no otro, es el significado etimológico de “ri-cordis”: volver a pasar por el corazón– y, nos asombran con toda su carga de múltiples y variadas sensaciones y sentimientos. Poco a poco, los seleccionamos para que se conviertan en cuentos a compartir con todos, entre todos, para todos, ¿o no les ha sucedido así?
No es novedad reconocer que nada de lo que vivenciemos le será ajeno a quien nos escuche o nos lea. Porque, sobre todo, en mayor o en menor grado, a cada uno le ha correspondido vivir sus penas y sus alegrías que, si aprendió a divertirse con ellas, a sacar hacia fuera lo mejor que cada una lleva dentro, le permitirán abrir las puertas y ventanas de su propia interioridad, para manifestarla en palabras y en hechos en ese hermoso intercambio de lenguajes que son los cuentos narrados a viva voz y a todo cuerpo.

Si uno fuera gestado y - en el vientre de su madre - creciera acompañado con una hermana: es posible que aprenda a reconocer qué es la solidaridad y, por supuesto, la ausencia de soledad. Y, desde antes de nacer. ¿No les parece?
Nacimos en provincia. Fuimos gestados en muy difíciles situaciones, según nos decían nuestros padres. Siempre nos contaron que, luego de diez años de noviazgo entre ellos y cinco años de casados, nuestra madre había arribado a los treinta y nueve años, una edad, para la época, muy complicada y donde la posibilidad de tener hijos era como efímera. El hecho real era que ahí estábamos, y para muchos tenía un significado enorme. Más allá de toda dudas, para nosotros, también. En lo personal determinó muchos aspectos de nuestro carácter y de nuestra relación hacia, desde y con los otros. Fuimos, por supuesto, tan amados y consentidos como lo que éramos, hijos únicos. Cuidados y protegidos como tales. Y, les aseguro, no sólo en el medio familiar, también, en los primeros años, por el entorno social, por ser los primeros mellizos de nuestra ciudad que habían logrado sobrevivir. Además, éramos ochomesinos. Tengo la seguridad que, todo esto, me ha permitido valorar un oficio que enaltece la solidaridad, la ternura, el amoroso acto de compartir con los otros y, sin dudas, la necesaria aprobación de ellos, los que coparticipan con el narrador de cuentos para que, entre todos, podamos brindarnos una mayor y mejor realidad: la del soñar despiertos, la del imaginar mundos posibles e imposibles para que la vida sea.

Si uno oyera a los contadores de cuentos campesinos, apoyando su oído al vientre materno o atendiendo a las vibraciones que los sonidos de esas voces van provocando en él , y si, además, los viera - utilizando al cordón umbilical como un periscopio - desde ese espacio redondo como el mundo: es posible que aprenda a reconocer el amor a las palabras que se dicen, y a valorarlas como tales, desde el propio instante que comenzó a asomarse a la vida. ¿No es así?

Puedo asegurarles que lo dicho no es una mera recreación cargada de fantasía: en algún rincón de mi memoria, y no muy escondido, se encuentra, y vivo. ¡Y lo recuerdo tan bien!. Y, a partir de ello, tengo muy presente que nací entre cuentos y entre narradores de cuentos. Me acunaron, me amamantaron, me mecieron, me criaron y jugué con cuentos.
Al término de la faena diaria, a golpe de las seis de la tarde, se congregaba la familia y el personal de la hacienda en un círculo alrededor del fuego, que estaba encendido en el patio trasero, en el verano; o, en un semicírculo cuyo centro era la encendida cocina de hierro, en el invierno.
Era el momento previo a la cena, y la preparación del reposo nocturno. Pero, también, los instantes de compartir, aunque más no fuera, lo vivido en la jornada de trabajo recién culminada.
Y era el tumulto de voces, de colores, de emociones. Hasta que una sensación de entrega, de comunión, de calor compartido, crecía entre nosotros.
Uno de los hombres, con un cigarro ”apagado” entre los dedos de su mano izquierda, y una larga y delgada rama en la otra mano, se acercaba al fuego. Comenzaba a atizarlo. Y se iniciaba el silencio de todos.
Inmediatamente, con la pequeña rama encendida, “prendía” el cigarro. El silencio crecía: era el momento de contar un cuento. Una invisible y silente campana nos envolvía.
La voz del hombre, alzándose o susurrando, comenzaba a decir: “A mí me dijeron...” o, “Fulano anda diciendo...” o, “He oído por ahí...”. Nunca: “Había una vez”... por lo cual siempre he vinculado al contar cuentos con un momento de recogimiento y fascinación y, sobre todo, con un intenso acto de comunicación personal, donde lo relatado era –y ya nunca dejaría de serlo– una parte de cada uno, una parte de todos los congregados, con una invitación a un viaje emocional y sensorial desde, con y por las palabras que se dicen.

Si uno comenzara su vida escolar en una escuela granja con dos maestras enamoradas de los cuentos, de la poesía, de su profesión y de un abogado, una, y un militar, la otra: es posible que aprenda a aceptar las similitudes y las muchas diferencias existentes entre los seres humanos. ¿No les parece?

En el Km. 13, desde la salida de la capital del departamento de Treinta y Tres, por la vía de la Carretera Panamericana hacia la ciudad de Melo, la capital del departamento de Cerro Largo, se encontraba la Escuela del Paso de La Calera. Desde la casa de la Estancia, la hacienda donde vivíamos, se veía sobre la lomita, a la distancia. Anelita Alsa Moreno, unos años después de Cuadrado, no sólo fue nuestra maestra, junto a Lilita Rodríguez, después de Gadea. Ellas atendían los tres primeros años (grados) de la primaria en dicha escuela rural, en dicha “Escuela Granja”. Nos enseñaban las primeras letras a través de los poemas de Lorca, Hernández, Alberti, Machado, Neruda. También, nos acompañaban a dar los primeros pasos, y hasta -¡oh, maravilla!- entender de física, de química, de matemáticas y, por supuesto, del cuidado del jardín y de la huerta, de los bailes tradicionales de nuestro país, y de otros países de Nuestra América y el mundo, de los juegos, los cantos y, sobre todo, del amor a la vida, desde el ejemplo de su profesión como maestras normalistas, asumida a toda entrega.
Después pasaron los años. Vino el tiempo de los camaleones: el de los mentirosos y de los mentidos. El tiempo de los clandestinos, de los exilios, de las prisiones, las desapariciones o la muerte. Esas cinco opciones que los generales uruguayos nos dieron desde el poder, desde su “sistema de desvínculos”. Esas cinco opciones que, como los cinco dedos de una enorme mano negra cerraron, apretándolo, al corazón de nuestro país. Y, se dice que… Al resto de esta historia, no es difícil imaginarla. ¿Verdadera? ¿Falsa? Yo que conocí a todos, quiero darme el margen de la duda. De toda la duda que siempre tiene un “se dice” y, por ello, no la repito, ni la repetiré. Además, por el honor de todos. Por los que están vivos y, sobre todo, por la memoria de los que partieron. Aunque hubo mucho horror para olvidarla. Muchas dudas que se le atraviesan a uno entre las lágrimas. Muchos recuerdos que lo estrujan y lo afectan. Silenciarla, no resuelve. Pero, decirla, tampoco. Así la dejo.

Si uno pasara a vivir - apenas de ocho años - a una ciudad, frente a la casa de una pareja de ancianos, hermanos, solterones, hacedores de jardines y de huertas, lectores entusiastas y echadores de cuentos y si, además, notara la soledad que les acompañaba y uno no tuviera abuelos: es posible que los adoptaras como tales, alimentando - sin dudas - sus propios sueños. ¿No es así?

Entonces vino el traslado a la ciudad. Y, con ello los abuelos, los nuevos maestros y los pintores. Que es como decir: la hora de los cuentos, la hora de las lecturas, los colores: la hora de las historias reales y fantásticas narradas a viva voz: la de las letras leídas, con sus múltiples posibilidades para permitirles permanecer a las palabras y, la de las telas, las pinturas, los pinceles, que son otros de los modos que tienen los seres humanos para continuar entre todos.
Con los abuelos descubrí nuevos mundos de cuentos. Mi hermana y yo, que habíamos perdido a nuestros abuelos de sangre, “adoptamos” a una pareja de ancianos - Lucrecio y Felipa Veloz, hermanos y solterones – frente a cuya casa pasamos a vivir. Fueron los abuelos que conocimos, que reconocimos.
Ella cultivaba un jardín, el más grande de la ciudad, a donde concurría a comprar las damas y señoritas del pueblo para engalanar bautizos, cumpleaños y
casamientos. También los caballeros, en menor escala, y avergonzados de ser vistos en esos menesteres, pero dispuestos a galantear con sus novias. Él, que había sido un barbero de prestigio y estaba retirado ya, jubilado, cuidaba la huerta que los alimentaba, y colaboraba en la atención del jardín.
Tenían una casa toda llena de historias sobre las constelaciones, la luna, los ríos, el viento... Con ellos aprendí a amar la música de los álamos, los sonidos del agua, el valor de los silencios... A leer a Homero, a Cervantes, a Goethe, a Shakespeare, a Tolstoi, a Quevedo…A amar “La Biblia” y a emocionarme con los “himnos de los dioses”, los “Cantares Mexicanos” y el “Popol Vuh”... Incluso, y casi lo olvidaba, a proteger a “los amigos de la huerta y el jardín”: los sapos y las lagartijas, que proliferaban por doquier.
Y, en la escuela, las lecturas del aula y el recreo. Cuentos, fragmentos de novelas y poesías de “El Tesoro de la Juventud”, “Corazón”, “Pinocho”, “Alicia” -la del País de las Maravillas y la de detrás del espejo– “Gulliver”, Julio Verne, Emilio Salgari, Sir Walter Scott, Antonio Machado, León Felipe, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Delmira Agustín, Rubén Darío, José Martí... La memorización, el recitado, el escenario escolar, y el aplauso.
Unido a lo anterior, a nuestra casa, y a sus alrededores, concurrían alumnos y pintores de la escuela del Museo Departamental –familiares cercanos, entre otros su director, Don Aramís Mancebo Rojas, que había estado casado en primeras nupcias con una prima de mi madre y amigos– que para que no les molestáramos en su trabajo nos entregaban cartones, telas, pinturas y pinceles. Nos daban otra mano para que abriéramos las puertas de los sueños. Y sus ventanas, también.

Si uno realizara sus años escolares y los comienzos de su adolescencia en una ciudad que se llama Treinta y Tres, bañada por las orillas de un río, pequeño de cauce y corazón muy grande, atravesado por tres puentes: es posible que creara los vínculos para llegar a otros lugares del mundo. ¿No les parece?

El nombre de la ciudad donde nací es de cuento, y siempre me lo preguntan, porque muchos dudan que exista la posibilidad de un nombre así. Aunque basta mirar en cualquier mapa o planisferio para comprobarlo. La ciudad, tanto como el departamento, reciben el nombre de la Cruzada Libertadora, integrada por treinta
y tres hombres que, bajo el mando del general Juan Antonio Lavalleja, se supone, gestaron la primera independencia de nuestro país. El Río Olimar, con su afluente el Arroyo Yerbal, casi rodean a la ciudad de Treinta y Tres, y parecen dejarla como una isla, cuyo único contacto con el resto de Uruguay, y de nuestro continente, era la Carretera Panamericana que atraviesa al río y la ciudad. Varias veces, en nuestra adolescencia, al recordar unas palabras de Rubén Darío -quien, al referirse a su Nicaragua natal, decía, “Hay países donde se nace para irse”-, nosotros nos preguntamos si ese no era el caso para nuestra ciudad. Lamentablemente, el devenir de los hechos, con toda su cruel y silenciada realidad, nos fue demostrando que la frase se aplicaría no sólo a la ciudad, sino a todo el país. El caso es que, para entrar a Treinta y Tres desde la capital, uno tenía la posibilidad de atravesar a uno de los tres puentes que permiten cruzar al Río Olimar: el Puente Viejo, un puente de madera e hierros, que fue el primero y que, últimamente, sólo permitía el paso de personas a pies, bicicleta o caballo; el Puente del Ferrocarril, de hierro, y creado para el cruce de estas máquinas, mientras se utilizaron; y, por último, el Puente Nuevo, construido en hormigón, es el que corresponde al cruce de la Carretera Panamericana. Los tres puentes están separados por unos pocos metros de distancia uno del otro y generan un paisaje muy particular que, sin dudas, singulariza a nuestra ciudad ante el resto del país. Y, en nuestra infancia, nuestra adolescencia y nuestra juventud les permitieron marchar en nuestros sueños -evitando que se enmoheciera la raíz de nuestra provinciana existencia-, al imaginar una serie de permanentes viajes a todas las parte del mundo. Sabemos de alguien que, hace unos años, desde Venezuela llegó a Uruguay por esa vía para confirmar que el sueño no era tan sueño..

Si uno, además, valorara como la mayoría de sus maestros y profesores lo acercaban a tantos músicos, poetas, pintores y escritores – más de las veces en persona – y, reunidos en un lugar que estaba en una esquina redonda, le compartieran todos sus entusiasmos por una Vaca Azul: es posible que para siempre creyera “en el amor y en el arte como vías hacia el disfrute de la vida perdurable”, antes que Aquiles Nazoa dijera esas palabras ¿No es así?

En ese pequeño pueblo de provincia –en ese “pueblo de campaña”, como nos decía Rubén Lena en una de sus canciones, porque la ciudad de Treinta y Tres del Olimar no es más que eso- recuerdo la presencia de visitantes como León Felipe, Rafael Alberti, Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Atahualpa Yupanqui, Javier Villafañez, Felisberto Hernández, Margarita Xirgú, Marcel Marceau... Y tantos otros que a mi memoria aún regresan en silencio.
También recuerdo que La Vaca Azul fue una realidad constante en nuestra infancia, en nuestra adolescencia. Recuerdo la esquina redonda que la identificaba, y estaba a dos cuadras de lo que se consideraba la salida del pueblo hacia Melo, por la calle que de oeste a este atravesaba la ciudad y era la continuación de la Carretera Panamericana. Recuerdo las paredes amarillentas y descascaradas del comercio. Recuerdo el alto mostrador de fuerte, pesada y ennegrecida madera, desde donde siempre nos atendía “El Rubio” Mila, su dueño. Recuerdo sus mesas y sillas de madera, donde los parroquianos bebían su grapa, o su caña brasilera, mientras jugaban al truco; la casi oscura habitación, muy alta, apenas iluminada por unas lámparas esmaltada que pendían del techo; las telas de araña y el polvo que se acumulaban en ellas, en el enorme ventilador central y en los rincones; el permanente olor a humedad, y de granos y verduras fermentadas, que cubría todo el local. Recuerdo la ridícula forma de la vaca hecha en papel maché que reposaba en un extremo del mostrador y pintada de azul, tan ingenua como el cartel de madera, con unas letras y una vaca azul que parecían hechas por un niño, colocado a su entrada. Recuerdo, también, algunos de los partidos protagonizados por el equipo de fútbol, fundado por profesores, maestros, artistas y obreros convencidos del adagio “Mente sana en cuerpo sano” y que se reunía allí en ese comercio. Incluso no puedo olvidar que, con tres o cuatro años, en un campeonato departamental, me vistieron con su uniforme, para participar como mascota; como no puedo olvidar que algunos de ellos, de los integrantes de ese equipo, fueron mis maestros en la escuela, mis profesores en la secundaria o, simplemente, amigos; ni que tenía ese mismo nombre, sólo diferenciado –como corresponde a los grandes campeones- por el artículo: El Vaca Azul.
Y por ellos, por nuestros recuerdos y por la permanencia en nuestro corazón, de quienes alimentaron nuestros sueños, estoy seguro que amo, creo y defiendo “la ternura, el humor y la capacidad de asombro del ser humano, como fuerzas creativas para ser cada vez mejores”. Por ello, y por ellos, hago y seguiré haciendo lo que hago en esta vida: por ello, y por ellos, cuento. Y por cada uno de ustedes. Convencido del acto solidario de narrar cuentos con el cuerpo completo y la voz al aire. Convencido del “amar y ser amados” que ello implica.

Si uno, cuando su padre lo quisiera médico o militar, como él hubiera deseado serlo, y tuviera que aceptarle, a regañadientes, que tan sólo se hiciera contador público: es posible que así, de una, decidiera ser no más – ni mucho menos - que un Profesor en Literatura, para defender la vida – la suya y la de otros – al participar de las muchas alternativas de la palabra viva. ¿No les parece?

Mi adolescencia fue complicada. Quizás no más que la de cualquiera, estoy casi seguro. Eso sí, si no fue fácil para mí, menos lo fue para mi padre. Para medir lo dicho, bastaría con componer algunas piezas de este rompecabezas. Mi tercer y cuarto año de secundaria lo realicé en el Liceo Militar, en Montevideo, en los años 1960 y 61. No fue una elección en la cual él no hubiera estado implicado, temeroso de las influencias que pudieran ejercer algunas de las personas que comencé a frecuentar por mis inclinaciones a la pintura y la escritura. Al perder el examen de ingreso a la Escuela Naval por una miopía incipiente, regreso a la vida civil en mi ciudad de provincia, y recupero las amistades y relaciones con pintores, escritores y actores. Por la recomendación de mi padre, que de nuevo acepté, me inscribí en la Preparatoria para una carrera de porvenir en ese momento: Ciencias Económicas, y no en la de Medicina, como era su deseo. Pero, escribía, recitaba, pintaba, leía mucha literatura, motivado por los docentes y artistas amigos. Además, para su disgusto, comenzaba a realizar talleres de teatro. Es decir, todo bien alejado de la carrera de Contador Público. Al culminar mis estudios -luego de tres años, por las veces que perdí los exámenes de Matemáticas-, con el apoyo de mi madre y de unos profesores amigos, logramos convencerlo para que me permitiera ingresar a la Facultad de Humanidades, en la Licenciatura de Letras. Año muy difícil ese de 1965 para un estudiantes no muy convencidos de su vocación como investigador, unido a la convulsa situación política que, paso a paso, se acrecentaba en Uruguay. Al regresar a la ciudad de Treinta y Tres, resuelvo quedarme a estudiar Magisterio, mientras hago teatro, dibujo, pinto y escribo. Al mismo tiempo, me preparo como asistente en la docencia en Literatura, dado que se necesitarían nuevos profesores por la reforma educativa a aplicarse desde ese año de 1966. Fue un año de búsqueda y encuentros. Recién cuando asumo, en 1967, mis primeros grupos como profesor, descubro que mi verdadera vocación es la docencia y la narración oral de cuentos.

Si uno tuviera que aprender que su país - una tasita de plata, una Suiza de América – dejó de ser lo que fue (¿o lo llevaba dentro?) para convertirse en un cuerpo golpeado, más triste, más gris, más viejo y con una herida enorme en su confianza: es posible que uno tuviera la posibilidad de sobrevivir. Y no para contarlo - que en esos casos es lo de menos - sino para darse más vida, que es como decir, para vencerle su labor a tanta muerte. ¿No es así?

Los oscuros años del sur de nuestro continente aún nos golpean y lastiman en la memoria; peor, aún nos hieren la confianza. Para esa época casi no quedó una familia en Uruguay que no tuviera, al menos, un familiar preso, uno detenido, uno requerido, un muerto y un desaparecido. Y, no uno en alguna de esas situaciones, sino en las cinco, que se abrían como los extendidos dedos de la terrible mano, defensora de una dictadura asesorada y entrenada en el ejercicio de la muerte, y que se cerró sobre todo el país, invadiendo la interioridad de cada institución, cada agrupación, cada una de nuestras familias e, incluso, de cada uno de nosotros.
Sobrevivir silenciados en ese medio no fue servil, pero tampoco heroico: fue una posibilidad que nos brindó la vida. Mantener el resentimiento y el dolor, desde ahí y para siempre, pudo ser una respuesta, pero no la única. No olvidarla para no repetirla, pudo ser otra de sus posibilidad. No olvidarla para brindar más vida, una necesaria realidad que hemos asumido. Y por ella, sin dudarlo, también cuento.

Si uno pasara a vivir en otra tierra que - como un divertido elefante al norte del sur de Nuestra América – fuera más alegre, más luminosa, más joven y con una sonrisa enorme, solidaria, lo acogiera como a su familia: es posible que encontrara un espacio revitalizador para sus palabras, por él, sus hijas, sus amigos y los otros. ¿No les parece?

Los exilios no son bonitos, lo sabemos en los comentarios de nuestros familiares, y de los familiares de nuestros amigos, que emigraron desde mediados del siglo diecinueve a “La América”, Como lo sabemos desde su significado, desde su cruda y sencilla realidad: la de arrancar de raíz muchas cosas. Pero, en lo personal no puedo quejarme por lo recibido en este país, desde el comienzo de nuestra estadía. No sólo porque fue como pasar desde lo inquieto y silenciado de una noche oscura a la movida y calurosa claridad del mediodía; ni porque desde que llegamos, en 1978, logramos unas posibilidades profesionales y económicas que nos hubieran llevado muchos años para concretarlas, dado las situaciones personales que estábamos viviendo en el sur; lo es, y mucho, por la actitud muy solidaria, y por la amabilidad de su gente. Creo que será suficiente ejemplificarlo con un suceso que nos tocó vivir. Recuerdo que, apenas habíamos llegado a Venezuela, nos alojamos como unos tres meses donde un paisano que nos prestó dos habitaciones de su hogar, hasta que pudiéramos alquilar algo. Una semana antes de la Navidad, nos mudamos al primer apartamento, solos. Para la Noche Buena, comenzaron a llamarnos reiteradas veces para que bajáramos a la fiesta. No valió de nada todas las veces que le señalé y le aseguré, a quien lo hacía, que no conocíamos a nadie porque éramos recién llegados al edificio. Ante tanta insistencia, bajé. Con la mano extendida, y una gran sonrisa en su amigable rostro, se acerca el Presidente de la Junta de Vecinos, que me dice:
-Nosotros sabemos que ustedes son una familia recién llegada de Uruguay, y como hoy es el día de la familia, los queremos saludar como tales.

Si uno comenzara a extender sus arrancadas raíces hacia la nueva tierra, para alimentarse, trabajando con lo que siempre supo, los papeles - empapelando paredes, ilustrando en libros y periódicos, vendiendo libros para una editorial, o escribiendo cuentos y poemas – hasta redescubrir el uso oral de las palabras: es posible que volviera a lo que siempre quiso, la docencia, contando cuentos en los colegios hebreos y, por ellos, llegara hasta la maravillosa posibilidad de multiplicar los sueños - los suyos, los de su familia, los de sus amigos y los sueños de los otros - con una cátedra de la palabra viva en una universidad católica y hasta visitara, antes y después, varios países participando en talleres, encuentros y festivales con el arte escénico de narrar cuentos. ¿No es así?

Estas partes de mi vida –desde los inicio de mi adolescencia, hasta los pasos vividos en esta etapa en la que logro reencontrarme, a conciencia, en el camino de mi oficio: el de docente y narrador oral-, son de cuentos y, como todo cuento, tiene su envés, en el sentido real, y su revés, en el figurado. Como tiene lo intrincado y misterioso de su trama, el malestar de sus penas y la satisfacción de sus alegrías. Pero, si uno se lo permite, el exquisito y sabroso aroma y sabor de sus ternuras en cada una de estas situaciones. Porque, todos lo sabemos, las rosas aparecen después de las espinas, pero ambas están ahí ¿para que aprendamos a disfrutarlas mejor?. Y no es un mero y burdo aliciente. Es reconocer, simplemente, que a la vida se la vive con más vida, sobre las raíces oscuras y los tallos espinosos, ¿verdad?.
Como el desarrollo de los aspectos señalados en este apartado, aparecerán
más adelante, en los Capítulos II y III, creo innecesario mencionarlos ahora. Baste, por ahora, lo dicho aquí.

Si uno oyera los latidos de su propio corazón – como siempre nos han dicho los abuelos – y atendiera a todo lo que hemos dicho – más por hecho, por vivido - sólo le faltaría agradecer su vida que le ha contado el más hermoso de los cuentos: el aceptar vivirla. ¿No les parece?

Posiblemente, sea ésta una de las actitudes a asumir por cualquier ser humano. Sobre todo, porque le permitirá vivir a plenitud en su entorno social, profesional, familiar e íntimo. Al menos, es la asumida por mí, y por muchos de los maestros, profesores, familiares y amigos que me orientaron y apoyaron, directa o indirectamente, en lo poco o mucho que he logrado ser. Me funcionó. Aunque no soy concluyente, no pretendo asegurar que funcione para todos.
Más aún, todo lo propuesto y expuesto en nuestro trabajo ha sido fruto, entre otros factores, de la lectura permanente de textos sobre el oficio, de la experiencia observada en otras propuestas teóricas, de la experimentación personal y de la observación, adecuación y ajuste permanente de lo sucedido con nosotros, y con los otros, en el ejercicio constante y vivo – por ello cambiante – de las palabras que se dicen. Nos hemos divertido, nos divertimos, y nos divertirá siempre, el hacerlo. Esperamos que a ustedes les suceda lo mismo. Por mi disfrute pero, sobre todo, al ver el disfrute de ustedes. Se los aseguro, con mucho afecto.